Puerto de mar, madrugada (A modo de impromptu)

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PUERTO DE MAR, MADRUGADA.

(a modo de impromptu)


Ungidas por su volar heliocéntrico

las gaviotas, ángeles circunflejos,

buscan entre las nubes

aquellas puertas negadas

a los malos comediantes.


A veces, azares de lo altamente reservado,

encuentran olvidados telegramas .

Y entonces son felices las gaviotas.

Mientras, son apenas el remedo de un hombre triste

-tal vez yo-

que se apoya en la madrugada escabrosa,

ensayando con su tráquea verborreas como vómitos.


La tristeza es como un latido

que nunca brotó de la roca,

callado corazón del mediodía.

Tomo mi copa de ajenjo

y me cubro humildemente la cabeza

con apenas una nube, pero cálida.


Mis venas se reconfortan

con el graznar de los cuervos falsos,

estereotipos de pianos
o cornamusas

velados por la niebla.


Oh los latidos silenciosos de la roca,

golpes del destino que no cesa.


Me bebo la madrugada

mientras busco la mandrágora,

ese pan iridiscente

preludio y fruto de un buen suicidio.

Las gaviotas, en su volar heliocéntrico,

coronan a la joven prostituta que me espera.
 
Excelente melancolía, las alegorías geniales, las imágenes divinas, el lenguaje sublime, bello léxico educado...hasta al alma llegan los dolores, Saludos!!
 
PUERTO DE MAR, MADRUGADA.

(a modo de impromptu)


Ungidas por su volar heliocéntrico

las gaviotas, ángeles circunflejos,

buscan entre las nubes

aquellas puertas negadas

a los malos comediantes.


A veces, azares de lo altamente reservado,

encuentran olvidados telegramas .

Y entonces son felices las gaviotas.

Mientras, son apenas el remedo de un hombre triste

-tal vez yo-

que se apoya en la madrugada escabrosa,

ensayando con su tráquea verborreas como vómitos.


La tristeza es como un latido

que nunca brotó de la roca,

callado corazón del mediodía.

Tomo mi copa de ajenjo

y me cubro humildemente la cabeza

con apenas una nube, pero cálida.


Mis venas se reconfortan

con el graznar de los cuervos falsos,

estereotipos de pianos
o cornamusas

velados por la niebla.


Oh los latidos silenciosos de la roca,

golpes del destino que no cnoesa.


Me bebo la madrugada

mientras busco la mandrágora,

ese pan iridiscente

preludio y fruto de un buen suicidio.

Las gaviotas, en su volar heliocéntrico,

coronan a la joven prostituta que me espera.

Un recorrido magnifico que alcanza el crepitar de ese deseo humano
donde se expanden los dominios de las sensaciones, ingestion
magica para un poera que le devuelve a uno hacia los ciclos
de la necesidad. felicidades. luzyabsenta
 
Como siempre, mi admirado Carlos, tu comentario da valor a mi poema. Solo puedo expresarte mi agradecimiento y la confianza de seguir contando con tus lecturas y apoyo. Un abrazo y mi deseo que el riguroso verano zaragozano que estáis padeciendo no te disminuya tu extraordinaria inspiración.
miguel
 
Muchas gracias, Daniel, amigo mío. Me ha emocionado la calificación de "vanguardia" que haces a mi poema. Cuando ya se "peinan canas", que alguien, además experto, sitúe tu obra en las rompientes estéticas es algo que tiene que hacer vibrar el espíritu del autor.
Mi reconocimiento y mi mi más sincero abrazo,
miguel
 
PUERTO DE MAR, MADRUGADA.

(a modo de impromptu)


Ungidas por su volar heliocéntrico

las gaviotas, ángeles circunflejos,

buscan entre las nubes

aquellas puertas negadas

a los malos comediantes.


A veces, azares de lo altamente reservado,

encuentran olvidados telegramas .

Y entonces son felices las gaviotas.

Mientras, son apenas el remedo de un hombre triste

-tal vez yo-

que se apoya en la madrugada escabrosa,

ensayando con su tráquea verborreas como vómitos.


La tristeza es como un latido

que nunca brotó de la roca,

callado corazón del mediodía.

Tomo mi copa de ajenjo

y me cubro humildemente la cabeza

con apenas una nube, pero cálida.


Mis venas se reconfortan

con el graznar de los cuervos falsos,

estereotipos de pianos
o cornamusas

velados por la niebla.


Oh los latidos silenciosos de la roca,

golpes del destino que no cesa.


Me bebo la madrugada

mientras busco la mandrágora,

ese pan iridiscente

preludio y fruto de un buen suicidio.

Las gaviotas, en su volar heliocéntrico,

coronan a la joven prostituta que me espera.

¡Wow! leerte, detenerse y volver a leer es lo apenas justo que debe hacerse, cuando nos presentas semejante trabajo poético. Una maravilla, desde lo sutil y la nostalgia, hasta cada momento recreado y transmitido. Me encantó.

Saludos
 
Le he editado el título.
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