Eres más común que lo común mi querida sepia.
Eres la luz que ilumina a medio candelabro.
Eres el alba que domina, en mí, incompleta.
Eres un ángel sin laúd que llora petardos.
Eres un lastre, un ataúd, noche pasajera,
aun si de bronce o de café te me disfrazas, luna
sin sol, o ni siquiera aciaga tez que destituya
la demente nervadura
de tu sangre prisionera.
Escaramuza lunar, que en las ventanas entras,
eres apenas un rezago a lo que fui en vida,
como los viejos mundanales que en mi cabeza
siguen a rastras a plutón y se vuelven tinta.
Eres, así, dulce candor
de un verso suelto en la penumbra.
[Cual centella, testaruda, gorgoreas
cuán siniestro es ver mi nombre en la pantalla,
qué magnífico es mi amor cuando te baña
toda entera, distendida, oh, mi amada.]
Y qué más podría decirte, ¿quizá vieras
perfilándose mi cuerpo en tu calvario?
Nada llega hasta la pérfida
impiedad del calendario
si rellenas de mensajes,
de amistosos epitafios
la emulsión que ante nosotros
rompe el sello de los tiempos.
Prosigo...
mientras canto desfasado sin remedio
lo impedido y lo fugaz que de mi sueño
da brinquitos, sin parar, en el espacio
y luego repite, de tan cansado
«oh, vida mía, cuánto te quiero»
Insensato
juro a tu Dios, como a sus santos, que en mi mente
aún no termina mi porfía de poseerte
es un inicio, en singular, que de repente
se deja ser lánguido
sobreviviente en
lo más callado,
lo más
indefinido
de mis metros.
¡Albricias!
Después de todo, en el vaivén de la poesía,
podrás saber, ya de una vez, que así venero
incluso falto de heredad, el verme injerto,
apretujado por la instancia de estas rimas.
...