Pantematico
Amargo el ron y mi antipática simpatía.
Después de una noche furtiva y peligrosa
la resaca tiene toda la intención grasienta
de explotar en pequeñas gotas de dolor con olor a almendra
repartido por todo mi cuerpo.
Aprieto fuertemente mis sienes con esperanza inútil
-pues he visto que siempre hacen eso en las películas-
pero el dolor perezoso no quiere moverse, simplemente
me atrapa en un cristal invisible y desafiante
y así es cuando comento el primer error del día.
Pensé que si el dolor se presentaba como un cristal,
así la vibración armónica lo obligaría a moverse
alejarse de mi;
entonces sentado en el suelo
repaso mi vieja colección de acetatos y lo encuentro.
"Rinaldo" de Handel, con Deborah York como soprano,
la vieja historia de un cristiano que se enamora
de una infiel que - supongo - por el hecho de ser mujer
es hechicera.
El tocadiscos gira a las 33 rpm indicada y dejo caer
con la suavidad de un pañuelo de seda, la aguja en el surco...
Y Deborah York/Armida con ese privilegio divino me habla
del cruel destino:
Lascia ch'io pianga
mia cruda sorte,
e che sospiri
la libertà;
Il duolo infranga
queste ritorte
de' miei martiri
sol per pietà.
Y que mi dolor me traiga misericordia
y rompa las cadenas de mi fortuna...
Y me sentí Armida prisionera... Me sentí Rinaldo cautivo... obligado por la fe...
Entonces recordé la noche pasada:
Ayer fui al burdel gay que acostumbro,
pues la mariguana se terminó
y mi cama de dos huecos es solo memoria,
un recordatorio del olvido que nunca llega...
Fui al burdel esperando un poco de compañía,
no sé, quizá la música estridente, los hombres desnudos,
la difícil facilidad le dieran al olvido un pretexto para recordarme...
Y lo vi, ahí estaba Él.
Con su barba enmarañada,
con tanta humanidad reflejada en el rostro,
con sus lágrimas secas y hediondas
en una mirada beatica y dulce.
Era Dios mismo, el todopoderoso quien estaba sentado en una mesa de pista
agarrando las nalgas a un gogo y gritando al chichifo que bailaba...
la cerveza escurría por sus blancas barbas,
en surcos amarillos como orines
y toda la nicotina del mundo estaba en su sonrisa;
impregnado de tanta mugre humana
con harapos de humillación y cobardía
y de sus ojos secas lágrimas viciaban
le belleza de un creador arrepentido
por la creación de gestos inhumanos.
No era alto, ni imponente, su estatura
no iba mas allá de la de su ombligo, que por cierto
no tenia. Volteó cuando lo observaba
y clavó su mirada con la mía
en un gesto de comprensión que parecía decir:
¡Aquí estamos!
Me acerque a su mesa e ingenuamente le pregunte:
¿Qué hace Dios en un burdel gay?
Y sin dejar de mirar el culo del bailarín
me respondió lacónico:
¿Qué hace un ateo platicando con Dios?
Me invitó a sentarme junto a él
y pidió dos cervezas más.
¿Sabes que aunque conviva contigo
todavía no puedo creer en ti?
le dije mientras le agarraba la verga
al mesero desnudo que trajo las cervezas...
Y él soltó una estruendosa carcajada y me preguntó:
¿Sabes que no me importa lo que crean, o lo que quieran dejar de creer?
¿Por qué estas en este burdel? pregunte.
Por la misma razón que tú, me respondió.
¿Por qué "este" burdel? insistí.
Por la misma razón que tú, repitió,
para darle al olvido una justificación para recordarme,
si tu memoria es la de un solo hombre,
la mía es un poquito más grande.
¿Sabes? - continuó- me encantan los burdeles,
no hay máscaras, ni penas, ni vergüenzas
tampoco fastidio por la existencia,
solo hay soledades acumuladas,
en tenue aceptación
de que se nace, se vive y se muere solo.
¿Para que nos creaste entonces?
¿Para ser muertas soledades olvidables?
Yo no los cree, -me dijo muy serio- ustedes aparecieron solos.
Su mano de uñas largas apretaba un deshilachado pañuelo,
un retazo de tosca tela que perdió la forma y el color.
Toma - me dijo, - para que guardes tus lágrimas
¡Pero si está lleno de agujeros! - le dije.
Y me dio una aguja, para que guardara todos mis agujeros.
No sé a qué hora se levantó y se fue, o si en verdad estuvo ahí.
Yo pase toda la noche guardando agujeros en la aguja
hasta que el pañuelo quedo perfectamente liso y suave.
Y así llegamos a hoy, no lo sé, quizá adulteraron mis bebidas
y los vaporosos recuerdos de la noche anterior
sean alucinaciones de combinar alcohol con Popper;
la resaca es terrible y dolorosa.
La aguja del tocadiscos se traba en un surco y la voz
de Rinaldo se repite una y otra vez, es una dulce voz de contratenor
- que fue escrita precisamente para un castrato, por cierto -
no merece tanta repetición constante,
como la vida, debe ser sin retrocesos ni brincos de principio a fin.
