RIMAS PARA MI JUEZ, AMIGO Y VERDUGO
Espero, con mis raíces de acero, a que el viento me mezca,
a que a momentos permanezca, puro y sin mezcla.
Que fue ayer cuando vino a derrocarlo todo.
y ahora quiero, con el corazón entre mis dedos,
que tu desencanto no sea para tanto.
Que tu voz, me susurre alboreas de pleno sol.
No vengas a joderme. No vengas a desnudarme.
No vengas a destruirme, como siempre. Como nadie.
Como un niño frente un castillo de naipes.
Que yo contigo, viento. Yo contigo.
Como tú, los días maldigo.
Y las horas con forma de interrogante,
que corren hacia atrás, en vez de hacia delante.
Soy lo que soplas,
y tu eres lo que soy:
Un trocito de corazón cubierto de ropa,
una respuesta estañada a un rotundo no.
Eres el veredicto que condena mi impunidad,
yo soy impune de todo lo que no hago
y soy castigado por pasivo. Por perenne honestidad.
eres injusto pero te admiro. Viento, te extraño.
Entonces...
Que tu estancia sea inane,
pues meritoria es tu hazaña,
cuando vienes a paso suave,
destartalas telarañas.
Por eso te sigo, viento.
Por que te siento.
Y lo sé todo de ti. Tu temple imprevisible,
tu espíritu libre, tu arritmia, tu insignia.
Los días de rebufo con sabor ázimo,
tu cólera indignada de cielo reacio.
Sé, por ende, de tu otra cara. La cara de alivio.
Sé del cariño que impregnas a las hojas otoñales,
las otoñales, que son las de primavera.
Y también las de otoño, que son las primaverales.
E invocar luego, la quema de invierno.
Te conozco en demasía, viento.
Maniqueísta y ecuánime.
Viento inmundo de palabras infames.
Viento amable de corazón pulcro.
Y me sé todos tus trucos.
Abres ventanucos de duendes de risa frenética,
con apariencia tímida y voz enérgica.
Con inquebrantable aliento.
Como tú y yo, viento.
Espero, con mis raíces de acero, a que el viento me mezca,
a que a momentos permanezca, puro y sin mezcla.
Que fue ayer cuando vino a derrocarlo todo.
y ahora quiero, con el corazón entre mis dedos,
que tu desencanto no sea para tanto.
Que tu voz, me susurre alboreas de pleno sol.
No vengas a joderme. No vengas a desnudarme.
No vengas a destruirme, como siempre. Como nadie.
Como un niño frente un castillo de naipes.
Que yo contigo, viento. Yo contigo.
Como tú, los días maldigo.
Y las horas con forma de interrogante,
que corren hacia atrás, en vez de hacia delante.
Soy lo que soplas,
y tu eres lo que soy:
Un trocito de corazón cubierto de ropa,
una respuesta estañada a un rotundo no.
Eres el veredicto que condena mi impunidad,
yo soy impune de todo lo que no hago
y soy castigado por pasivo. Por perenne honestidad.
eres injusto pero te admiro. Viento, te extraño.
Entonces...
Que tu estancia sea inane,
pues meritoria es tu hazaña,
cuando vienes a paso suave,
destartalas telarañas.
Por eso te sigo, viento.
Por que te siento.
Y lo sé todo de ti. Tu temple imprevisible,
tu espíritu libre, tu arritmia, tu insignia.
Los días de rebufo con sabor ázimo,
tu cólera indignada de cielo reacio.
Sé, por ende, de tu otra cara. La cara de alivio.
Sé del cariño que impregnas a las hojas otoñales,
las otoñales, que son las de primavera.
Y también las de otoño, que son las primaverales.
E invocar luego, la quema de invierno.
Te conozco en demasía, viento.
Maniqueísta y ecuánime.
Viento inmundo de palabras infames.
Viento amable de corazón pulcro.
Y me sé todos tus trucos.
Abres ventanucos de duendes de risa frenética,
con apariencia tímida y voz enérgica.
Con inquebrantable aliento.
Como tú y yo, viento.