¿Quién necesitaba ahora la literatura? La literatura eras tú, desnudo, suplicante enfebrecido, lúbrico, desenfrenado, soberbio, con tu desafiante sexo despojándome a la oscuridad. Penumbra divina de la que no quería salir ya. Eran suficientes algunos sorbos de cualquier infusión para sobrevivir. La mejor pócima era tu cuerpo claro, en medio de la sombra de un cuarto sofocado por un amor hipnotizado, impresionante, imperativo
reclamándole más al propio amor.