Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Quiero tu cuerpo junto al mío
no como urgencia,
sino como espera.
Desnudos,
sí,
pero desnudos primero de prisa,
de ruido,
de todo lo que no sea piel respirando.
Me acerco despacio,
como quien aprende un cuerpo por primera vez
con la yema de los dedos.
Tu sudor nace lento,
no del esfuerzo,
sino del deseo que se cocina a fuego bajo
entre dos cuerpos que se reconocen.
Te miro sin tocarte aún.
Te dejo existir.
Te dejo temblar.
Y cuando al fin te rozo,
no es caricia:
es una confesión muda,
un acuerdo antiguo entre mi carne y la tuya.
Mi cuerpo se apoya en el tuyo
como quien se rinde sin caer.
Respiramos juntos,
pesados,
humanos,
crudos de verdad.
No hay palabras.
No hacen falta.
El sudor cae como una prueba irrefutable
de que estamos vivos,
de que este encuentro
no es sueño ni metáfora,
sino dos cuerpos que se quedan
porque ya no saben irse.
no como urgencia,
sino como espera.
Desnudos,
sí,
pero desnudos primero de prisa,
de ruido,
de todo lo que no sea piel respirando.
Me acerco despacio,
como quien aprende un cuerpo por primera vez
con la yema de los dedos.
Tu sudor nace lento,
no del esfuerzo,
sino del deseo que se cocina a fuego bajo
entre dos cuerpos que se reconocen.
Te miro sin tocarte aún.
Te dejo existir.
Te dejo temblar.
Y cuando al fin te rozo,
no es caricia:
es una confesión muda,
un acuerdo antiguo entre mi carne y la tuya.
Mi cuerpo se apoya en el tuyo
como quien se rinde sin caer.
Respiramos juntos,
pesados,
humanos,
crudos de verdad.
No hay palabras.
No hacen falta.
El sudor cae como una prueba irrefutable
de que estamos vivos,
de que este encuentro
no es sueño ni metáfora,
sino dos cuerpos que se quedan
porque ya no saben irse.
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