elbosco
Poeta fiel al portal
Como no sabemos cuándo habremos de morir... pensamos que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, las cosas suceden un número muy limitado de veces. ¿Cuántas veces más recordara usted una cierta tarde de su niñez, una tarde que es tan parte de su ser, que no se puede imaginar su vida sin ella? Tal vez cuatro o cinco veces más, tal vez ni siquiera eso. ¿Cuántas veces más verá la salida de la luna llena? Veinte, tal vez. Y sin embargo, todo nos parece ilimitado.
Paul Bowles, El cielo protector.
De regreso de un tedioso día visitando clientes, entrando a mi casa, tuve la sensación de que algo había cambiado. Me detuve un instante y miré con atención a mi alrededor. Todo parecía en su lugar así que, con esa incertidumbre, continué con mi rutina de llegada. El abrigo en el perchero, el bolso en el placard y la obligada visita al baño.
Me gustaba lavarme la cara cuando regresaba de la calle, me daba una sensación de alivio y renovación. El frío del agua me produjo un repentino estremecimiento. Al levantar la cara del lavatorio quedé inmóvil, enfrentado al espejo. Me miré con atención, extrañado, y súbitamente, reviví cierto día de mi niñez, a los cuatro o cinco años, cuando también frente al espejo, había intentado imaginar mi rostro de adulto.
–¿Cómo sería? –No tendría barba ni bigote, no le gustaba. Lo recordaría en el futuro para mantenerse bien afeitado. Pero ahora, mágicamente, podía ver esa cara marcada por quien sabe cuántos años. La barba entrecana, el bigote partido (mezcla de Emiliano Zapata y Confucio), la nariz prominente, el cutis curtido, los poros abiertos. Las ojeras marcadas por el cansancio, el gesto duro y la mirada torva. Se llevó las manos al rostro y lo recorrió con los dedos.
–¿Cuánto tiempo había pasado? –¡Todo parecía tan reciente!, no podía haber pasado tanto. Siguió mirándose como a un desconocido. El entrecejo marcado, las cejas finas, las arrugas de la frente y las pronunciadas entradas al cuero cabelludo. El pelo castaño y lacio, aún abundante, le caía sobre los hombros.
El niño pudo reconocerse, y satisfacer su curiosidad de ver su rostro de adulto. Un gesto triste ensombreció su cara. Estaba un poco desilusionado, pero no cabía duda de que era él. Continuó observándose un largo rato hasta que, de improviso, sacó la lengua. Frunció el ceño. Tensionando los músculos de la cara, mostró los dientes como una fiera. Nuevas muecas cedieron paso a los sonidos: aprisionando aire en los cachetes los hizo vibrar lanzándolo lentamente, chasqueó con la lengua aplicándola repetidas veces contra el interior del labio inferior e hizo el típico "tloc-tloc" que imita el trote de un caballo. Manteniendo la boca cerrada, produjo unos graves y rasposos sonidos con la garganta, y de la misma forma, una especie de risa apagada y aguda. Siguieron otros extraños sonidos. Con orgullosa destreza acababa de ejecutar su exclusivo repertorio de ruiditos. ¿Cuánto tiempo había pasado sin hacerlos?
Serio, se miró largamente en ese gran espejo hasta que, cansado, bajó la vista y el niño desapareció.
Volví a lavarme la cara para aclarar mi mente. Me mojé las manos y con los dedos entreabiertos me peiné el cabello hacia atrás, me sequé y salí del baño.
Meditabundo me dirigí hacia el estar cuando escuché que la puerta de la casa se abría. Al darme vuelta tuve una visión del pasado: me vi a mí mismo a los cuatro años, ¡un niño real corría hacia mí con una sonrisa radiante!, era la más hermosa sonrisa que recordara haber visto jamás. Lo seguía una niña preciosa, un poco más grande, de rasgos delicados y fina figura. Los dos corrían hacia mí a toda velocidad, sonrientes y con los brazos abiertos. Tras ellos, caminaba una hermosa mujer que me miraba con ternura y sonreía alegremente. Me puse en cuclillas para recibir a los niños y nos fundimos en un abrazo de caricias y besos mientras al unísono escuché:
-¡Feliz cumpleaños papá!
