Évano
Libre, sin dioses.
Las protestas de los grupos antisistema que transmiten los diferentes canales de televisión están alterando la paz en la aldea. Ligio, tras pasar un frío invierno viendo tales noticias todo el santo día y noche, ha salido en la primavera con un pañuelo tapándole narices y boca. La boina continúa en su sitio, que se puede ser antisistema y no por ello dejar la identidad propia después de más ochenta años.
Algunos se le han unido y a los pañuelos de cuatro nudos que cubren sus cabezas han añadido otros similares a los de Ligio.
Paco, el alcalde pedáneo de los ahora diez habitantes, está empezando a enfadarse y no lo dejan unirse a las charlas taciturnas y reuniones que de vez en cuando se dan en alguna casa. Ha dicho que si somos tontos, que él no pinta nada aunque sea el alcalde y que poco puede hacer por la aldea con los 160 euros de presupuesto para todo un año, que esa cantidad de dinero sólo llega para pagar los análisis del agua, que son 20 euros cada dos meses; o sea, casi la totalidad del presupuesto anual.
Desde lo alto del campanario, Eustaquio le ha arrojado un canto rodado y le ha dado en mitad de la cabeza. Suerte de la herradura que lleva siempre bajo la boina, sino hubiera habido algún problema.
Ligio, hermano del alcalde, dividió la casa común donde viven. Él se ha instalado en la planta de arriba y para Paco la de abajo, que es la que tiene la cocina de leña, y la despensa, con los vinos y alimentos. Por contrapartida, Paco ha de hacer sus necesidades en la calle y dormir en los bancos de madera de la cocina, ya que el cuarto de baño y los dormitorios están en la parte de Ligio.
El televisor, que también está en la cocina, se lo ha robado Ligio. Él no puede verlo al no tener enchufe de antena. Acostumbrado a depender de la caja tonta prácticamente todo el año, la abstinencia televisiva está mellando la paciencia del alcalde, al igual que los apedreos y garrotazos que recibe cuando fuerza en los prados, o en cualquier sitio, la evacuación de sus excrementos y líquidos sobrantes.
El pobre Paco se siente solo después de casi dos meses sin hablar con ninguno de la aldea ni tener noticias de la civilización exterior. Nos amenaza con que ya nos enteraremos cuando lleguen los de agosto y sepan del acoso que ha recibido por parte nuestra. Como contestación, desde lejos, le avino una lluvia de piedras lanzadas con unos tirachinas muy majos, como los de antaño. Un cantito rodado le ha dado en todo el ojo y lo lleva un poco amoratado, y otro, ya una piedra como Dios manda, fue la causante del gran chichón que luce en la frente, donde le ha salido ese enorme bulto que ha cubierto con una moneda sujetada con una goma. Por las noches se pone un filete de ternera para que le baje el hinchazón, nos ha comentado ligio, riéndose, que lo ha visto desde fuera de la ventanita de la cocina.
Está harto de decirnos que no tiene nada que ver con los que gobiernan en España, con los que salen en la tele. Pero no entiende que nosotros debemos apoyar a esos grupos marginales, que no los podemos dejar solos aunque éstos no sepan de la existencia de nuestra aldea. Que deja el cargo de alcalde pedáneo, que nos den por culo, cacho cabrones, nos gritó. Y nosotros hemos respondido que ni hablar, que no se hubiera presentado, que los cargos no se dejan cuando a uno le da la gana; y que si no hay alcalde con el que meterse la cosa carece de toda gracia.
¡Pues os vais a enterar! Así amenaza, para que se den cuenta del poco aguante de Paco. Si queréis caña la habrá. ¿Queréis que sea un gobernante como los de la tele? ¡Pues lo seré, cacho cabritos!
Han venido dos coches de la guardia civil y otro de la policía nacional, éste lo conducía un hermano de Paco y Ligio a punto de jubilarse, por si era capaz de imponer la paz sin más altercados.
Cuando se acercaba a la casa de sus hermanos, Calixto, el policía hermano de Paco y Ligio, ha sido alcanzado por una tremenda pedrada lanzada desde el tejado por la honda magnífica de Ligio. Luego se ha reído a pulmón limpio y sano, resonando sus carcajadas por todo el valle.
Es normal que el resto de las autoridades se enfadaran e hicieran puntería con el pobre Ligio. Pero éste, a pesar de sus ochenta y un años, se mueve como una ardilla por el tejado y responde bárbaramente. Nosotros, escondidos entre los robles, arrojamos pedradas tremendas con el tirachinas cargado de cantos rodados preciosos mientras vociferamos consignas llamativas; unas sacadas de la televisión, otras inventadas por nosotros. ¡Alcalde ladrón, el poder al paredón!, ¡Paco, tienes cara de sapo! ¡Te vamos a sacar las muelas a pedradas, que aunque no rime, verás cómo gimes! Están son las más suaves, las otras mejor no las reproduzco.
