F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
¡Qué pena…!
Impulsado por este entusiasmo quiero escribir
el más grandioso e inspirado poema
que nunca hayan escrito
los más sensibles estros de todos los poetas.
Pero… no puede ser,
porque no encuentro las palabras que lo expresan
con el debido espíritu inmortal….
¡Qué pena!
Quería, además, que su música vibrara,
si Dios lo permitiera,
con resonancia en todo el universo
y la misma melodía que tienen las estrellas,
apenas perceptible
pero que agranda el pecho si te llega
como esa armonía profunda de los cielos
parecido al suspiro de un planeta.
Pero no puede ser,
porque desconozco del piano los sonidos de sus teclas
y nadie me presta su ayuda…
¡Qué pena!
También quisiera que un lienzo reflejase
los gestos divinos y sutiles que la pintura expresa
como una caricia, una mirada con timidez y rubor
y la ternura infinita del corazón que sueña.
Pero no puede ser,
porque es necesario manejar la paleta,
y no me enseñaron a mezclar los colores…
¡qué pena!
Mas no debo mentir
y me obligo a decir la razón verdadera:
Porque Dios no me quiso dotar como músico
para escribir sinfonías eternas…
ni tampoco para ser un pintor
que sepa reflejar sobre la tela
la emoción, la ternura y el sentimiento…
Sin embargo, nadie más que yo se lamenta
de que este proyecto ambicioso del espíritu no se realice,
¡Qué pena!:
que Dios no haya querido que fuese pintor,
ni músico… ni siquiera poeta.
Impulsado por este entusiasmo quiero escribir
el más grandioso e inspirado poema
que nunca hayan escrito
los más sensibles estros de todos los poetas.
Pero… no puede ser,
porque no encuentro las palabras que lo expresan
con el debido espíritu inmortal….
¡Qué pena!
Quería, además, que su música vibrara,
si Dios lo permitiera,
con resonancia en todo el universo
y la misma melodía que tienen las estrellas,
apenas perceptible
pero que agranda el pecho si te llega
como esa armonía profunda de los cielos
parecido al suspiro de un planeta.
Pero no puede ser,
porque desconozco del piano los sonidos de sus teclas
y nadie me presta su ayuda…
¡Qué pena!
También quisiera que un lienzo reflejase
los gestos divinos y sutiles que la pintura expresa
como una caricia, una mirada con timidez y rubor
y la ternura infinita del corazón que sueña.
Pero no puede ser,
porque es necesario manejar la paleta,
y no me enseñaron a mezclar los colores…
¡qué pena!
Mas no debo mentir
y me obligo a decir la razón verdadera:
Porque Dios no me quiso dotar como músico
para escribir sinfonías eternas…
ni tampoco para ser un pintor
que sepa reflejar sobre la tela
la emoción, la ternura y el sentimiento…
Sin embargo, nadie más que yo se lamenta
de que este proyecto ambicioso del espíritu no se realice,
¡Qué pena!:
que Dios no haya querido que fuese pintor,
ni músico… ni siquiera poeta.
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