Rick cuenta
que cuando los Rusos allá por los 60
estacionaron los misiles a la izquierda del ron y la rumba
hasta el Tío Sam
se apertrechó en un túnel
con una reserva de agua
comida
y pornografía
suficiente para resistir tres años
mientras él
como buen puberto ilustrado
quemó los periódicos
y se propuso esperar a que la radiación masticara sus testículos
leyendo a Proust,
pero justo en ese momento
una vecinita tocó a la puerta
con su ropa interior humedecida por la propaganda
y le rogó que le exorcizara el himen
a ella y a sus dos primitas
antes que el infierno Marxista-Leninista
hiciera un cráter en la Primera Enmienda.
Luego
la noche antes del 2 000
al tiempo que los cristianos se alistaban para ser pasto de los cuatro jinetes
y los informáticos se cagaban en Bill Gates
Rick apagó el televisor y se acercó al librero
donde Proust lucía algunas preocupantes libras de polvo y polillas
dispuesto a leer los siete tomos de un tirón
con la cafetera conectada a una vena del brazo,
pero los gemidos que salían de la iglesia de enfrente
llamaron su atención
y despertaron en él a un Sherlock Holmes
que terminó asomándose a los vitrales
saltando a través de los mismos
y zambulléndose condón en mano (por si acaso)
en una marea de aureolas
carmín
nalgas
y la sangre de Cristo en versión Cabernet Sauvignon.
Después
en el 2 012
ya con la realidad enjuagada por sus cataratas
un infarto que no hizo más que agregar el colesterol a su diccionario
y la autoestima recompuesta gracias a la Virgen del Carmen y la Viagra
se enteró al concluir un comercial de antidepresivos
que a los Mayas
cuando no estaban atareados cortando cabezas
les daba por escribirle guiones con finales melodramáticos al mundo
entonces se asomó a lo que quedaba de Proust
y se juró que de una vez
iba a pasar de la carátula del primer tomo,
pero ahí llegué yo con un litro de Vodka
dos Big Macs acompañados de papitas extra-grandes
y cuatro Tailandesas que conseguí a mitad de precio
por depresivas y trasnochadas.
Hoy
Rick que se ha consagrado en sobrevivir toda variante de Apocalipsis
me confiesa que deberían anunciar un fin del mundo
al menos
una vez cada tres meses
dándole esto con mayor frecuencia
el lujo de amar en masa
y seguir teniendo una excusa insuperable
para no leer a Proust.
que cuando los Rusos allá por los 60
estacionaron los misiles a la izquierda del ron y la rumba
hasta el Tío Sam
se apertrechó en un túnel
con una reserva de agua
comida
y pornografía
suficiente para resistir tres años
mientras él
como buen puberto ilustrado
quemó los periódicos
y se propuso esperar a que la radiación masticara sus testículos
leyendo a Proust,
pero justo en ese momento
una vecinita tocó a la puerta
con su ropa interior humedecida por la propaganda
y le rogó que le exorcizara el himen
a ella y a sus dos primitas
antes que el infierno Marxista-Leninista
hiciera un cráter en la Primera Enmienda.
Luego
la noche antes del 2 000
al tiempo que los cristianos se alistaban para ser pasto de los cuatro jinetes
y los informáticos se cagaban en Bill Gates
Rick apagó el televisor y se acercó al librero
donde Proust lucía algunas preocupantes libras de polvo y polillas
dispuesto a leer los siete tomos de un tirón
con la cafetera conectada a una vena del brazo,
pero los gemidos que salían de la iglesia de enfrente
llamaron su atención
y despertaron en él a un Sherlock Holmes
que terminó asomándose a los vitrales
saltando a través de los mismos
y zambulléndose condón en mano (por si acaso)
en una marea de aureolas
carmín
nalgas
y la sangre de Cristo en versión Cabernet Sauvignon.
Después
en el 2 012
ya con la realidad enjuagada por sus cataratas
un infarto que no hizo más que agregar el colesterol a su diccionario
y la autoestima recompuesta gracias a la Virgen del Carmen y la Viagra
se enteró al concluir un comercial de antidepresivos
que a los Mayas
cuando no estaban atareados cortando cabezas
les daba por escribirle guiones con finales melodramáticos al mundo
entonces se asomó a lo que quedaba de Proust
y se juró que de una vez
iba a pasar de la carátula del primer tomo,
pero ahí llegué yo con un litro de Vodka
dos Big Macs acompañados de papitas extra-grandes
y cuatro Tailandesas que conseguí a mitad de precio
por depresivas y trasnochadas.
Hoy
Rick que se ha consagrado en sobrevivir toda variante de Apocalipsis
me confiesa que deberían anunciar un fin del mundo
al menos
una vez cada tres meses
dándole esto con mayor frecuencia
el lujo de amar en masa
y seguir teniendo una excusa insuperable
para no leer a Proust.