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Regresar del accidente | Haibun

Cirhian

Poeta fiel al portal
El día de mi treinta y tres cumpleaños sentí que volvía a nacer. No es una mera metáfora, porque nada te prepara para el sonido de un tren chocando contra un muro.

Viajaba en el lado izquierdo del primer vagón de las Cercanías de Barcelona, a escasos metros de la cabina, cuando a punto de llegar a Gelida una sacudida colosal me catapultó hacia adelante, a la vez que el acero del vagón y la cabina se desplomaba sobre si mismo, sumiéndolo todo en oscuridad.

Comprobé que estaba ileso, salvo por algunas contusiones, y encendí la linterna, mascullando una maldición al revelar los restos del vagón replegados sobre sí mismos, mezclados con cristales y trozos partidos de cemento y hormigón. Por alguna clase de milagro, para mi estupor, el asiento mío y el de delante se habían librado del desplome de un muro de contención sobre el tren en marcha.

Me sacaron de mi estupefacción los gritos de auxilio de los maquinistas, uno veterano y tres en prácticas. Intenté acceder a los restos de la cabina, elevada sobre el nivel del suelo y replegada sobre sí misma como una serpiente a punto de atacar, mas resultó tarea imposible; el acceso estaba totalmente bloqueado. Llamé a emergencias para dar aviso del accidente y, reptando entre los escombros, llegué hasta una puerta atascada que intenté liberar con todas mis fuerzas: otros pasajeros, ya fuera del tren, corrían hacia la cabecera y uno se detuvo a ayudarme a abrir lo suficiente un batiente como para salir de los amasijos del vagón.

Corrimos entonces hacia la cabecera del tren, siguiendo las voces que pedían auxilio y socorro, que gritaban y sollozaban por ayuda. Hicimos lo que pudimos; arrastramos al maquinista veterano, paralizado pero consciente, esquivando los chispazos eléctricos hasta alejarlo de las vías; llevamos a una aprendiza con las piernas rotas a un lugar seguro, en un talud; intentamos asistir a un segundo aprendiz, atrapado a más de tres metros de altura entre los restos de dos placas de metal que lo presionaban por la cintura. Intentamos localizar al tercer aprendiz, pero el acceso al interior de la cabina resultó de nuevo imposible.

Unos cursos de primeros auxilios sirven de poco a la hora de intentar asistir cuando no tienes ni agua para lavar las heridas, pero intentamos asegurarnos de que todos los heridos tuviesen atención y compañía, que se les hablase y se los mantuviera abrigados y conscientes hasta que llegaran los servicios de emergencia. Sirven de poco unos cursos de primeros auxilios, sí, pero al menos lo suficiente para atreverse a reaccionar hasta que llegue la ayuda profesional.

Los bomberos consiguieron liberar al aprendiz atrapado y los heridos fueron trasladados a los hospitales más cercanos de su residencia, donde recientemente se anunció que finalmente se encontraban estables. Supimos más tarde que el aprendiz desaparecido había fallecido antes de que los bomberos pudieran acceder a lo que quedaba de la cabina.

Nada te prepara para el sonido de un tren chocando contra un muro. De poco sirve un cursillo de primeros auxilios ante la catástrofe de un accidente. Casi nada se puede hacer para aliviar la pérdida y el dolor de una eventualidad así pero cuando, por algún milagro, se sobrevive al desplome de un muro de contención sobre la cabina y el primer vagón de un tren en marcha se ha de hacer lo posible y lo mejor que se pueda por si más personas pueden transitar este milagro del renacer que es sobrevivir.

Cantar del chotacabras.
Al regresar del accidente
el abrazo de mi madre​
 
El día de mi treinta y tres cumpleaños sentí que volvía a nacer. No es una mera metáfora, porque nada te prepara para el sonido de un tren chocando contra un muro.

Viajaba en el lado izquierdo del primer vagón de las Cercanías de Barcelona, a escasos metros de la cabina, cuando a punto de llegar a Gelida una sacudida colosal me catapultó hacia adelante, a la vez que el acero del vagón y la cabina se desplomaba sobre si mismo, sumiéndolo todo en oscuridad.

Comprobé que estaba ileso, salvo por algunas contusiones, y encendí la linterna, mascullando una maldición al revelar los restos del vagón replegados sobre sí mismos, mezclados con cristales y trozos partidos de cemento y hormigón. Por alguna clase de milagro, para mi estupor, el asiento mío y el de delante se habían librado del desplome de un muro de contención sobre el tren en marcha.

Me sacaron de mi estupefacción los gritos de auxilio de los maquinistas, uno veterano y tres en prácticas. Intenté acceder a los restos de la cabina, elevada sobre el nivel del suelo y replegada sobre sí misma como una serpiente a punto de atacar, mas resultó tarea imposible; el acceso estaba totalmente bloqueado. Llamé a emergencias para dar aviso del accidente y, reptando entre los escombros, llegué hasta una puerta atascada que intenté liberar con todas mis fuerzas: otros pasajeros, ya fuera del tren, corrían hacia la cabecera y uno se detuvo a ayudarme a abrir lo suficiente un batiente como para salir de los amasijos del vagón.

Corrimos entonces hacia la cabecera del tren, siguiendo las voces que pedían auxilio y socorro, que gritaban y sollozaban por ayuda. Hicimos lo que pudimos; arrastramos al maquinista veterano, paralizado pero consciente, esquivando los chispazos eléctricos hasta alejarlo de las vías; llevamos a una aprendiza con las piernas rotas a un lugar seguro, en un talud; intentamos asistir a un segundo aprendiz, atrapado a más de tres metros de altura entre los restos de dos placas de metal que lo presionaban por la cintura. Intentamos localizar al tercer aprendiz, pero el acceso al interior de la cabina resultó de nuevo imposible.

Unos cursos de primeros auxilios sirven de poco a la hora de intentar asistir cuando no tienes ni agua para lavar las heridas, pero intentamos asegurarnos de que todos los heridos tuviesen atención y compañía, que se les hablase y se los mantuviera abrigados y conscientes hasta que llegaran los servicios de emergencia. Sirven de poco unos cursos de primeros auxilios, sí, pero al menos lo suficiente para atreverse a reaccionar hasta que llegue la ayuda profesional.

Los bomberos consiguieron liberar al aprendiz atrapado y los heridos fueron trasladados a los hospitales más cercanos de su residencia, donde recientemente se anunció que finalmente se encontraban estables. Supimos más tarde que el aprendiz desaparecido había fallecido antes de que los bomberos pudieran acceder a lo que quedaba de la cabina.

Nada te prepara para el sonido de un tren chocando contra un muro. De poco sirve un cursillo de primeros auxilios ante la catástrofe de un accidente. Casi nada se puede hacer para aliviar la pérdida y el dolor de una eventualidad así pero cuando, por algún milagro, se sobrevive al desplome de un muro de contención sobre la cabina y el primer vagón de un tren en marcha se ha de hacer lo posible y lo mejor que se pueda por si más personas pueden transitar este milagro del renacer que es sobrevivir.

Cantar del chotacabras.
Al regresar del accidente
el abrazo de mi madre​
Una develadora experiencia de vida y muerte.
Cuan importante es la unión y la solidaridad entre las personas en situaciones de crisis.

Saludos
 
Evité tocar este tema por cuanto aún flota la sensibilidad previa de otros eventos similares.
Un entrenamiento básico de emergencia puede parecer insuficiente, más la voluntad de auxiliar puede pesar más que años de experiencia. Más que distraer la vista hacia la desgracia local y pegar gritos de reclamo por eventos muy muy muy lejanos.
Soy nadie para agradecer lo que hiciste, pero te agradezco de corazón.

Un abrazo grato a la distancia.
 
El día de mi treinta y tres cumpleaños sentí que volvía a nacer. No es una mera metáfora, porque nada te prepara para el sonido de un tren chocando contra un muro.

Viajaba en el lado izquierdo del primer vagón de las Cercanías de Barcelona, a escasos metros de la cabina, cuando a punto de llegar a Gelida una sacudida colosal me catapultó hacia adelante, a la vez que el acero del vagón y la cabina se desplomaba sobre si mismo, sumiéndolo todo en oscuridad.

Comprobé que estaba ileso, salvo por algunas contusiones, y encendí la linterna, mascullando una maldición al revelar los restos del vagón replegados sobre sí mismos, mezclados con cristales y trozos partidos de cemento y hormigón. Por alguna clase de milagro, para mi estupor, el asiento mío y el de delante se habían librado del desplome de un muro de contención sobre el tren en marcha.

Me sacaron de mi estupefacción los gritos de auxilio de los maquinistas, uno veterano y tres en prácticas. Intenté acceder a los restos de la cabina, elevada sobre el nivel del suelo y replegada sobre sí misma como una serpiente a punto de atacar, mas resultó tarea imposible; el acceso estaba totalmente bloqueado. Llamé a emergencias para dar aviso del accidente y, reptando entre los escombros, llegué hasta una puerta atascada que intenté liberar con todas mis fuerzas: otros pasajeros, ya fuera del tren, corrían hacia la cabecera y uno se detuvo a ayudarme a abrir lo suficiente un batiente como para salir de los amasijos del vagón.

Corrimos entonces hacia la cabecera del tren, siguiendo las voces que pedían auxilio y socorro, que gritaban y sollozaban por ayuda. Hicimos lo que pudimos; arrastramos al maquinista veterano, paralizado pero consciente, esquivando los chispazos eléctricos hasta alejarlo de las vías; llevamos a una aprendiza con las piernas rotas a un lugar seguro, en un talud; intentamos asistir a un segundo aprendiz, atrapado a más de tres metros de altura entre los restos de dos placas de metal que lo presionaban por la cintura. Intentamos localizar al tercer aprendiz, pero el acceso al interior de la cabina resultó de nuevo imposible.

Unos cursos de primeros auxilios sirven de poco a la hora de intentar asistir cuando no tienes ni agua para lavar las heridas, pero intentamos asegurarnos de que todos los heridos tuviesen atención y compañía, que se les hablase y se los mantuviera abrigados y conscientes hasta que llegaran los servicios de emergencia. Sirven de poco unos cursos de primeros auxilios, sí, pero al menos lo suficiente para atreverse a reaccionar hasta que llegue la ayuda profesional.

Los bomberos consiguieron liberar al aprendiz atrapado y los heridos fueron trasladados a los hospitales más cercanos de su residencia, donde recientemente se anunció que finalmente se encontraban estables. Supimos más tarde que el aprendiz desaparecido había fallecido antes de que los bomberos pudieran acceder a lo que quedaba de la cabina.

Nada te prepara para el sonido de un tren chocando contra un muro. De poco sirve un cursillo de primeros auxilios ante la catástrofe de un accidente. Casi nada se puede hacer para aliviar la pérdida y el dolor de una eventualidad así pero cuando, por algún milagro, se sobrevive al desplome de un muro de contención sobre la cabina y el primer vagón de un tren en marcha se ha de hacer lo posible y lo mejor que se pueda por si más personas pueden transitar este milagro del renacer que es sobrevivir.

Cantar del chotacabras.
Al regresar del accidente
el abrazo de mi madre​
Sus letras estremecen por todo lo que a acontecido estas últimas semanas, pero al mismo tiempo, son las de una persona resiliente que supo y pudo reaccionar para ayudar a otras personas, algo que es de agradecer.
El abrazo de una madre es lo mejor con lo que alguien puede encontrarse después de haber vivido momentos tan traumáticos

¡Feliz inicio de semana!
 

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