el Norte escupe sus nieves
y tras la ventana
mi amigo se sueña
saliendo a nado de un cañaveral
callando con los ecos de la loma a la hora de las promesas
apretándole las clavijas al Caribe recostado al viento de una palma
practicando el masoquismo del Baseball
y de las mujeres que no se dejan olvidar a tiempo.
eso sin contar
a la madre que cambió el cordón umbilical
por cables trasatlánticos de teléfono,
al padre que humedece pezones veinteañeros
con lágrimas de Habana Club,
a la hermana que se le parece en la sonrisa
y el plumaje del pasaporte.
pero mi amigo
no eligió ser marcado a hierro por una isla
que con las piernas abiertas
se enorgullece de su escaza memoria
y del idioma que le enseñaron
a fuerza de látigo
sífilis
y sangre robada.
afuera la ciudad se hace un alfabeto de dunas blancas
mientras debajo de él
una rubia le exige en suizo
que se la siga metiendo al ritmo de las maracas
con el sabor de los mojito playeros
y la resaca de un comunismo a medias
mi amigo como buen ejemplar del tercer mundo
le sigue la corriente
cierra los ojos y se va a su loma
donde lo esperan un café cargado de Agostos
mujeres cuyas caderas no caben en la escala de Richter
y la duda de que quizás en el capitalismo
también se puedan comprar
razones para vivir.
... a mi amigo Rolando, que resiste el frio y la distancia como puede.
y tras la ventana
mi amigo se sueña
saliendo a nado de un cañaveral
callando con los ecos de la loma a la hora de las promesas
apretándole las clavijas al Caribe recostado al viento de una palma
practicando el masoquismo del Baseball
y de las mujeres que no se dejan olvidar a tiempo.
eso sin contar
a la madre que cambió el cordón umbilical
por cables trasatlánticos de teléfono,
al padre que humedece pezones veinteañeros
con lágrimas de Habana Club,
a la hermana que se le parece en la sonrisa
y el plumaje del pasaporte.
pero mi amigo
no eligió ser marcado a hierro por una isla
que con las piernas abiertas
se enorgullece de su escaza memoria
y del idioma que le enseñaron
a fuerza de látigo
sífilis
y sangre robada.
afuera la ciudad se hace un alfabeto de dunas blancas
mientras debajo de él
una rubia le exige en suizo
que se la siga metiendo al ritmo de las maracas
con el sabor de los mojito playeros
y la resaca de un comunismo a medias
mi amigo como buen ejemplar del tercer mundo
le sigue la corriente
cierra los ojos y se va a su loma
donde lo esperan un café cargado de Agostos
mujeres cuyas caderas no caben en la escala de Richter
y la duda de que quizás en el capitalismo
también se puedan comprar
razones para vivir.
... a mi amigo Rolando, que resiste el frio y la distancia como puede.
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