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Reflexión 104

IgnotaIlusión

El Hacedor de Horizontes
Admiramos como el tiempo mata y borra,

como la ceniza es olvido,
y el olvido olvidado
no es ni inexistencia,

llevamos la infelicidad en cada átomo,

buscamos en el otro lo que nadie tiene,

bailamos con una fortuna ilusoria
que profundamente nos desgasta,

danzamos con profunda agonía,
en cada paso nos desgarramos el alma,
dejando en cada ósculo
los anhelos de un pensamiento
que será por siempre pasado,

seguiremos dirigidos
hacia un último ocaso,
sabrá la ilusión que fue desilusionada,

aprenderemos
que siempre es más potable no existir,
nos envenenamos de necesidad,

caerán nuevas verdades,
hacia un tumulto pútrido,
donde las almas no buscan nuevos cuerpos,

caerá el último creador,
como caen nuestros últimos momentos,

somos tiempo
condenado a una pausa aún más eterna,

que es silencio completo,

silencio innegable,
entre leyes que han de morir de soledad,

en una solitud abstracta y absurda,

sembramos veneno,
aún sin comprender nuestras acciones,

entenderemos
que esta tierra se nos adhiere como savia,

cosechamos las muertes
que deben de suceder,

nos movemos sin entender
los hilos invisibles
de fuerzas
tan colosales como indescifrables,

nos mueven como piezas de ajedrez,
tejen nuestros pensamientos,
saben nuestros deseos,

¿y aún nos entendemos libres?,

seguiremos, confiados y orgullosos,

hasta chocar
contra la espesura ennegrecida,

de nuestro carnoso e inerte cadáver.









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Este poema es un grito existencial que revela el vacío que consume al ser humano moderno, atrapado en una danza trágica entre la ilusión y el desencanto. El tiempo, lejos de sanar, borra y deshace; la vida, lejos de ofrecer sentido, se presenta como un ciclo de búsqueda sin hallazgos, de deseos manipulados y destinos ya escritos por fuerzas invisibles. Somos sombras que caminan creyéndose libres, cuando en realidad habitamos una condena silenciosa y absurda. El poema nos deja ante la crudeza de una verdad: que la infelicidad y la destrucción no son accidentes, sino frutos cultivados por manos inconscientes. Y cuando al fin despertemos, lo haremos demasiado tarde, frente al cadáver inerte de lo que alguna vez llamamos humanidad.


Saludos cordiales
 

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