¡Ah que pena!
¡Qué pena pequeña!
Que entre nosotros
solo haya habido paredes,
y relojes tardíos.
Un amor de almas viejas.
Un dolor sin olvido.
Y en las cárceles los cristales
se perciben espejos,
con decoradas cruces
sobre el remordimiento.
Porque en las veredas
de la soledad, los buitres
no han logrado robar
tu nombre de mi bolsillo.
¡Oh fundadora ilustre de mi ternura!.
Ya has gritado tu adiós
sobre mi arena.
Y me he ahogado en angustias
por los bares de la redención.
Hoy tu rostro
es una niebla invencible,
indescifrable, absoluta,
un acertijo de la nostalgia,
una emboscada del recuerdo funesto...
¡Pero qué pena!
¡Qué pena pequeña!
Que entre nosotros
solo haya habido paredes,
y relojes tardíos.
¡Qué pena pequeña!
Que entre nosotros
solo haya habido paredes,
y relojes tardíos.
Un amor de almas viejas.
Un dolor sin olvido.
Y en las cárceles los cristales
se perciben espejos,
con decoradas cruces
sobre el remordimiento.
Porque en las veredas
de la soledad, los buitres
no han logrado robar
tu nombre de mi bolsillo.
¡Oh fundadora ilustre de mi ternura!.
Ya has gritado tu adiós
sobre mi arena.
Y me he ahogado en angustias
por los bares de la redención.
Hoy tu rostro
es una niebla invencible,
indescifrable, absoluta,
un acertijo de la nostalgia,
una emboscada del recuerdo funesto...
¡Pero qué pena!
¡Qué pena pequeña!
Que entre nosotros
solo haya habido paredes,
y relojes tardíos.