Abraham Ferreira Khalil
Poeta recién llegado
Heme aquí prometida con el maldito viento
en un trance de lágrimas perdidas.
Deshago con la vista la furia de sus cárceles
y el lazo de la muerte aún me recluye.
La guerra se ha sembrado con ráfagas terribles
y este enlace perpetuo me desflora.
Heme aquí acribillada por el plomo y la sombra,
por el rugido atroz de los cañones;
por el grito metálico de oxidadas guadañas
en la paz profanada de tus pueblos.
Nada me han ofrecido: Ni sonrisas ni abrazos
ni caricias que surquen mis mejillas.
Si les suplico ayuda, mi eco sólo es
una explosión de estrellas mutiladas;
si les tiendo mi mano, la mancillan con sangre
y corazones faltos de latidos.
¿A quién pedir auxilio? Mi cónyuge recluye
palomas y mensajes de esperanzas.
¿Puedo gritarle a Dios? ¡No! Pues quizá no me oiga
en la arista combada del abismo.
Heme aquí seducida por el maldito viento
en una isla donde brota el hierro.
Mientras tanto, mis hijos beben de los arroyos
corruptos por el mármol de su tumba;
mientras tanto, mis hijos engullen las cenizas
del último olivar de aquella tarde.
Heme aquí prometida con el maldito viento.
El miedo descuartiza mis palabras.
Heme aquí cautivada por la soberbia muerte,
condenada a pintar un mismo cuadro
con el color más triste que me ha ofrecido el hambre:
el tono destructivo de las armas.
Y ya nada deseo y nadie puedo ser.
Sólo un paisaje de humo es mi esperanza.
© Abraham Ferreira Khalil
en un trance de lágrimas perdidas.
Deshago con la vista la furia de sus cárceles
y el lazo de la muerte aún me recluye.
La guerra se ha sembrado con ráfagas terribles
y este enlace perpetuo me desflora.
Heme aquí acribillada por el plomo y la sombra,
por el rugido atroz de los cañones;
por el grito metálico de oxidadas guadañas
en la paz profanada de tus pueblos.
Nada me han ofrecido: Ni sonrisas ni abrazos
ni caricias que surquen mis mejillas.
Si les suplico ayuda, mi eco sólo es
una explosión de estrellas mutiladas;
si les tiendo mi mano, la mancillan con sangre
y corazones faltos de latidos.
¿A quién pedir auxilio? Mi cónyuge recluye
palomas y mensajes de esperanzas.
¿Puedo gritarle a Dios? ¡No! Pues quizá no me oiga
en la arista combada del abismo.
Heme aquí seducida por el maldito viento
en una isla donde brota el hierro.
Mientras tanto, mis hijos beben de los arroyos
corruptos por el mármol de su tumba;
mientras tanto, mis hijos engullen las cenizas
del último olivar de aquella tarde.
Heme aquí prometida con el maldito viento.
El miedo descuartiza mis palabras.
Heme aquí cautivada por la soberbia muerte,
condenada a pintar un mismo cuadro
con el color más triste que me ha ofrecido el hambre:
el tono destructivo de las armas.
Y ya nada deseo y nadie puedo ser.
Sólo un paisaje de humo es mi esperanza.
© Abraham Ferreira Khalil
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