Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Quisiera decir que los recuerdos de aquella tarde se van desvaneciendo, que jamás tuve su rostro a una cuarta de mi aliento, que su voz de viento no se apropió de cada una de las células de mi cuerpo y que al final la visión de su espalda rumbo al horizonte no me llovió por las mejillas con toda la emoción posible.
Quisiera poder decir que día con día voy perdiendo entre los escombros de mi mente el recuerdo de mi ser temblando entre sus manos cuando al final de cada verso que le leía posaba sus labios en mi boca como si con ello pudiera devorar alguna de las palabras de amor que le estaba inventando, ojalá pudiera borrar de un plumazo el recuerdo de sus pies sobre los míos bailando al filo de la cama la melodía del viento mientras el agua de sus ojos me enseñaban de un solo vistazo el color de todos los mares.
Aún creo que en ese momento su alma enternecida sabía que no tendría el valor de quedarse a mi lado, por lo menos no en este tiempo y su forma de decir "quizás en otra vida" era regalándome esa tarde para que le recordase cada día en cada uno de mis parpadeos y cada noche en cada uno de mis sueños.
Ojalá pudiera decir sálvese el que crea y olvidar su voz para cambiar de credo y saltar de su amar a quemar las naves con todos los fantasmas, con todas las ratas que en luna llena muerden sin acabar de roer las cuerdas de mis recuerdos.
Quisiera poder mentir y decir que en realidad no sufro al no tenerle. Sin embargo, sé que en realidad a lo que temo, en defensa propia, es que los recuerdos que guardo de esa tarde con el tiempo ya se hayan modificando. Y así no los quiero, así, diferentes, no me gustan.
Conservo un juego de fotografías como testigos de aquel día y cuando el valor me asalta y las miro, no veo en ellas nada de todo lo que le escribo. Sí, sus ojos son de un verde sumamente interesante, sus cejas y pestañas aún son las celdas y cadenas de mi alma, en su piel de leche puedo ver sus tres lunares como si fueran migajas de pastel de albricias y aleluyas. Pero sus labios ¿cómo decirlo? Sus labios, si se me permite la licencia, me parecen letra muerta; los miro y en ellos veo la fórmula del alquimista errado, les puedo leer cada letra, cada palabra, la única canción que me cantara, pero no encuentro ni la mezcla ni las proporciones ni el conjuro para que se muevan, no encuentro la palabra amor ni la palabra siempre ni el adiós que es lo último que le recuerdo, entonces ¿No estará, en estos recuerdos mi mente jugándome una cruel charada al ponerlos en desorden así como a las palabras que cada noche le dedico?
¿No será qué esta afición que tengo de destruirme desde su partida se ha alimentado de todas las cartas que le he escrito y ha crecido de tal forma que me obliga a pensar que lo mejor sería olvidar, y con ello lo único que logra es su maldito cometido: transformar aquella tarde en que su voz de viento se apropio de mí convirtiéndome en borrascas y tormentas algunas tardes y en suspiros cada noche?
Due 5.02.13 en una tarde en la que sé que no sabrá dulce la luna.
Quisiera poder decir que día con día voy perdiendo entre los escombros de mi mente el recuerdo de mi ser temblando entre sus manos cuando al final de cada verso que le leía posaba sus labios en mi boca como si con ello pudiera devorar alguna de las palabras de amor que le estaba inventando, ojalá pudiera borrar de un plumazo el recuerdo de sus pies sobre los míos bailando al filo de la cama la melodía del viento mientras el agua de sus ojos me enseñaban de un solo vistazo el color de todos los mares.
Aún creo que en ese momento su alma enternecida sabía que no tendría el valor de quedarse a mi lado, por lo menos no en este tiempo y su forma de decir "quizás en otra vida" era regalándome esa tarde para que le recordase cada día en cada uno de mis parpadeos y cada noche en cada uno de mis sueños.
Ojalá pudiera decir sálvese el que crea y olvidar su voz para cambiar de credo y saltar de su amar a quemar las naves con todos los fantasmas, con todas las ratas que en luna llena muerden sin acabar de roer las cuerdas de mis recuerdos.
Quisiera poder mentir y decir que en realidad no sufro al no tenerle. Sin embargo, sé que en realidad a lo que temo, en defensa propia, es que los recuerdos que guardo de esa tarde con el tiempo ya se hayan modificando. Y así no los quiero, así, diferentes, no me gustan.
Conservo un juego de fotografías como testigos de aquel día y cuando el valor me asalta y las miro, no veo en ellas nada de todo lo que le escribo. Sí, sus ojos son de un verde sumamente interesante, sus cejas y pestañas aún son las celdas y cadenas de mi alma, en su piel de leche puedo ver sus tres lunares como si fueran migajas de pastel de albricias y aleluyas. Pero sus labios ¿cómo decirlo? Sus labios, si se me permite la licencia, me parecen letra muerta; los miro y en ellos veo la fórmula del alquimista errado, les puedo leer cada letra, cada palabra, la única canción que me cantara, pero no encuentro ni la mezcla ni las proporciones ni el conjuro para que se muevan, no encuentro la palabra amor ni la palabra siempre ni el adiós que es lo último que le recuerdo, entonces ¿No estará, en estos recuerdos mi mente jugándome una cruel charada al ponerlos en desorden así como a las palabras que cada noche le dedico?
¿No será qué esta afición que tengo de destruirme desde su partida se ha alimentado de todas las cartas que le he escrito y ha crecido de tal forma que me obliga a pensar que lo mejor sería olvidar, y con ello lo único que logra es su maldito cometido: transformar aquella tarde en que su voz de viento se apropio de mí convirtiéndome en borrascas y tormentas algunas tardes y en suspiros cada noche?
Due 5.02.13 en una tarde en la que sé que no sabrá dulce la luna.
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