María Francisca
GAVIOTA
Resplandeciente tejar de adobamientos
laboriosamente tejidos con la pupila
de la luna en los pasos cansados
del destino multicolor,
tú eres ese resplandeciente tejar
en donde las mansas aguas
hacen de nido para los sueños
de las estaciones.
Tu nacimiento fue mi estrella de Belén
y la soledad dejo de ser exclusiva,
el rincón de la imaginación,
para convertirse en el closet compartido
de mis juegos,
de mis secretos,
de mis tesoros.
Los tiempos han pasado debajo de vivencias,
de puentes que unieron lo terrenal a lo celestial,
tantos años desde que robe a un hermoso bebé
y lo escondí debajo de las blancas cobijas de una
cama de clínica, con la curiosidad infantil
de saber porque cogías mi dedo,
porque tus ojitos brillaban,
porque tu piel era tan suave;
fracción mágica de mis recuerdos.
Desde ese instante fuiste el niño de
mis amores, el abrazo de los tiempos
difíciles y la sonrisa de los despertares gratos.
Desde ese instante decidí quererte más allá de lo imaginable,
cuidarte y protegerte sobre mi propia vida.
En la aventura que comenzamos
fuimos y somos los mosqueteros que
siguen consquistando sus globos,
que siguen desafiando a los paradigmas;
carros de madera hechos de nuestros gustos
y álbumes familiares sobre la misma cumbre.
Ahora entrañable hermano, estas en la formación
del hombre bueno y honesto, de la mano transparente
y de la palabra explicita, es cuando encontraras
la bofeta del traidor y su puñal ardiente,
pero también la verdad de la bondad.
Decir tu nombre,
decir que eres mi hermano,
es el regalo que cada manañana,
al empezar la cotidianidad,
bendigo.
Tu existencia hace de la mía
la florecilla silvestre del camino
perfumado de los cantares del labrador;
sangre de mi sangre que alimenta
el corazón cundido de penas y alegrías,
para reanimarlo en la incertidumbre
de las noches arábigas.
laboriosamente tejidos con la pupila
de la luna en los pasos cansados
del destino multicolor,
tú eres ese resplandeciente tejar
en donde las mansas aguas
hacen de nido para los sueños
de las estaciones.
Tu nacimiento fue mi estrella de Belén
y la soledad dejo de ser exclusiva,
el rincón de la imaginación,
para convertirse en el closet compartido
de mis juegos,
de mis secretos,
de mis tesoros.
Los tiempos han pasado debajo de vivencias,
de puentes que unieron lo terrenal a lo celestial,
tantos años desde que robe a un hermoso bebé
y lo escondí debajo de las blancas cobijas de una
cama de clínica, con la curiosidad infantil
de saber porque cogías mi dedo,
porque tus ojitos brillaban,
porque tu piel era tan suave;
fracción mágica de mis recuerdos.
Desde ese instante fuiste el niño de
mis amores, el abrazo de los tiempos
difíciles y la sonrisa de los despertares gratos.
Desde ese instante decidí quererte más allá de lo imaginable,
cuidarte y protegerte sobre mi propia vida.
En la aventura que comenzamos
fuimos y somos los mosqueteros que
siguen consquistando sus globos,
que siguen desafiando a los paradigmas;
carros de madera hechos de nuestros gustos
y álbumes familiares sobre la misma cumbre.
Ahora entrañable hermano, estas en la formación
del hombre bueno y honesto, de la mano transparente
y de la palabra explicita, es cuando encontraras
la bofeta del traidor y su puñal ardiente,
pero también la verdad de la bondad.
Decir tu nombre,
decir que eres mi hermano,
es el regalo que cada manañana,
al empezar la cotidianidad,
bendigo.
Tu existencia hace de la mía
la florecilla silvestre del camino
perfumado de los cantares del labrador;
sangre de mi sangre que alimenta
el corazón cundido de penas y alegrías,
para reanimarlo en la incertidumbre
de las noches arábigas.
Quito, 26 de Diciembre de 2011
Gaviota
Gaviota
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