Juno
Poeta que considera el portal su segunda casa

¡Cuán hermosa!, se viste amor la luna
reflejada en tus ojos aceituna,
¡qué delicia!, tejer en tu pupila
el fulgor alojado en las estrellas
y, en tu nombre, rogarles sólo a ellas
que me guarden el sol que me encandila.
Que me guarden el sol que me encandila
de la duda que al fuego hará favila,
que lo alejen de brumas y aguaceros,
del hospicio sombrío del orvallo,
de ese invierno que en flor deshoja el tallo
de la voz retoñada en mil te quieros.
De la voz retoñada en mil te quieros,
mal andando por estos derroteros,
voy a hacer relicarios del latido,
pues mecida tan cerca de su arrullo
mi compás emparejo junto al suyo
y al unísono, cobra así sentido.
Y al unísono, cobra así sentido
hasta el silencio, ¡pasto del olvido!,
si en tu boca la mía lo enrejara
con los besos robados a la aurora.
Amordazo su inquina y planto cara
al destino que adverso nos devora.
Al destino que adverso nos devora
encamino el tictac de cada hora
y en la palma del tiempo erijo un puente
que descruce el mañana veleidoso,
ensamblando mi vida a tu presente
sin que importe la hondura de ese foso.
Sin que importe la hondura de ese foso
en tu sueño despierta mi reposo,
en lo dulce que entona en ti el acorde
mi deseo o, ¡lo fácil que es amarte!,
aunque siempre transite por el borde
al buscarle a la pena un punto aparte.
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