Al tratar de limpiar el disco, de mi bolsillo cae
un pequeño pañuelo blanco, terso y liso
con una aguja ensartada en el centro.
la resaca tiene toda la intención grasienta
de explotar en pequeñas gotas de dolor con olor a almendra
repartido por todo mi cuerpo.
Aprieto fuertemente mis sienes con esperanza inútil
-pues he visto que siempre hacen eso en las películas-
pero el dolor perezoso no quiere moverse, simplemente
me atrapa en un cristal invisible y desafiante
y así es cuando comento el primer error del día.
Pensé que si el dolor se presentaba como un cristal,
así la vibración armónica lo obligaría a moverse
alejarse de mi;
entonces sentado en el suelo
repaso mi vieja colección de acetatos y lo encuentro.
"Rinaldo" de Handel, con Deborah York como soprano,
la vieja historia de un cristiano que se enamora
de una infiel que - supongo - por el hecho de ser mujer
es hechicera.
El tocadiscos gira a las 33 rpm indicada y dejo caer
con la suavidad de un pañuelo de seda, la aguja en el surco...
Y Deborah York/Armida con ese privilegio divino me habla
del cruel destino:
Lascia ch'io pianga
mia cruda sorte,
e che sospiri
la libertà;
Il duolo infranga
queste ritorte
de' miei martiri
sol per pietà.
Y que mi dolor me traiga misericordia
y rompa las cadenas de mi fortuna...
Y me sentí Armida prisionera... Me sentí Rinaldo cautivo... obligado por la fe...
Entonces recordé la noche pasada:
Ayer fui al burdel gay que acostumbro,
pues la mariguana se terminó
y mi cama de dos huecos es solo memoria,
un recordatorio del olvido que nunca llega...
Fui al burdel esperando un poco de compañía,
no sé, quizá la música estridente, los hombres desnudos,
la difícil facilidad le dieran al olvido un pretexto para recordarme...
Y lo vi, ahí estaba Él.
Con su barba enmarañada,
con tanta humanidad reflejada en el rostro,
con sus lágrimas secas y hediondas
en una mirada beatica y dulce.
Era Dios mismo, el todopoderoso quien estaba sentado en una mesa de pista
agarrando las nalgas a un gogo y gritando al chichifo que bailaba...
la cerveza escurría por sus blancas barbas,
en surcos amarillos como orines
y toda la nicotina del mundo estaba en su sonrisa;
impregnado de tanta mugre humana
con harapos de humillación y cobardía
y de sus ojos secas lágrimas viciaban
le belleza de un creador arrepentido
por la creación de gestos inhumanos.
No era alto, ni imponente, su estatura
no iba mas allá de la de su ombligo, que por cierto
no tenia. Volteó cuando lo observaba
y clavó su mirada con la mía
en un gesto de comprensión que parecía decir:
¡Aquí estamos!
Me acerque a su mesa e ingenuamente le pregunte:
¿Qué hace Dios en un burdel gay?
Y sin dejar de mirar el culo del bailarín
me respondió lacónico:
¿Qué hace un ateo platicando con Dios?
Me invitó a sentarme junto a él
y pidió dos cervezas más.
¿Sabes que aunque conviva contigo
todavía no puedo creer en ti?
le dije mientras le agarraba la verga
al mesero desnudo que trajo las cervezas...
Y él soltó una estruendosa carcajada y me preguntó:
¿Sabes que no me importa lo que crean, o lo que quieran dejar de creer?
¿Por qué estas en este burdel? pregunte.
Por la misma razón que tú, me respondió.
¿Por qué "este" burdel? insistí.
Por la misma razón que tú, repitió,
para darle al olvido una justificación para recordarme,
si tu memoria es la de un solo hombre,
la mía es un poquito más grande.
¿Sabes? - continuó- me encantan los burdeles,
no hay máscaras, ni penas, ni vergüenzas
tampoco fastidio por la existencia,
solo hay soledades acumuladas,
en tenue aceptación
de que se nace, se vive y se muere solo.
¿Para que nos creaste entonces?
¿Para ser muertas soledades olvidables?
Yo no los cree, -me dijo muy serio- ustedes aparecieron solos.
Su mano de uñas largas apretaba un deshilachado pañuelo,
un retazo de tosca tela que perdió la forma y el color.
Toma - me dijo, - para que guardes tus lágrimas
¡Pero si está lleno de agujeros! - le dije.
Y me dio una aguja, para que guardara todos mis agujeros.
No sé a qué hora se levantó y se fue, o si en verdad estuvo ahí.
Yo pase toda la noche guardando agujeros en la aguja
hasta que el pañuelo quedo perfectamente liso y suave.
Y así llegamos a hoy, no lo sé, quizá adulteraron mis bebidas
y los vaporosos recuerdos de la noche anterior
sean alucinaciones de combinar alcohol con Popper;
la resaca es terrible y dolorosa.
La aguja del tocadiscos se traba en un surco y la voz
de Rinaldo se repite una y otra vez, es una dulce voz de contratenor
- que fue escrita precisamente para un castrato, por cierto -
no merece tanta repetición constante,
como la vida, debe ser sin retrocesos ni brincos de principio a fin.
Al tratar de limpiar el disco, de mi bolsillo cae
un pequeño pañuelo blanco, terso y liso
con una aguja ensartada en el centro.
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