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Reflexión 105

IgnotaIlusión

El Hacedor de Horizontes
Podríamos mirar al sol,
aún intentando
no ver solo frenética blancura,

podríamos mirar a la noche,
y dejarnos inundar
por su contundente pesadez,

podríamos convencernos
de que un pájaro desea volar,

asimilaremos
que los dolores se rigen por los riesgos,
aceptaremos que vivir
es desear negarnos muertos,

esclavos de la similitud de las penurias,
que son nuestras, que son completas,

trabajadores del mal social,
alimentando a un sistema mórbido,

caen las esperanzas como vómitos,
degradando los suelos
donde todos hemos de morir,

espectadores de finales amargos,
la dulzura efímera del saber la verdad,
efímera,
porque nadie puede retenerla
en su consciencia,

caemos como rocas,
arrastrando todo mal,
arrasando con toda insulsa manera,
de degradar toda inocencia,

caemos como fantasmas,
impactando contra un muro de carne,
que fue nuestro cuerpo,
que ahora es ceniza,

recuerdos clavados con dolor,

experiencias podridas,
entre circunstancias miserables,

deseos desgarrados
desde nuestro corazón,

creemos que seremos estrella,
creemos poder latir sin tiempo,
sentiremos la agonía que nos persigue,
hasta punzar nuestra ingenua voluntad,

muerte celular,

efimeridad fantasmagórica,

muerte térmica,

si todo universo cede a ella,
todo tiempo siempre fue pasado,

somos espectadores
de un mísero y constante
olvido inevitable,

somos cadena de motas alineadas,
a un tenue destello que se desvanece,
en una espiral elucubrada,

somos ganado
para seres condenados a eviscerarnos.









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Última edición:
Este poema nos confronta con una visión cruda y despiadada de la existencia: una vida en la que mirar al sol o a la noche es apenas un intento desesperado de comprender el vacío. A través de imágenes de caída, muerte y podredumbre, se revela un universo en decadencia, donde el sufrimiento no es accidente, sino el resultado lógico de una estructura enferma y repetitiva. El ser humano aparece como esclavo de dolores heredados, víctima y cómplice de un sistema que devora toda inocencia, toda verdad, todo deseo. Lo efímero de la conciencia, la inevitabilidad de la degradación física y espiritual, y la impotencia ante fuerzas cósmicas nos sitúan en un lugar sin redención. Al final, no somos más que fragmentos de polvo, atrapados en una danza mecánica hacia la evisceración, mientras creemos, ingenuamente, en la posibilidad de brillar. La lucidez que ofrece el poema no consuela, pero revela: somos parte de una maquinaria impersonal y agónica, donde la esperanza es un espejismo y el olvido, una sentencia.


Saludos cordiales
 

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