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Reflexión 77

IgnotaIlusión

El Hacedor de Horizontes
Caen las edades,
desde sus alturas más temidas,
caen hacia ataúdes corroídos,
entre cimientos sepultados,

caen las verdades,
como lluvia,
como rocío de pino moribundo,
el mundo gira,
como si nos pudiésemos olvidar
de todas nuestras desgracias,

fluyen entre arrabales místicos,
seres que desean ser centro sabio
de un imperio compungido,

brota un nuevo veneno,
más concentrado que toda venganza,

dependerán los cielos,
de nuevos muertos,
de nuevos lamentos,
llorará el amanecer,
cuando el sol muera,

llorarán las noches,
si a la luna, las estrellas no la encuentran,
entenderán
que ya no hay musa,
ni arte,
ni lienzo,
ni motivación,

cavamos,
con la fuerza del condenado,
cavamos aún más profundo,
buscamos
la comodidad que nunca tendremos,
por no sernos fiel,
por no escuchar nuestros deseos,

encontraremos soledad,

sembramos dolor,
comeremos miseria,
negamos todo horror,
asimilaremos forzadamente
la impotencia de no tener brújula
cuando la oscuridad sea
nueva atmósfera,

cultivaremos una tierra que no desea,
que no espera,
que no cree en ninguna forma de existencia,

cultivaremos agonía,
y realidad impotente,

entre tanta miseria,
no comprenderemos
por qué hemos de vivir,

respiraremos espinas,
en nuestra garganta solo sangre,

drenaremos nuestros fluidos
para poder soñar,
flotaremos muertos,
entre charcos pútridos,
somos el ardor de nuestra sombra,

que ella, aún imitándonos,
siguiendo la desgracia de nuestros pasos,
no logra detener esta locura,

somos la espesura
de un ocaso sin solución.






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Última edición:
Caen las edades,
desde sus alturas más temidas,
caen hacia ataúdes corroídos,
entre cimientos sepultados,

caen las verdades,
como lluvia,
como rocío de pino moribundo,
el mundo gira,
como si nos pudiésemos olvidar
de todas nuestras desgracias,

fluyen entre arrabales místicos,
seres que desean ser centro sabio
de un imperio compungido,

brota un nuevo veneno,
más concentrado que toda venganza,

dependerán los cielos,
de nuevos muertos,
de nuevos lamentos,
llorará el amanecer,
cuando el sol muera,

llorarán las noches,
si a la luna, las estrellas no la encuentran,
entenderán
que ya no hay musa,
ni arte,
ni lienzo,
ni motivación,

cavamos,
con la fuerza del condenado,
cavamos aún más profundo,
buscamos
la comodidad que nunca tendremos,
por no sernos fiel,
por no escuchar nuestros deseos,

encontraremos soledad,

sembramos dolor,
comeremos miseria,
negamos todo horror,
asimilaremos forzadamente
la impotencia de no tener brújula
cuando la oscuridad sea
nueva atmósfera,

cultivaremos una tierra que no desea,
que no espera,
que no cree en ninguna forma de existencia,

cultivaremos agonía,
y realidad impotente,

entre tanta miseria,
no comprenderemos
por qué hemos de vivir,

respiraremos espinas,
en nuestra garganta solo sangre,

drenaremos nuestros fluidos
para poder soñar,
flotaremos muertos,
entre charcos pútridos,
somos el ardor de nuestra sombra,

que ella, aún imitándonos,
siguiendo la desgracia de nuestros pasos,
no logra detener esta locura,

somos la espesura
de un ocaso sin solución.






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A veces la realidad por bien que parezca, nos parece sombría.

Saludos IgnotaIlusión
 
El poema traza un descenso inexorable hacia la desolación, donde cada caída —de las edades, las verdades, los astros y las voluntades— refleja la pérdida del sentido y la desconexión radical del ser humano consigo mismo y con su entorno. En esta visión apocalíptica, la humanidad cava su propio abismo, empujada por el autoengaño, la traición a los propios deseos y la negación persistente de su dolor. Sin brújula ni esperanza, el poema concluye con una sentencia definitiva: somos los artífices de nuestra ruina, el reflejo de un ocaso sin redención, donde incluso la sombra —último vestigio del yo— se revela incapaz de detener la locura. Así, el poema es una elegía a lo que fuimos, y una advertencia muda de lo que ya somos.

Saludos cordiales
 

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