Las fuerzas de seguridad ciudadana no han podido con nosotros. Calixto, el listo, convenció a Paco para que se marchara una temporada con él a la ciudad de León, hasta que a estos tarados se les pase la cosa, le ha dicho, que lo hemos oído porque los estamos espiando.
Hace un mes que no vemos a Paco, por lo que la aldea está sin alcalde y aburrida.
Hemos intentado que alguien ocupe su lugar, pero extrañamente nadie quiere el cargo. A lo mejor será porque aquí jamás se le ha pagado ni una peseta ni un euro a los alcaldes, porque ninguno cree que por la tontería de unas cuantas pedradas y bromitas tenga la culpa de que nadie quiera ostentar el cargo.
Ahora hay un follón de aquí te espero. A dos meses de que vengan los de agosto, el depósito del agua espera a ser sin limpiado, y los análisis de ellas sin comprobar. Hay tremendos altercados por los límites de los prados y los campos de cosechas, aunque ninguno haya sembrado nada ni nadie tenga animales para pastar; menos Pepín, que tenía dos yeguas a las que lleva en estos momentos la pala de un tractor, con las patas para arriba. Las pobres han muerto de comer y no hacer ejercicio. Pepín estaba tan encharcado en las disputas que no les daba ejercicio, y con tantas hierbas para ellas solas, reventaron de alegres comilonas.
Los cazadores, al no estar el presidente del coto de caza y el que los retenía, que por aquellas casualidades también es el alcalde pedáneo, andan a disparo limpio con todo bicho que se mueva por las laderas de las montañas, ribera o cumbres, incluso por mitad de la aldea. Los corzos, perdices, jabalíes y demás están emigrando a los montes colindantes, o a la porra, porque esto es una anarquía de humanos que no están por la labor.
Pero a nosotros nos entretiene, porque estamos atrincherados en ventanas y rincones de la aldea y nos liamos a tiros con los cazadores, que se ve que les gusta más guerrillear con nosotros que la mismísima caza.
Pero cada vez hay más gente que viene desde todas partes a liarse a balazos con nosotros. Se ve que se ha corrido la voz y llegan de Madrid y Barcelona, y de todas partes.
Los grupos antisistema del resto de España arriban a cientos, dicen que no abandonarán a compañeros en apuros aunque les llegue la mismísima muerte. Ese mismo pretexto es el de los grupos fascistas y de extremas derechas. Los cazadores disparan al primero que se ponga por el medio; y nosotros, cuando no nos ve nadie, también.
5 de julio del 2.014. Aldea de Inicio, municipio de Riello. Las fuerzas republicanas y antisistema, atrincheradas en las casas de piedra de la aldea, en las ensenadas, en los rincones del antiguo palacio de los marqueses, en la iglesia, ermita, campanario y cualquier lugar que valga para esconderse, están repeliendo satisfactoriamente a las fuerzas del fascismo. Se proclama hoy, para que todo el mundo lo sepa, la República Independiente de Omaña.
El rey, ya mayor y cansado, ante tal desafío ha abdicado en favor de su hijo, más joven y más enérgico. El ahora Felipe sexto, mandó al ejército a la aldea, aunque a unos pocos, porque ya casi no se cabe en estos valles. Algunos se están disparando casi nariz con nariz, abriendo algún agujero extra, que no va mal en caso de resfriado.
Paco viene a la cabeza del ejército gritando que ya está bien la que hemos liado por las tonterías de la televisión. Paco nunca ha entendido que la soledad de los inviernos y el no tener quehaceres desemboca siempre en estas cosas; y que no son malas si uno no se enfada por cuatro perras gordas.
Al final se encontró la solución. Paco le ha dicho a Felipe VI que adelante la llegada de algunos de los de agosto, que así se arreglará la cosa, que nos entretendremos con ellos y nos olvidaremos de guerras y cosas por el estilo.
Efectivamente, ha sido mano de santo. Extremistas de izquierdas y fascistas de ultraderecha, al ver y oír las tabarras y cosas que tienen la gente de agosto, se han marchado corriendo, vomitando, gritando que son inaguantables, insoportables y que no se les puede ni matar porque como son de esa manera, que no oponen ni resistencia; que así la cosa no tiene ninguna gracia, vamos.
La aldea ha vuelto a la normalidad. Algunos rasguños por aquí y por allá; un ojo de menos alguno; otros una pierna o un brazo, o tres agujeros en la nariz en vez de dos. Eso ha sido todo.
Paco y Ligio comparten la totalidad de la casa otra vez y nosotros andamos de aquí para allá: unos tramando fechorías en contra de la gente de agosto; otros, amantes de la tortura y fetichista por meses, los sadomasoquistas de turno, se reúnen con ellos en charlas que duran día y noche. Otros continuamos pensando en mover a los días por diferentes cauces a los normales, que para eso estamos.
