danie
solo un pensamiento...
En el barrio del viejo Palermo,
el mismo que tiene a muchos
secos y enfermos,
locos por la timba y la Rosa
del colegio de los burros
nació un macho, pura sangre,
con espuelas de fuego.
Potrerito lo llamaron,
único en su clase
que miles de metas cruzó
como un destello
levantando una polvareda
de laureles, glorias y apuestas.
Potrerito era la fija
para jamás perder,
alegró a muchos corazones
por una cabeza
y fue un as en la manga
para el codicioso y el fanfarrón.
Pero las malas lenguas cuentan
que, un día de esos,
desde la refinada Francia
trajeron a Margarita,
una yegua de primera selección.
El joven potrillo
por tremendo hembrón
dio cuatro cabrioladas, un relincho
y un salto sobre la cerca
para conquistar, de una, a su amor.
Fue ahí cuando la suerte se le acabó
Al Don Juan del establo
que enceguecido por el corazón
no vio donde la pata metió.
Un paisano que andaba por el sitio
al ver su agónico dolor
del joven potro se apiadó
y un tiro en la sien le metió.
Ahora, Potrerito, corre en el cielo,
y que no macaneen y que no digan
que los ángeles no apuestan,
porque más de uno
hasta sus alas empeña
por este potrillo ganador,
pero de vez en cuando, Potrerito, se manda
una de esas que deja pagando hasta a Dios.
el mismo que tiene a muchos
secos y enfermos,
locos por la timba y la Rosa
del colegio de los burros
nació un macho, pura sangre,
con espuelas de fuego.
Potrerito lo llamaron,
único en su clase
que miles de metas cruzó
como un destello
levantando una polvareda
de laureles, glorias y apuestas.
Potrerito era la fija
para jamás perder,
alegró a muchos corazones
por una cabeza
y fue un as en la manga
para el codicioso y el fanfarrón.
Pero las malas lenguas cuentan
que, un día de esos,
desde la refinada Francia
trajeron a Margarita,
una yegua de primera selección.
El joven potrillo
por tremendo hembrón
dio cuatro cabrioladas, un relincho
y un salto sobre la cerca
para conquistar, de una, a su amor.
Fue ahí cuando la suerte se le acabó
Al Don Juan del establo
que enceguecido por el corazón
no vio donde la pata metió.
Un paisano que andaba por el sitio
al ver su agónico dolor
del joven potro se apiadó
y un tiro en la sien le metió.
Ahora, Potrerito, corre en el cielo,
y que no macaneen y que no digan
que los ángeles no apuestan,
porque más de uno
hasta sus alas empeña
por este potrillo ganador,
pero de vez en cuando, Potrerito, se manda
una de esas que deja pagando hasta a Dios.