Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Nos quedamos mirándonos como dos trenes en estaciones opuestas, con la distancia metida en los bolsillos, con la nostalgia agarrándonos del cuello, sin saber si saltar o seguir esperando el último llamado.
El amor que nos teníamos era un animal salvaje, un incendio sin miedo al agua, una tormenta de verano que nos empapaba sin pedir permiso. Pero un día dejó de rugir, dejó de llovernos, dejó de mojarse los pies en nuestras madrugadas.
Nos hicimos expertos en el arte de callar. En ignorar la grieta que se abría entre las tazas de café, en fingir que el eco de nuestras risas no sonaba cada vez más lejano. ¿En qué momento cambiamos los "te amo" por "te aviso", los abrazos por excusas, las ganas por la costumbre de no sentir demasiado?
Tal vez el amor que nos teníamos se fue de viaje sin avisar, harto de nuestras ausencias disfrazadas de rutina, cansado de mendigar tiempo entre reuniones, pantallas y relojes que nunca dejaron de correr.
Tal vez nos olvidamos de alimentarlo, y se volvió sombra, eco, fantasma. Se metió en la grieta de la cama, en el hueco entre las sábanas, en la pausa antes de un beso que nunca llegó.
O quizás nunca se fue del todo. Quizás solo se escondió en un rincón, esperando que un día, sin esperarlo, nos volvamos a encontrar.
El amor que nos teníamos era un animal salvaje, un incendio sin miedo al agua, una tormenta de verano que nos empapaba sin pedir permiso. Pero un día dejó de rugir, dejó de llovernos, dejó de mojarse los pies en nuestras madrugadas.
Nos hicimos expertos en el arte de callar. En ignorar la grieta que se abría entre las tazas de café, en fingir que el eco de nuestras risas no sonaba cada vez más lejano. ¿En qué momento cambiamos los "te amo" por "te aviso", los abrazos por excusas, las ganas por la costumbre de no sentir demasiado?
Tal vez el amor que nos teníamos se fue de viaje sin avisar, harto de nuestras ausencias disfrazadas de rutina, cansado de mendigar tiempo entre reuniones, pantallas y relojes que nunca dejaron de correr.
Tal vez nos olvidamos de alimentarlo, y se volvió sombra, eco, fantasma. Se metió en la grieta de la cama, en el hueco entre las sábanas, en la pausa antes de un beso que nunca llegó.
O quizás nunca se fue del todo. Quizás solo se escondió en un rincón, esperando que un día, sin esperarlo, nos volvamos a encontrar.