A más ver. Se agradecen las lecturas de estas crónicas, aunque sean ustedes gente de agosto.
Algunos se le han unido y a los pañuelos de cuatro nudos que cubren sus cabezas han añadido otros similares a los de Ligio.
Paco, el alcalde pedáneo de los ahora diez habitantes, está empezando a enfadarse y no lo dejan unirse a las charlas taciturnas y reuniones que de vez en cuando se dan en alguna casa. Ha dicho que si somos tontos, que él no pinta nada aunque sea el alcalde y que poco puede hacer por la aldea con los 160 euros de presupuesto para todo un año, que esa cantidad de dinero sólo llega para pagar los análisis del agua, que son 20 euros cada dos meses; o sea, casi la totalidad del presupuesto anual.
Desde lo alto del campanario, Eustaquio le ha arrojado un canto rodado y le ha dado en mitad de la cabeza. Suerte de la herradura que lleva siempre bajo la boina, sino hubiera habido algún problema.
Ligio, hermano del alcalde, dividió la casa común donde viven. Él se ha instalado en la planta de arriba y para Paco la de abajo, que es la que tiene la cocina de leña, y la despensa, con los vinos y alimentos. Por contrapartida, Paco ha de hacer sus necesidades en la calle y dormir en los bancos de madera de la cocina, ya que el cuarto de baño y los dormitorios están en la parte de Ligio.
El televisor, que también está en la cocina, se lo ha robado Ligio. Él no puede verlo al no tener enchufe de antena. Acostumbrado a depender de la caja tonta prácticamente todo el año, la abstinencia televisiva está mellando la paciencia del alcalde, al igual que los apedreos y garrotazos que recibe cuando fuerza en los prados, o en cualquier sitio, la evacuación de sus excrementos y líquidos sobrantes.
El pobre Paco se siente solo después de casi dos meses sin hablar con ninguno de la aldea ni tener noticias de la civilización exterior. Nos amenaza con que ya nos enteraremos cuando lleguen los de agosto y sepan del acoso que ha recibido por parte nuestra. Como contestación, desde lejos, le avino una lluvia de piedras lanzadas con unos tirachinas muy majos, como los de antaño. Un cantito rodado le ha dado en todo el ojo y lo lleva un poco amoratado, y otro, ya una piedra como Dios manda, fue la causante del gran chichón que luce en la frente, donde le ha salido ese enorme bulto que ha cubierto con una moneda sujetada con una goma. Por las noches se pone un filete de ternera para que le baje el hinchazón, nos ha comentado ligio, riéndose, que lo ha visto desde fuera de la ventanita de la cocina.
Está harto de decirnos que no tiene nada que ver con los que gobiernan en España, con los que salen en la tele. Pero no entiende que nosotros debemos apoyar a esos grupos marginales, que no los podemos dejar solos aunque éstos no sepan de la existencia de nuestra aldea. Que deja el cargo de alcalde pedáneo, que nos den por culo, cacho cabrones, nos gritó. Y nosotros hemos respondido que ni hablar, que no se hubiera presentado, que los cargos no se dejan cuando a uno le da la gana; y que si no hay alcalde con el que meterse la cosa carece de toda gracia.
¡Pues os vais a enterar! Así amenaza, para que se den cuenta del poco aguante de Paco. Si queréis caña la habrá. ¿Queréis que sea un gobernante como los de la tele? ¡Pues lo seré, cacho cabritos!
Han venido dos coches de la guardia civil y otro de la policía nacional, éste lo conducía un hermano de Paco y Ligio a punto de jubilarse, por si era capaz de imponer la paz sin más altercados.
Cuando se acercaba a la casa de sus hermanos, Calixto, el policía hermano de Paco y Ligio, ha sido alcanzado por una tremenda pedrada lanzada desde el tejado por la honda magnífica de Ligio. Luego se ha reído a pulmón limpio y sano, resonando sus carcajadas por todo el valle.
Es normal que el resto de las autoridades se enfadaran e hicieran puntería con el pobre Ligio. Pero éste, a pesar de sus ochenta y un años, se mueve como una ardilla por el tejado y responde bárbaramente. Nosotros, escondidos entre los robles, arrojamos pedradas tremendas con el tirachinas cargado de cantos rodados preciosos mientras vociferamos consignas llamativas; unas sacadas de la televisión, otras inventadas por nosotros. ¡Alcalde ladrón, el poder al paredón!, ¡Paco, tienes cara de sapo! ¡Te vamos a sacar las muelas a pedradas, que aunque no rime, verás cómo gimes! Están son las más suaves, las otras mejor no las reproduzco.
