Ziler
Poeta recién llegado
Mi arte está mancillado con una luz paradójica y oscura;
Dicen que mi blasfemia, densa y sin fisura,
lidera la apostasía de un influjo anacrónico con una forastera literatura cada vez más decadente.
A veces abuso de un intelecto camuflado
de insurrecta ignorancia,
o solo hago odas para cortejar a la muerte
en su censura aberrante ante el maldito amor cronológico, antológico y macabro.
Intento que la caducidad de mis palabras
no quede en un nefasto olvido
o en un inaudible momento.
Me pregunto en qué ilusión de fábula es vivir esperando el beso del suscitador verdugo;
rebosante de mitologismo,
empiezo a anhelar el Parnaso.
En un intento fulminante
me quedé en un laberinto sin un hilo de regreso,
con un paralaje de respuestas
que me encierran de nuevo.
Espero que una presunción dichosa
sea mi último consuelo,
mientras que la diatriba no pueda ser más exigente y que el cortejo de la muerte tenga sus blasfemias fulminantes ante la inmundicia que yo mismo me proferí.
Dicen que mi blasfemia, densa y sin fisura,
lidera la apostasía de un influjo anacrónico con una forastera literatura cada vez más decadente.
A veces abuso de un intelecto camuflado
de insurrecta ignorancia,
o solo hago odas para cortejar a la muerte
en su censura aberrante ante el maldito amor cronológico, antológico y macabro.
Intento que la caducidad de mis palabras
no quede en un nefasto olvido
o en un inaudible momento.
Me pregunto en qué ilusión de fábula es vivir esperando el beso del suscitador verdugo;
rebosante de mitologismo,
empiezo a anhelar el Parnaso.
En un intento fulminante
me quedé en un laberinto sin un hilo de regreso,
con un paralaje de respuestas
que me encierran de nuevo.
Espero que una presunción dichosa
sea mi último consuelo,
mientras que la diatriba no pueda ser más exigente y que el cortejo de la muerte tenga sus blasfemias fulminantes ante la inmundicia que yo mismo me proferí.
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