charlie ía
tru váyolens
perseguiendo a zancadas el curso de un arroyo seco,
sin origen alguno.
no resistirnos
a lo irresistible
de una temporada sin lluvias,
separados por el farallón volcánico
donde se estrellan las olas:
separados, no resistimos hacinados
dentro de los fogones
con que las sociedades mediocres adornan su estulticia.
porque somos pájaros mudos que se estrellan
contra el verano en la misma cama:
bangladesíes que de repente
despiertan en fábricas
que están
a punto de estallar.
podríamos enmudecer
para acomodarnos allí todos
ajustados a los bordes de la estrella
que desaparece.
formándonos uno junto al otro
ante una pared blanca que se extienda
hasta donde los ojos alcancen.
pero separados así siempre es
una temporada sin lluvias,
abundante de mentiras.
con la navaja que se va clavando en la carne
buscando el corazón desvencijado por mis ex.
así solo hemos acarreado los caballos demacrados
que arrastran el peso de la historia
hecha añicos,
sin movernos ni un poco
de nuestro lugar.
como una niña de doce espera afuera
a que su padre
termine de negociarla en matrimonio
-con la debida ablación de clítoris mediante
y la canción del espanto
en regalo de bodas.
pero también he soñado
con el último verso,
y el movimiento de los ojos.
durante el instante absurdo
de sabiduría-
en que nuestro miedo
se transforma en la zombra y la
ineptitud del pensamiento
de una actriz porno confundida
cuyo teléfono
ha dejado de sonar.
para entonces cuelgo la llamada.
te diré
a los ojos
que solo es una canción del espanto
reproducida una vez y otra
en su versión en inglés,
sobre la misma cama.
sin origen alguno.
no resistirnos
a lo irresistible
de una temporada sin lluvias,
separados por el farallón volcánico
donde se estrellan las olas:
separados, no resistimos hacinados
dentro de los fogones
con que las sociedades mediocres adornan su estulticia.
porque somos pájaros mudos que se estrellan
contra el verano en la misma cama:
bangladesíes que de repente
despiertan en fábricas
que están
a punto de estallar.
podríamos enmudecer
para acomodarnos allí todos
ajustados a los bordes de la estrella
que desaparece.
formándonos uno junto al otro
ante una pared blanca que se extienda
hasta donde los ojos alcancen.
pero separados así siempre es
una temporada sin lluvias,
abundante de mentiras.
con la navaja que se va clavando en la carne
buscando el corazón desvencijado por mis ex.
así solo hemos acarreado los caballos demacrados
que arrastran el peso de la historia
hecha añicos,
sin movernos ni un poco
de nuestro lugar.
como una niña de doce espera afuera
a que su padre
termine de negociarla en matrimonio
-con la debida ablación de clítoris mediante
y la canción del espanto
en regalo de bodas.
pero también he soñado
con el último verso,
y el movimiento de los ojos.
durante el instante absurdo
de sabiduría-
en que nuestro miedo
se transforma en la zombra y la
ineptitud del pensamiento
de una actriz porno confundida
cuyo teléfono
ha dejado de sonar.
para entonces cuelgo la llamada.
te diré
a los ojos
que solo es una canción del espanto
reproducida una vez y otra
en su versión en inglés,
sobre la misma cama.