cesarlucil
Poeta que considera el portal su segunda casa
Qué sabes tú de espesos
y turbios cafetales
y montes donde cuelga la sombra sus gorriones;
del día que sorprende a la memoria echada
sobre cuerpos y gritos
mientras se acerca, bífida,
la muerte a mis recuerdos;
desnudas las arterias se arrastran mientras ríen
en tu cuerpo los años,
te tocan otros dedos que ya no tienen savia
y los labios del tedio abrazan tus despojos.
Dime por qué te empeñas en surgir del abismo
cuando todo ha pasado;
será mejor que emprendas tu viaje hacia el origen
y te duermas por siempre;
a la tierra es preciso recordarle que todos,
todos nuestros fantasmas dormirán a su vera
para que cuando escuchen
tu voz cerca del mito
la devuelvan
al sitio de los huesos.
Las aguas que vigilas,
los retazos de un mundo
donde se sostuvieron todos esos latires,
recorrerán furiosos,
como un río con sangre de niños mutilados,
la aridez de las lenguas
que ocuparon tu boca;
ya no podrás copiarte la risa en los espejos
ni la sombra ni el odio.
Qué sabes tú de mí,
tú que siempre pretendes
como una muerte negra;
qué sabes de los vasos colmados con las lágrimas
y besos
de todas nuestras madres;
qué buscas,
si todos esos gritos descansan a la sombra
de una tierra sangrada.
Mejor es que te reptes
sin decirnos
el nombre que sostuvo tu rostro sin señales,
porque quizás mañana,
cuando menos presientas,
despiertes en un mundo de lamentos y rezos.
y turbios cafetales
y montes donde cuelga la sombra sus gorriones;
del día que sorprende a la memoria echada
sobre cuerpos y gritos
mientras se acerca, bífida,
la muerte a mis recuerdos;
desnudas las arterias se arrastran mientras ríen
en tu cuerpo los años,
te tocan otros dedos que ya no tienen savia
y los labios del tedio abrazan tus despojos.
Dime por qué te empeñas en surgir del abismo
cuando todo ha pasado;
será mejor que emprendas tu viaje hacia el origen
y te duermas por siempre;
a la tierra es preciso recordarle que todos,
todos nuestros fantasmas dormirán a su vera
para que cuando escuchen
tu voz cerca del mito
la devuelvan
al sitio de los huesos.
Las aguas que vigilas,
los retazos de un mundo
donde se sostuvieron todos esos latires,
recorrerán furiosos,
como un río con sangre de niños mutilados,
la aridez de las lenguas
que ocuparon tu boca;
ya no podrás copiarte la risa en los espejos
ni la sombra ni el odio.
Qué sabes tú de mí,
tú que siempre pretendes
como una muerte negra;
qué sabes de los vasos colmados con las lágrimas
y besos
de todas nuestras madres;
qué buscas,
si todos esos gritos descansan a la sombra
de una tierra sangrada.
Mejor es que te reptes
sin decirnos
el nombre que sostuvo tu rostro sin señales,
porque quizás mañana,
cuando menos presientas,
despiertes en un mundo de lamentos y rezos.
Última edición por un moderador: