Évano
Libre, sin dioses.
Hay un viejo olivo en lo alto de una de las murallas del castillo. Es una fortaleza árabe del año 1.000 llamada Aqabat al-Baqar, o Mano de Hierro en castellano.
Tengo cuatro años y mis hermanos me han ayudado a encaramarla. Luego se han ido a cazar pajaritos a pedrada limpia. El mayor porta orgulloso un tirachinas y va aporreando todo bicho que ose moverse. Si hubieran elefantes o leones en Sierra Morena no duraría ni un momento en atacarlos. No existe el peligro ni la conciencia de muerte.
Me tiemblan las piernas ante un olivo que cuelga a gran altura. Miro con los pies aferrados a las piedras milenarias; algunas están sueltas porque el catalizador que las une, un blando y casi desecho barro blanquecino, se ha ido descomponiendo con el pasar de los siglos.
En las ramas van y vienen gorriones mientras trinan y sopesan el posible peligro. Yo no soy ninguna amenaza para ellos porque no me hacen ni caso. Está claro que ven a un niño asustado y tembloroso. Pero temen a un par de águilas que dan vueltas sobre sus cabezas y picos.
El viento es a penas una brisa, pero es suficiente para mecer las hojas y bailar mi cabello de castaño finísimo, y para ventilar y llevar mi miedo por todos los valles de la sierra.
A lo lejos, bajando la ladera, oigo las voces de mi madre y las vecinas. Ríen. Mi padre, empequeñecido por la distancia, está encorvado arrancando las malas hierbas, entre las lechugas y los melonares. Unas cuantas gallinas corretean cerca de él mientras el gayo cacareante las persigue.
Intento esconderme tras el olivo, no sea que me vean mis padres y me lleve una zurra de aquí te espero y, lo que es peor, la de mis hermanos mayores, porque ellos también recibirán una somanta palos por haberme dejado en lo alto del castillo.
Sobrepaso con cuidado el árbol inclinado al abismo y me dirijo a la muralla oeste, a la otra ladera, para ver cómo les va la caza a mis cuatro hermanos mayores.
Juan, el tercero de ellos, anda por lo alto de un chaparro chamuscado por un fuego reciente. Desde aquí lo veo más negro que el tizón (no sólo el rostro, los brazos y piernas que eso es de estar al sol todo el santo día), sino que la camiseta y los pantalones ahora también son negros.
Hoy no nos salva ni la guardia civil, me he dicho, repitiendo una frase que mi padre dice con frecuencia. El castigo ya está asegurado.
La voz del mayor, Diego, grita al negro del árbol.
Baja de ahí, atontao. ¿No ves que está quemado el chaparro?
Juan baja rápido y lo primero que se lleva es una colleja. Francisco y Fausto, el tercero y el cuarto, andan a pedradas con un conejo. Tumbado en la muralla oeste (para que no me vean, porque sino cobro también, y no dinero, precisamente), y con el abismo de esa ladera bajo mis ojos, me río porque se ve imposible que atinen con el veloz conejo. Le habían dicho a mi padre, que siempre aparece con dos o tres de ellos, que eso estaba chupado, que ellos traerían por lo menos cinco o seis.
Diego y Juan bajan al río, seguramente para intentar acicalarse un poco y quitarse la negrura del árbol. Tengo cuatro años, pero ya sé que va a ser peor, que el agua llenará por completo de chorretones ropa y cuerpo.
Juan va escupiéndose en las palmas de las manos y limpiando ya por su cuenta lo que puede; al mismo tiempo se peina con ellas.
Una pedrada pasa rozando la cabeza de Diego.
Como suba os parto la cabeza, atontaos grita. ¿No veis que somos nosotros?
Han parado de tirar piedras de golpe y bajan a acompañarlos, desapareciendo entre los chopos y alisos de la vera del río.
Pienso que el día de hoy puede ir a peor, porque si deciden pescar más de uno llegará a casa empapado, sino descalabrado o medio ahogado; y todos los números los llevan los pequeños, de seis, ocho y nueve años. El mayor ya tiene catorce y sabe más de andurriales montañosos y acuosos.
Las montañas se suceden ante mi vista mientras el sol del mediodía cae en llamaradas de fuego sobre las ardientes piedras del castillo, y sobre mi cabeza. El aire me refresca un poco y el cántico de los pájaros y el ulular del viento me adormece. Me duermo sobre lo alto de la muralla oeste, con la cabeza caída en el enorme barranco que desciende de ella. Los pies casi no arriban al otro lado de la anchísima pared.
Al despertar, los cuatro hermanos están a mi lado.
¿No te he dicho que vigilaras por si venía padre?
Se me había olvidado contesto la verdad.
¡Anda que vaya cuadrilla tengo! dice riendo. Y yo también río al ver a Juan ni blanco ni negro, sino gris y lleno de chorretones.
Observo a Fausto y Francisco y explota mi risa. Están empapados los dos. Es la hora de comer y tenemos que irnos para casa.
Lo dicho, el castigo no nos lo quita ni la guardia civil.