PUERTO DE MAR, MADRUGADA.
(a modo de impromptu)
Ungidas por su volar heliocéntrico
las gaviotas, ángeles circunflejos,
buscan entre las nubes
aquellas puertas negadas
a los malos comediantes.
A veces, azares de lo altamente reservado,
encuentran olvidados telegramas .
Y entonces son felices las gaviotas.
Mientras, son apenas el remedo de un hombre triste
-tal vez yo-
que se apoya en la madrugada escabrosa,
ensayando con su tráquea verborreas como vómitos.
La tristeza es como un latido
que nunca brotó de la roca,
callado corazón del mediodía.
Tomo mi copa de ajenjo
y me cubro humildemente la cabeza
con apenas una nube, pero cálida.
Mis venas se reconfortan
con el graznar de los cuervos falsos,
estereotipos de pianos o cornamusas
velados por la niebla.
Oh los latidos silenciosos de la roca,
golpes del destino que no cesa.
Me bebo la madrugada
mientras busco la mandrágora,
ese pan iridiscente
preludio y fruto de un buen suicidio.
Las gaviotas, en su volar heliocéntrico,
coronan a la joven prostituta que me espera.
(a modo de impromptu)
Ungidas por su volar heliocéntrico
las gaviotas, ángeles circunflejos,
buscan entre las nubes
aquellas puertas negadas
a los malos comediantes.
A veces, azares de lo altamente reservado,
encuentran olvidados telegramas .
Y entonces son felices las gaviotas.
Mientras, son apenas el remedo de un hombre triste
-tal vez yo-
que se apoya en la madrugada escabrosa,
ensayando con su tráquea verborreas como vómitos.
La tristeza es como un latido
que nunca brotó de la roca,
callado corazón del mediodía.
Tomo mi copa de ajenjo
y me cubro humildemente la cabeza
con apenas una nube, pero cálida.
Mis venas se reconfortan
con el graznar de los cuervos falsos,
estereotipos de pianos o cornamusas
velados por la niebla.
Oh los latidos silenciosos de la roca,
golpes del destino que no cesa.
Me bebo la madrugada
mientras busco la mandrágora,
ese pan iridiscente
preludio y fruto de un buen suicidio.
Las gaviotas, en su volar heliocéntrico,
coronan a la joven prostituta que me espera.