Silencio
Poeta recién llegado
Cualquiera se levanta por la mañana.
Cualquiera coge el tren para ir a trabajar o a estudiar o a cualquier otro sitio.
Cualquiera se sienta sólo y no habla con nadie,
cómo si todos los demás cualquieras no fueran más que un burdo decorado matinal.
Unos rugen, otros roncan, otros traginan con el móvil, otros leen, otros simplemente miran por la ventana.
Pero cualquiera, ante tal escenario, mientras agota ese lapso entre levantarse y ponerse con sus quehaceres, reflexiona.
Piensa, por ejemplo, que le apetecería que ese cualquiera, de apariencia agradable se le acercara y le diera los buenos dias, se entablara una conversación más o menos interesante, que esa conversación fuera la parte más interesante de todos los días, de todos los viajes rutinarios en tren, y así, cuando llevaran 20 años juntos, felices e inseparables, recordaran ese buenos dias que les dió la vida.
Piensa, por qué no, en la cantidad de cualquieras que se sientan en un tren dispuestos a enamorase cada día, que incluso los cínicos, los desesperados, los infieles, los despechados, albergan en un rinconcito del pecho la esperanza de un Buenos días.
Cualquiera no es especialmente enamoradizo, pero le encanta el amor, quizás no para sí mismo, pues cualquiera no sabe dominarlo, pero si le encanta el amor de los demás. Se adormece entre el traqueteo y los besos postadolescentes de la pareja de enfrente y le gusta verlos así. Cree que, aunque sólo fuera un ratito, los 45 o 50 minutos de tren, le gustaría que cualquiera le besara cada día, pero sólo un ratito.
Piensa también, más detenidamente, en qué, cuando cualquiera de apariencia afable se aproxima, le mira o simplemente se sienta, su pupila responde y se agranda, que lo primero en qué piensa es, simplemente, en tenerlo en una cama, en una escena de sexo en el lavabo, en un secuestro candente a cualquier esquina de cualquier estación y no en 20 años casados, pelo cano y arrugas en la frente.
No sabe si es perversión o cualquiera piensa lo mismo.
Analiza detalladamente este hecho y se pregunta, ¿cuantos de todos los cualquieras viajeros querran tenerme en su cama?
Piensa de paso en la cantidad de pervertidos, asesinos en serie y enfermos mentales profundos que viajan cada día a su lado, piensa en violaciones, en masacres, en bombas y descarrilamientos, piensa en la muerte y en la sangre, en el olor a miedo en el ambiente cuando el tren se mueve más de lo corriente y piensa, a la vez, en qué querra proteger o que temerá perder cualquiera en los últimos instantes que preceden a su muerte por accidente/asesinato.
¿Seré un bicho raro por pensar en esto? se pregunta cualquiera ante tales reflexiones.
Después de 45 o 50 minutos, el tren llega a cualquier destino y una masa más o menos anónima de dirige a sus quehaceres, con miles de preguntas, pensamientos y absurdos rondando por la cabeza.
Cualquiera cogerá el tren mañana y volverá a pensar en el amor, el sexo y en la fragilidad de la vida y, un día, sin más, cualquiera le dedicará un Buenos dias.
Cualquiera coge el tren para ir a trabajar o a estudiar o a cualquier otro sitio.
Cualquiera se sienta sólo y no habla con nadie,
cómo si todos los demás cualquieras no fueran más que un burdo decorado matinal.
Unos rugen, otros roncan, otros traginan con el móvil, otros leen, otros simplemente miran por la ventana.
Pero cualquiera, ante tal escenario, mientras agota ese lapso entre levantarse y ponerse con sus quehaceres, reflexiona.
Piensa, por ejemplo, que le apetecería que ese cualquiera, de apariencia agradable se le acercara y le diera los buenos dias, se entablara una conversación más o menos interesante, que esa conversación fuera la parte más interesante de todos los días, de todos los viajes rutinarios en tren, y así, cuando llevaran 20 años juntos, felices e inseparables, recordaran ese buenos dias que les dió la vida.
Piensa, por qué no, en la cantidad de cualquieras que se sientan en un tren dispuestos a enamorase cada día, que incluso los cínicos, los desesperados, los infieles, los despechados, albergan en un rinconcito del pecho la esperanza de un Buenos días.
Cualquiera no es especialmente enamoradizo, pero le encanta el amor, quizás no para sí mismo, pues cualquiera no sabe dominarlo, pero si le encanta el amor de los demás. Se adormece entre el traqueteo y los besos postadolescentes de la pareja de enfrente y le gusta verlos así. Cree que, aunque sólo fuera un ratito, los 45 o 50 minutos de tren, le gustaría que cualquiera le besara cada día, pero sólo un ratito.
Piensa también, más detenidamente, en qué, cuando cualquiera de apariencia afable se aproxima, le mira o simplemente se sienta, su pupila responde y se agranda, que lo primero en qué piensa es, simplemente, en tenerlo en una cama, en una escena de sexo en el lavabo, en un secuestro candente a cualquier esquina de cualquier estación y no en 20 años casados, pelo cano y arrugas en la frente.
No sabe si es perversión o cualquiera piensa lo mismo.
Analiza detalladamente este hecho y se pregunta, ¿cuantos de todos los cualquieras viajeros querran tenerme en su cama?
Piensa de paso en la cantidad de pervertidos, asesinos en serie y enfermos mentales profundos que viajan cada día a su lado, piensa en violaciones, en masacres, en bombas y descarrilamientos, piensa en la muerte y en la sangre, en el olor a miedo en el ambiente cuando el tren se mueve más de lo corriente y piensa, a la vez, en qué querra proteger o que temerá perder cualquiera en los últimos instantes que preceden a su muerte por accidente/asesinato.
¿Seré un bicho raro por pensar en esto? se pregunta cualquiera ante tales reflexiones.
Después de 45 o 50 minutos, el tren llega a cualquier destino y una masa más o menos anónima de dirige a sus quehaceres, con miles de preguntas, pensamientos y absurdos rondando por la cabeza.
Cualquiera cogerá el tren mañana y volverá a pensar en el amor, el sexo y en la fragilidad de la vida y, un día, sin más, cualquiera le dedicará un Buenos dias.