Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
La vida no daba para más, pensaba. Incluso las cosas cotidianas naufragaban en un mar de aburrimiento, los mismos sueños se las habían ingeniado para abatir sin esperanzas al insomnio. Ya hacía tiempo que la agenda, lo mismo que el teléfono habían enterrado toda posibilidad de que alguien suspirara y por piedad o lastima me abriese una puerta o tomase mi llamada. La vida se miraba del color que le sigue al gris antes de cerrar los ojos, y entonces tú, sin saber que soy adorador de la palabra, escondiste minuciosamente entre las tuyas tu plan y la verdad, jamás dijiste que buscabas aventura, si así lo hubieras hecho de mi parte la habrías tenido, total, yo no tenía nada que perder en ese momento más que los jugos de mi cuerpo y la fe que le tenía a tu integridad como persona.
Me embauqué en tus brazos, en tu voz de miel de mar y de borrascas, en tu cuerpo espigado de horizonte y en tu palabra que endulzaste con halagos y silencios. Me dejé llevar por ti a la oscuridad de los amantes, al rincón de los besos clandestinos, al hacer de las manos que tocan una piel, catan la humedad y reptan cual gusanos. Me envolviste en hilos de esperanza, me atrapaste en un capullo y me guardaste para luego, para cuando la ocasión fuera propicia.
Lo demás es cuento de sábanas y de tu actuar como si la experiencia, y no tu profesión, estuviera lejos de tu cuerpo, de tu amar tan burdo que solo sabe a cuento viejo.
Hoy, después de escribirte para pedirte que regreses y de nuevo no obtener respuesta, me veo de nuevo en el pretil de la ventana, ahora libre mirando con calma al horizonte y pensando en que tal vez ni existes, que solo eres el rastro de tinta que he dejado en algunos versos, una invención, ni siquiera un recuerdo.
9.11.11
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