Ladime Volcán
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ya no necesito la sangre,
ni tampoco de las velas.
Ya nada es importante,
ni sueños, ni quimeras...
Y cuesta arremolinarse,
entre la fe y la espera.
Y es angustia desafiante,
el verbo en la primavera...
Cartuchos de negociante,
entre el techo y la enredadera...
Se pasman sueños mutantes;
se enclaustra el alma y no vuela...
Dormita o está agonizante,
la exactitud pendenciera...
Que otrora exigía incesante,
mas hoy, por la herida resuella...
Redunda la redundante...
Pero siempre brilla la estrella.
Y callada, mas vigilante,
la luna todo lo observa:
La casa, el caminante...
La niña, en la dulce espera,
los sueños del inmigrante,
los besos de la mozuela.
Y si veis al demandante,
de mis versos, que en su delirio espera...
Decidle que esta aspirante
a poetisa, renunció a sangre y a velas...
Un ogro la encadenó a su estante,
robó su pluma, y no vuela...
ni tampoco de las velas.
Ya nada es importante,
ni sueños, ni quimeras...
Y cuesta arremolinarse,
entre la fe y la espera.
Y es angustia desafiante,
el verbo en la primavera...
Cartuchos de negociante,
entre el techo y la enredadera...
Se pasman sueños mutantes;
se enclaustra el alma y no vuela...
Dormita o está agonizante,
la exactitud pendenciera...
Que otrora exigía incesante,
mas hoy, por la herida resuella...
Redunda la redundante...
Pero siempre brilla la estrella.
Y callada, mas vigilante,
la luna todo lo observa:
La casa, el caminante...
La niña, en la dulce espera,
los sueños del inmigrante,
los besos de la mozuela.
Y si veis al demandante,
de mis versos, que en su delirio espera...
Decidle que esta aspirante
a poetisa, renunció a sangre y a velas...
Un ogro la encadenó a su estante,
robó su pluma, y no vuela...
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