Histrión
Poeta recién llegado
Allá en el horizonte la noche acaricia al día. Uno a uno, los niños comienzan a abandonar los areneros, los columpios y una que otra resbaladilla. Tal vez tengan hambre. Han jugado sin cesar, durante horas.
Desde el rincón olvidado en esta banca desvencijada que ocupo, me mantengo en silencio, limitándome a ver como la última niña se resiste a dejar de brincar la cuerda y a abandonar el parque. Tal vez más movida por mi presencia intimidante y mi amargo perfume de sándalo, mandarina y vetiver que por otra cosa, terminó por retirarse. Tal vez tuvo miedo de mía lo cual ya estoy acostumbrado-, o tal vez de que oscureciera por completoaunque eso no explica la mirada reticente de la pequeña cuando me descubrió observándola.
Lentamente, comienza el cielo nocturno a adornarse con pequeñas estrellas que salpican en la oscuridad, con la inocencia con que una chiquilla pelirroja presumiría sus pecas al hablar, y sus perlas al reír. Ahora viene el pequeño moño; el adorno final, y de entre ese manto de azabache, se delinea una luna blanca. Tan blanca, que algún niño la querrá como canica, tan blanca, que alguna niña la querrá en su sonrisa. Blanca como el alma de cada uno de los niños que juegan diario aquí. Blanca, como la barba del mago Merlín.
Ahora estoy solo, y decepcionado de la realidad. El acero de los juegos luce frío y cruel, la tierra se ve cruda, y solo una brisa mueve un columpio oxidado. No soy el Gigante Egoísta. Pero ¿Cómo podría siquiera describir el vacío inmenso de un parque sin niños? ¿Por qué al irse los pequeños, el parque muere como muere la flor cuando caen sus pétalos?