JimmyShibaru
Poeta recién llegado
Caminaba lento, recorriendo la playa. Recuerdos de su niñez abrazaban el momento. Gregorio era una persona mayor, pero era mucho más que eso. Su dulzura y el cariño que siempre daba a sus nietos eran de admirar. "Nunca te mueras", le decía Carlos en medio de la tierna felicidad que unía a nieto y abuelo. Carlos seguía desplazándose por la arena de la playa, descalzo.
A veces miraba al horizonte y veía cómo el sol se escondía al ritmo de sus pisadas, y un vacío llenaba el delgado cuerpo de Carlos. Todo se iba en la lejanía. Al principio, la negación se hace fuerte para que la realidad no sea tan desagradable, aunque el dolor inunda la mente y una respiración acelerada aparece de repente. Luego, al cabo de un tiempo, los dolores de cabeza no te dejan salir de la cama, sientes rabia hasta el punto de que algunas lágrimas caen nerviosas y temblorosas.
Después, al cabo de un largo tiempo, solo hay tristeza, ni siquiera la impotencia se atreve a asomar el hocico. Agotado por los pensamientos de su mente, ese caminar, esa playa y ese sol eran un recordatorio de que la vida es efímera. Era duro sentir esa presión en el pecho, no obstante, era lo que hacía humano a Carlos. Su chaqueta ancha, su pantalón de tela vaquera y su camiseta de tirantes acomodaban un cuerpo harto de sufrir.
Al sentarse en la arena para terminar de ver el sol diciendo adiós, notó una mano en su hombro y un susurro cerca que decía: "Estoy orgulloso de ti". Una sonrisa y una lágrima. Todo era perfecto en ese momento. Pasaba lo que tenía que pasar. Por eso, la aceptación del duelo nacía con dificultad, pero ahí estaba creciendo como un embrión en la barriga del alma.
A veces miraba al horizonte y veía cómo el sol se escondía al ritmo de sus pisadas, y un vacío llenaba el delgado cuerpo de Carlos. Todo se iba en la lejanía. Al principio, la negación se hace fuerte para que la realidad no sea tan desagradable, aunque el dolor inunda la mente y una respiración acelerada aparece de repente. Luego, al cabo de un tiempo, los dolores de cabeza no te dejan salir de la cama, sientes rabia hasta el punto de que algunas lágrimas caen nerviosas y temblorosas.
Después, al cabo de un largo tiempo, solo hay tristeza, ni siquiera la impotencia se atreve a asomar el hocico. Agotado por los pensamientos de su mente, ese caminar, esa playa y ese sol eran un recordatorio de que la vida es efímera. Era duro sentir esa presión en el pecho, no obstante, era lo que hacía humano a Carlos. Su chaqueta ancha, su pantalón de tela vaquera y su camiseta de tirantes acomodaban un cuerpo harto de sufrir.
Al sentarse en la arena para terminar de ver el sol diciendo adiós, notó una mano en su hombro y un susurro cerca que decía: "Estoy orgulloso de ti". Una sonrisa y una lágrima. Todo era perfecto en ese momento. Pasaba lo que tenía que pasar. Por eso, la aceptación del duelo nacía con dificultad, pero ahí estaba creciendo como un embrión en la barriga del alma.