Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
QUE DESCUIDO TAN GRANDE EL MIO
Qué descuido tan grande el mío,
Dios, qué descuido,
perder la mayor parte de lo que fui a buscar
por el camino.
Me levanté temprano,
me adelanté a mí mismo,
cogí un cesto y fui al barranco
bordeando los lentiscos
a recolectar versos
a la hora en que el roció
les da ese brillo especial
y en parte un doble sentido.
Para componer busqué
y de una higuera cogí un higo,
de una madreselva la hoja
y una espina de un espino.
Al enebro le pedí prestada
una baya de color rojizo,
al alcornoque un corcho
y a la niebla el hechizo
que abre los corazones
que se acercan a un escrito.
Pisé un charco y me apropié
de parte de ese camino
que baja, sube y da la vuelta
a la sombra de los pinos.
Pero, ay Dios, qué torpeza,
qué torpeza y qué descuido.
De vuelta al hogar,
reunido ya mi alijo,
presuroso por rimar,
tropecé con un destino
que esparció toda mi obra,
por los márgenes del río.
Con prisas me levanté
para recuperar lo perdido
pero los versos no tienen dueño
hasta que no están escritos.
Al llegar a casa volqué
el cesto y su contenido,
reducido a la mitad
después de haberme caído.
Yo que lo había llenado
de sonetos y romancillos,
lo único que pude engarzar
es lo que les he traído.
Qué descuido tan grande el mío,
Dios, qué descuido,
perder la mayor parte de lo que fui a buscar
por el camino.
Qué descuido tan grande el mío,
Dios, qué descuido,
perder la mayor parte de lo que fui a buscar
por el camino.
Me levanté temprano,
me adelanté a mí mismo,
cogí un cesto y fui al barranco
bordeando los lentiscos
a recolectar versos
a la hora en que el roció
les da ese brillo especial
y en parte un doble sentido.
Para componer busqué
y de una higuera cogí un higo,
de una madreselva la hoja
y una espina de un espino.
Al enebro le pedí prestada
una baya de color rojizo,
al alcornoque un corcho
y a la niebla el hechizo
que abre los corazones
que se acercan a un escrito.
Pisé un charco y me apropié
de parte de ese camino
que baja, sube y da la vuelta
a la sombra de los pinos.
Pero, ay Dios, qué torpeza,
qué torpeza y qué descuido.
De vuelta al hogar,
reunido ya mi alijo,
presuroso por rimar,
tropecé con un destino
que esparció toda mi obra,
por los márgenes del río.
Con prisas me levanté
para recuperar lo perdido
pero los versos no tienen dueño
hasta que no están escritos.
Al llegar a casa volqué
el cesto y su contenido,
reducido a la mitad
después de haberme caído.
Yo que lo había llenado
de sonetos y romancillos,
lo único que pude engarzar
es lo que les he traído.
Qué descuido tan grande el mío,
Dios, qué descuido,
perder la mayor parte de lo que fui a buscar
por el camino.
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