-¡Felices cuarenta mi amor!
Fernando M. Sassone
18-09-2009

Paul Bowles, El cielo protector.
De regreso de un tedioso día visitando clientes, entrando a mi casa, tuve la sensación de que algo había cambiado. Me detuve un instante y miré con atención a mi alrededor. Todo parecía en su lugar así que, con esa incertidumbre, continué con mi rutina de llegada. El abrigo en el perchero, el bolso en el placard y la obligada visita al baño.
Me gustaba lavarme la cara cuando regresaba de la calle, me daba una sensación de alivio y renovación. El frío del agua me produjo un repentino estremecimiento. Al levantar la cara del lavatorio quedé inmóvil, enfrentado al espejo. Me miré con atención, extrañado, y súbitamente, reviví cierto día de mi niñez, a los cuatro o cinco años, cuando también frente al espejo, había intentado imaginar mi rostro de adulto.
–¿Cómo sería? –No tendría barba ni bigote, no le gustaba. Lo recordaría en el futuro para mantenerse bien afeitado. Pero ahora, mágicamente, podía ver esa cara marcada por quien sabe cuántos años. La barba entrecana, el bigote partido (mezcla de Emiliano Zapata y Confucio), la nariz prominente, el cutis curtido, los poros abiertos. Las ojeras marcadas por el cansancio, el gesto duro y la mirada torva. Se llevó las manos al rostro y lo recorrió con los dedos.
–¿Cuánto tiempo había pasado? –¡Todo parecía tan reciente!, no podía haber pasado tanto. Siguió mirándose como a un desconocido. El entrecejo marcado, las cejas finas, las arrugas de la frente y las pronunciadas entradas al cuero cabelludo. El pelo castaño y lacio, aún abundante, le caía sobre los hombros.
El niño pudo reconocerse, y satisfacer su curiosidad de ver su rostro de adulto. Un gesto triste ensombreció su cara. Estaba un poco desilusionado, pero no cabía duda de que era él. Continuó observándose un largo rato hasta que, de improviso, sacó la lengua. Frunció el ceño. Tensionando los músculos de la cara, mostró los dientes como una fiera. Nuevas muecas cedieron paso a los sonidos: aprisionando aire en los cachetes los hizo vibrar lanzándolo lentamente, chasqueó con la lengua aplicándola repetidas veces contra el interior del labio inferior e hizo el típico "tloc-tloc" que imita el trote de un caballo. Manteniendo la boca cerrada, produjo unos graves y rasposos sonidos con la garganta, y de la misma forma, una especie de risa apagada y aguda. Siguieron otros extraños sonidos. Con orgullosa destreza acababa de ejecutar su exclusivo repertorio de ruiditos. ¿Cuánto tiempo había pasado sin hacerlos?
Serio, se miró largamente en ese gran espejo hasta que, cansado, bajó la vista y el niño desapareció.
Volví a lavarme la cara para aclarar mi mente. Me mojé las manos y con los dedos entreabiertos me peiné el cabello hacia atrás, me sequé y salí del baño.
Meditabundo me dirigí hacia el estar cuando escuché que la puerta de la casa se abría. Al darme vuelta tuve una visión del pasado: me vi a mí mismo a los cuatro años, ¡un niño real corría hacia mí con una sonrisa radiante!, era la más hermosa sonrisa que recordara haber visto jamás. Lo seguía una niña preciosa, un poco más grande, de rasgos delicados y fina figura. Los dos corrían hacia mí a toda velocidad, sonrientes y con los brazos abiertos. Tras ellos, caminaba una hermosa mujer que me miraba con ternura y sonreía alegremente. Me puse en cuclillas para recibir a los niños y nos fundimos en un abrazo de caricias y besos mientras al unísono escuché:
-¡Feliz cumpleaños papá!
-¡Felices cuarenta mi amor!
Fernando M. Sassone
18-09-2009

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