REFLEJO DE UNA LLAMA EN EL OJO
Soy oftalmólogo y nunca he visto el alma a través de los ojos, como dicen que hacen los poetas. Quizá esta limitación se deba al ejercicio puramente técnico de mi profesión, con escasa derivas líricas o, tal vez, a que no creo en la existencia del alma.
Ayer alguien, una mujer, llamó solicitando consulta. Era la suya una voz hermosa, bien timbrada. Hoy, puntualmente, ha llamado a mi puerta. Ante mí apareció una dama elegantemente vestida, toda en negro, salvo un ligero tocado de flores malvas en la cabeza. Cubría su rostro con un tenue velo de gasa asimismo negro cuyo anacronismo resultaba chocante. Lo atribuí a una cierta forma de defenderse de nuestra excesiva intensidad de luz mediterránea.
La invité a pasar a la sala de consulta, invitación que declinó amablemente:
-Doctor, mi visita no es para solicitar sus servicios. ¿Podríamos hablar en un lugar menos, digamos, aséptico?
Aquello, pensé, era una clara insinuación para llevarme a un terreno difícil para mí. Mi misoginia era de todos conocida. No obstante accedí y pasamos a una pequeña sala de estar, confortable y discretamente decorada.
- Y bien, señora. La escucho.
La dama levantó lentamente el velo que cubría su rostro. Un blanco óvalo, enmarcado por dos crenchas de pelo negrísimo alojaba unas facciones perfectas. Extrañamente perfectas. De una belleza atemporal y exquisitamente pálidas. De una pitillera sacó un cigarrillo egipcio.
-¿Me permite?
Le ofrecí fuego con mi Dupont de oro. Ella sonrió y acercó su cara a la llama.
Vi con estupefacción que el reflejo del fulgor anaranjado se perdía en unas profundidades que nunca había percibido en ojo alguno. La pupila, con un iris anómalamente negro, no alteró su diámetro al aproximarse la luz. Detrás, todo era abisal, insondable. En un fondo infinitamente lejano un pequeño resplandor, como una estrella agonizante, parecía llamarme hacia un hervidero de nuevas vidas que, desde luego, acabaría con la abulia de mi actual existencia.
Volvió a sonreír y un espasmo sacudió todo mi cuerpo. Con total lucidez comprendí quién era mi visitante: la Muerte en persona había querido garantizar su victoria sobre este pobre escéptico, agnóstico y racionalista. Era ella; existía y me ofrecía su blanca mano.
- Si…., soy yo.
Ahora su voz parecía situarse en los armónicos inferiores de una nota de violonchelo.
- Mañana ha de ser el día.
Un discreto bostezo suyo y una extraña modorra en mí, amodorramiento que fue como una inmersión en una cálida y luminosa placenta, donde todo era felicidad, pusieron fin a la conversación.
Ahora sólo me queda esperar, pero la voluntad de seguir vivo ya me ha abandonado.
Soy oftalmólogo y nunca he visto el alma a través de los ojos, como dicen que hacen los poetas. Quizá esta limitación se deba al ejercicio puramente técnico de mi profesión, con escasa derivas líricas o, tal vez, a que no creo en la existencia del alma.
Ayer alguien, una mujer, llamó solicitando consulta. Era la suya una voz hermosa, bien timbrada. Hoy, puntualmente, ha llamado a mi puerta. Ante mí apareció una dama elegantemente vestida, toda en negro, salvo un ligero tocado de flores malvas en la cabeza. Cubría su rostro con un tenue velo de gasa asimismo negro cuyo anacronismo resultaba chocante. Lo atribuí a una cierta forma de defenderse de nuestra excesiva intensidad de luz mediterránea.
La invité a pasar a la sala de consulta, invitación que declinó amablemente:
-Doctor, mi visita no es para solicitar sus servicios. ¿Podríamos hablar en un lugar menos, digamos, aséptico?
Aquello, pensé, era una clara insinuación para llevarme a un terreno difícil para mí. Mi misoginia era de todos conocida. No obstante accedí y pasamos a una pequeña sala de estar, confortable y discretamente decorada.
- Y bien, señora. La escucho.
La dama levantó lentamente el velo que cubría su rostro. Un blanco óvalo, enmarcado por dos crenchas de pelo negrísimo alojaba unas facciones perfectas. Extrañamente perfectas. De una belleza atemporal y exquisitamente pálidas. De una pitillera sacó un cigarrillo egipcio.
-¿Me permite?
Le ofrecí fuego con mi Dupont de oro. Ella sonrió y acercó su cara a la llama.
Vi con estupefacción que el reflejo del fulgor anaranjado se perdía en unas profundidades que nunca había percibido en ojo alguno. La pupila, con un iris anómalamente negro, no alteró su diámetro al aproximarse la luz. Detrás, todo era abisal, insondable. En un fondo infinitamente lejano un pequeño resplandor, como una estrella agonizante, parecía llamarme hacia un hervidero de nuevas vidas que, desde luego, acabaría con la abulia de mi actual existencia.
Volvió a sonreír y un espasmo sacudió todo mi cuerpo. Con total lucidez comprendí quién era mi visitante: la Muerte en persona había querido garantizar su victoria sobre este pobre escéptico, agnóstico y racionalista. Era ella; existía y me ofrecía su blanca mano.
- Si…., soy yo.
Ahora su voz parecía situarse en los armónicos inferiores de una nota de violonchelo.
- Mañana ha de ser el día.
Un discreto bostezo suyo y una extraña modorra en mí, amodorramiento que fue como una inmersión en una cálida y luminosa placenta, donde todo era felicidad, pusieron fin a la conversación.
Ahora sólo me queda esperar, pero la voluntad de seguir vivo ya me ha abandonado.
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