Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
A Porfiria
Cuando el desierto se cuela a los ojos,
todo mar es mentira.
Este es un llanto atorado, remoto,
como de constelaciones y orines,
un llanto de joroba uncida a mis vértebras,
un camello con ganas de mear espejismos.
¿Y por qué no lloras?
No por decoro, modales o testosterona;
no por contagio, Prudencia, Dolores o Aurora;
menos porque me contenga. Me disperso siempre en humo,
no hay dalia que no bostece con el hollín
de mi aburrimiento de estar triste.
Es que si lloro no me detengo en la línea,
me filtro hasta usurpar raíces
y hasta las mazorcas tiernas saben al pestañear de la cebolla,
y acuden ríos a que los brame de tan espurios
y las nubes de julio se llenan de vergüenza
y todo el día llueven noticias del fin del mundo:
¡el mundo no ha acabado!
Así decía mi abuela: No llores, el mundo no se acaba.
Y la abuela se acabó hoy hace tres décadas;
se acabó antes que el mundo,
pero un mundo se acabó con ella
porque aprendí —sin llorar— algo donde no entra el aire,
algo de donde no salen aire ni canciones,
algo que habita la palabra muerte, un muerto apenas
que no sale a decir a los dolientes:
Perdón por el rezandero, llegó borracho.
¿Los están atendiendo bien?
Así que anoto en la agenda: ya toca llorar el viernes,
dile a Noé que construya un barco.
Pero llega el domingo y los limones están enteros
—el camello y la camella en plena noche de bodas—,
llega el martes y llega mayo,
y yo llego a los once pasados, y los cuarenta
me encuentran colgando calcetines húmedos
y recitando a Neruda: Escurran sus lágrimas de detergente,
colibríes atravesados de sol,
luz mugrienta que el viento pulveriza.
Y nadie cree que mis camisas insensibles están sufriendo.
Bebo de mi café endulzado con ladrillo,
con el teclado desecho, pero con el punto final a la vista.
Lloro cuando quiero; cuando no quiero,
lloro a mi manera.
24 de mayo de 2024
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