Antonio Javier Fuentes So
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la orilla, bebiendo
olor a libro viejo de páginas ocres,
olor del amor cercano
con sus huellas cotidianas de desorden;
el murmullo del mar, salpicado, incesante.
Nunca vuelve el agua que se acerca
para besar la arena y después
alejarse.
De calma hallada se apaga la tarde.
Nunca llega el sol para quedarse,
irrumpe siempre el ocaso derramando
sangre.
Todo se extingue en el parpadeo constante.
Nacer, morir...
y en medio
nuestro vivir distraido y anhelante.
Debo aprender
a empezar a morir contemplándote,
a abrir mis manos
y descubrir lo que guardan.
Debo acostumbrarme
a ese vivir tuyo, tan suave,
a caminar descalzo,
ligero de equipaje,
contigo,
con lo puesto.
olor a libro viejo de páginas ocres,
olor del amor cercano
con sus huellas cotidianas de desorden;
el murmullo del mar, salpicado, incesante.
Nunca vuelve el agua que se acerca
para besar la arena y después
alejarse.
De calma hallada se apaga la tarde.
Nunca llega el sol para quedarse,
irrumpe siempre el ocaso derramando
sangre.
Todo se extingue en el parpadeo constante.
Nacer, morir...
y en medio
nuestro vivir distraido y anhelante.
Debo aprender
a empezar a morir contemplándote,
a abrir mis manos
y descubrir lo que guardan.
Debo acostumbrarme
a ese vivir tuyo, tan suave,
a caminar descalzo,
ligero de equipaje,
contigo,
con lo puesto.
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