Las fuerzas de seguridad ciudadana no han podido con nosotros. Calixto, el listo, convenció a Paco para que se marchara una temporada con él a la ciudad de León, hasta que a estos tarados se les pase la cosa, le ha dicho, que lo hemos oído porque los estamos espiando.
Hace un mes que no vemos a Paco, por lo que la aldea está sin alcalde y aburrida.
Hemos intentado que alguien ocupe su lugar, pero extrañamente nadie quiere el cargo. A lo mejor será porque aquí jamás se le ha pagado ni una peseta ni un euro a los alcaldes, porque ninguno cree que por la tontería de unas cuantas pedradas y bromitas tenga la culpa de que nadie quiera ostentar el cargo.
Ahora hay un follón de aquí te espero. A dos meses de que vengan los de agosto, el depósito del agua espera a ser sin limpiado, y los análisis de ellas sin comprobar. Hay tremendos altercados por los límites de los prados y los campos de cosechas, aunque ninguno haya sembrado nada ni nadie tenga animales para pastar; menos Pepín, que tenía dos yeguas a las que lleva en estos momentos la pala de un tractor, con las patas para arriba. Las pobres han muerto de comer y no hacer ejercicio. Pepín estaba tan encharcado en las disputas que no les daba ejercicio, y con tantas hierbas para ellas solas, reventaron de alegres comilonas.
Los cazadores, al no estar el presidente del coto de caza y el que los retenía, que por aquellas casualidades también es el alcalde pedáneo, andan a disparo limpio con todo bicho que se mueva por las laderas de las montañas, ribera o cumbres, incluso por mitad de la aldea. Los corzos, perdices, jabalíes y demás están emigrando a los montes colindantes, o a la porra, porque esto es una anarquía de humanos que no están por la labor.
Pero a nosotros nos entretiene, porque estamos atrincherados en ventanas y rincones de la aldea y nos liamos a tiros con los cazadores, que se ve que les gusta más guerrillear con nosotros que la mismísima caza.
Pero cada vez hay más gente que viene desde todas partes a liarse a balazos con nosotros. Se ve que se ha corrido la voz y llegan de Madrid y Barcelona, y de todas partes.
Los grupos antisistema del resto de España arriban a cientos, dicen que no abandonarán a compañeros en apuros aunque les llegue la mismísima muerte. Ese mismo pretexto es el de los grupos fascistas y de extremas derechas. Los cazadores disparan al primero que se ponga por el medio; y nosotros, cuando no nos ve nadie, también.
5 de julio del 2.014. Aldea de Inicio, municipio de Riello. Las fuerzas republicanas y antisistema, atrincheradas en las casas de piedra de la aldea, en las ensenadas, en los rincones del antiguo palacio de los marqueses, en la iglesia, ermita, campanario y cualquier lugar que valga para esconderse, están repeliendo satisfactoriamente a las fuerzas del fascismo. Se proclama hoy, para que todo el mundo lo sepa, la República Independiente de Omaña.
El rey, ya mayor y cansado, ante tal desafío ha abdicado en favor de su hijo, más joven y más enérgico. El ahora Felipe sexto, mandó al ejército a la aldea, aunque a unos pocos, porque ya casi no se cabe en estos valles. Algunos se están disparando casi nariz con nariz, abriendo algún agujero extra, que no va mal en caso de resfriado.
Paco viene a la cabeza del ejército gritando que ya está bien la que hemos liado por las tonterías de la televisión. Paco nunca ha entendido que la soledad de los inviernos y el no tener quehaceres desemboca siempre en estas cosas; y que no son malas si uno no se enfada por cuatro perras gordas.
Al final se encontró la solución. Paco le ha dicho a Felipe VI que adelante la llegada de algunos de los de agosto, que así se arreglará la cosa, que nos entretendremos con ellos y nos olvidaremos de guerras y cosas por el estilo.
Efectivamente, ha sido mano de santo. Extremistas de izquierdas y fascistas de ultraderecha, al ver y oír las tabarras y cosas que tienen la gente de agosto, se han marchado corriendo, vomitando, gritando que son inaguantables, insoportables y que no se les puede ni matar porque como son de esa manera, que no oponen ni resistencia; que así la cosa no tiene ninguna gracia, vamos.
La aldea ha vuelto a la normalidad. Algunos rasguños por aquí y por allá; un ojo de menos alguno; otros una pierna o un brazo, o tres agujeros en la nariz en vez de dos. Eso ha sido todo.
Paco y Ligio comparten la totalidad de la casa otra vez y nosotros andamos de aquí para allá: unos tramando fechorías en contra de la gente de agosto; otros, amantes de la tortura y fetichista por meses, los sadomasoquistas de turno, se reúnen con ellos en charlas que duran día y noche. Otros continuamos pensando en mover a los días por diferentes cauces a los normales, que para eso estamos.
A más ver. Se agradecen las lecturas de estas crónicas, aunque sean ustedes gente de agosto.
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