rafael prado
Poeta recién llegado
De lo alto del volcán miro a la lejanía,
esas montañas sagradas, con viento de sinfonía.
Bajámos de Puzná, o tal vez de los llanitos;
olas enteras de frío no apagaban la alegría.
Rayos escasos de sol, encendían nuestra vida,
a caballo o caminando, Puracé, parte del alma mía.
Oda a la alegría, o el enigma de mi vida,
regrésame a esas calles empedradas de recuerdos,
o los cantos de las aves que surcaban nuestros huertos.
Zafiro destellante, luz del medio día,
Camellón engalanado, ramo otoñal nativo,
oro para que esta tierra no te deje en el olvido.
Por tus casas solariegas, y las historias de Abelardo,
recorrimos los cultivos, disfrutando del paisaje,
acariciando la inmortal, cascada del Vinagre.
Déjame pronunciar tu nombre, a la hora de mi muerte,
o abrazar esos trigales, que sellaron nuestra suerte.
esas montañas sagradas, con viento de sinfonía.
Bajámos de Puzná, o tal vez de los llanitos;
olas enteras de frío no apagaban la alegría.
Rayos escasos de sol, encendían nuestra vida,
a caballo o caminando, Puracé, parte del alma mía.
Oda a la alegría, o el enigma de mi vida,
regrésame a esas calles empedradas de recuerdos,
o los cantos de las aves que surcaban nuestros huertos.
Zafiro destellante, luz del medio día,
Camellón engalanado, ramo otoñal nativo,
oro para que esta tierra no te deje en el olvido.
Por tus casas solariegas, y las historias de Abelardo,
recorrimos los cultivos, disfrutando del paisaje,
acariciando la inmortal, cascada del Vinagre.
Déjame pronunciar tu nombre, a la hora de mi muerte,
o abrazar esos trigales, que sellaron nuestra suerte.
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