Asklepios
Incinerando envidias
Aquel destello puro, luz herida,
que el ojo intenta asir con torpe mano,
se escapa por el velo de lo humano
dejando la palabra suspendida.
Buscamos en la forma la medida,
el trazo exacto, el orden soberano,
más todo nuestro ingenio resulta vano
ante la gracia de una flor nacida.
No cabe lo infinito en el concepto,
ni el alma puede traducir la lumbre
que brilla sin porqué, sin un precepto.
Quedamos en la base de la cumbre,
mirando aquel misterio, aquel aspecto,
que nos deslumbra con su pesadumbre.
que el ojo intenta asir con torpe mano,
se escapa por el velo de lo humano
dejando la palabra suspendida.
Buscamos en la forma la medida,
el trazo exacto, el orden soberano,
más todo nuestro ingenio resulta vano
ante la gracia de una flor nacida.
No cabe lo infinito en el concepto,
ni el alma puede traducir la lumbre
que brilla sin porqué, sin un precepto.
Quedamos en la base de la cumbre,
mirando aquel misterio, aquel aspecto,
que nos deslumbra con su pesadumbre.