DEL PEDREGAL
Poeta fiel al portal
Salimos con lagañas evaporadas
hacia el fuego del campo rojo.
Sin prefijos ni escopetas,
vacilamos de pie en el pasto
ante casto blanco de la escarcha,
cuando arrojaba la niebla
su hedor de cicatriz enjaguada.
Allí, así, abrimos las pausas
que no dieron nombres,
que mordieron el nervio ornamental
del sosiego, que vieron liebres azuladas
y amuletos nulos, que anublaron la dicha
de pisar lo seco, de seguir, de pisar y seguir
por lo viejo, por la diestra del tiempo
desde que clama el alba amueblada
de comienzos…
Pero eran sólo algo de arena untada entre ramales,
tanto como un puntal sobre lo extenso,
como un puntal tupido, apretado con barro, ronco,
apretado con viento, hueco…
Se hicieron tierra las casas, los días,
los pinos, las pausas. Ya no vacilamos.
hacia el fuego del campo rojo.
Sin prefijos ni escopetas,
vacilamos de pie en el pasto
ante casto blanco de la escarcha,
cuando arrojaba la niebla
su hedor de cicatriz enjaguada.
Allí, así, abrimos las pausas
que no dieron nombres,
que mordieron el nervio ornamental
del sosiego, que vieron liebres azuladas
y amuletos nulos, que anublaron la dicha
de pisar lo seco, de seguir, de pisar y seguir
por lo viejo, por la diestra del tiempo
desde que clama el alba amueblada
de comienzos…
Pero eran sólo algo de arena untada entre ramales,
tanto como un puntal sobre lo extenso,
como un puntal tupido, apretado con barro, ronco,
apretado con viento, hueco…
Se hicieron tierra las casas, los días,
los pinos, las pausas. Ya no vacilamos.