Ad Libitum
Poeta recién llegado
No hay nada roto en ti.
No hay nada roto en ti.
No hay nada roto en ti.
Repíteselo a tus manos
mientras los dedos tejan
el dogal del verdugo.
Repíteselo a los ojos
proyectándose al techo
buscando el listón sólido.
Repíteselo a tus brazos
cuando lancen al aire
la serpiente de esparto.
Repíteselo a tus pies
al subir de puntillas
a la silla de mimbre.
Repíteselo al cuello
cuando calce la soga
y se deje caer.
Repíteselo al aire
cuando quebrante el silencio
el quejido de los huesos
y tus ojos sean blancos
como premonición.
Repítelo cuando tus oídos
pierdan el privilegio de la escucha
y se abandonen dóciles
los labios
al mutismo.
Repítelo cuando sea ya inútil
repetírtelo.
Porque pudiera suceder entonces
que exista un refugio en la soga
para el entendimiento
y que antes del aliento
que precede al postrero
deshilvane sus fibras
en arrepentimiento
y no te deje ir.
Y entonces,
al fin,
comprenderás.
Y habrá merecido la pena
la palabra.
No hay nada roto en ti.
No hay nada roto en ti.
Repíteselo a tus manos
mientras los dedos tejan
el dogal del verdugo.
Repíteselo a los ojos
proyectándose al techo
buscando el listón sólido.
Repíteselo a tus brazos
cuando lancen al aire
la serpiente de esparto.
Repíteselo a tus pies
al subir de puntillas
a la silla de mimbre.
Repíteselo al cuello
cuando calce la soga
y se deje caer.
Repíteselo al aire
cuando quebrante el silencio
el quejido de los huesos
y tus ojos sean blancos
como premonición.
Repítelo cuando tus oídos
pierdan el privilegio de la escucha
y se abandonen dóciles
los labios
al mutismo.
Repítelo cuando sea ya inútil
repetírtelo.
Porque pudiera suceder entonces
que exista un refugio en la soga
para el entendimiento
y que antes del aliento
que precede al postrero
deshilvane sus fibras
en arrepentimiento
y no te deje ir.
Y entonces,
al fin,
comprenderás.
Y habrá merecido la pena
la palabra.
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