JULIA BURGOS
Por Maira Garcia
- 4 de mayo de 2018
Este obituario forma parte de Overlooked, un proyecto de The New York Times que busca destacar las vidas de aquellas personas que dejaron marcas indelebles en la historia pero fueron desatendidas en nuestras páginas al fallecer.
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¡Río Grande de Loíza!… Río grande. Llanto grande.
El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mí se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.
Nacida en el seno de una familia pobre, estudió para ser maestra y trabajó como tal antes de casarse, a los 20 años. Se divorció tres años más tarde y comenzó una intensa relación romántica con Juan Isidro Jimenes Grullón, un exilado político dominicano e intelectual de familia prominente. Su poesía le abrió las puertas de los círculos intelectuales puertorriqueños, pero en realidad no encajaba en ellos. Después de todo, era la década de los treinta y ella era una mujer divorciada en una sociedad católica romana, además de pertenecer a la clase trabajadora y ser de ascendencia africana. Los intelectuales puertorriqueños que moldeaban la identidad de la isla no estaban listos para aceptar la idea de la justicia social para los descendientes de africanos y, mucho menos, para el feminismo.
Tuvo que irse. Sin embargo, durante su ausencia se convirtió en una fuerza con la que había que lidiar. De Burgos, quien murió el 6 de julio de 1953, ahora es considerada una de las predecesoras literarias del movimiento puertorriqueño en la isla y en Nueva York.
“Ya había concebido una idea de Puerto Rico y la identidad puertorriqueña mucho más amplia que la que se articulaba en la isla en ese entonces”, dijo Vanessa Pérez Rosario, profesora adjunta de Estudios Latinos en el Brooklyn College, quien escribió un libro sobre la vida y obra de la poetisa, titulado Becoming Julia de Burgos (que contiene las traducciones al inglés de los poemas citados en este artículo).
De Burgos salió hacia Nueva York en 1940 para encontrarse con Jimenes Grullón, a quien siguió a Cuba más tarde ese mismo año. Se quedó ahí con él durante dos años.
En julio de 1940, recibió un premio literario puertorriqueño por su segunda colección de poemas, Canción de la verdad sencilla. En su libro, Pérez Rosario describe la manera en que De Burgos, en una carta a su querida hermana Consuelo, dijo que le sorprendía que su trabajo se juzgara de manera justa.
Sin embargo, esto constituyó el punto álgido de su estancia en Cuba. Su relación con Jimenes Grulló se deterioró, en parte por las objeciones de la familia de él. Para 1942, De Burgos estaba de vuelta en Nueva York.
Ahí siguió escribiendo y se convirtió en colaboradora y editora de la publicación periódica socialista en español titulada Pueblos Hispanos. Su poesía y textos no eran solo un medio de expresión, sino también la forma de mantenerse a sí misma y a su familia.
le otorgó un doctorado honoris causa en 1987. Hay escuelas públicas en Puerto Rico, Nueva York, Filadelfia y Chicago que llevan su nombre. En 2010, el Servicio Postal de Estados Unidos conmemoró su legado con una estampilla por el Mes de la Herencia Hispana.
Finalmente, la isla aceptó a su poetisa. “Julia de Burgos no solo habló de su realidad. Habló de todos nosotros”, dijo Sáez Burgos.
JULIA BURGOS
Yo fui la más callada
Yo fui la más callada
de todas las que hicieron el viaje hasta tu puerto.
No me anunciaron lúbricas ceremonias sociales,
ni las sordas campanas de ancestrales reflejos;
mi ruta era la música salvaje de los pájaros
que soltaba a los aires mi bondad en revuelo…
No me cargaron buques pesados de opulencia,
ni alfombras orientales apoyaron mi cuerpo;
encima de los buques mi rostro aparecía
silbando en la redonda sencillez de los vientos.
No pesé la armonía de ambiciones triviales
que prometía tu mano colmada de destellos:
sólo pesé en el suelo de mi espíritu ágil
el trágico abandono que ocultaba tu gesto.
Tu dualidad perenne la marcó mi sed ávida.
Te parecías al mar, resonante y discreto.
Sobre ti fui pasando mis horarios perdidos.
Sobre mí te seguiste como el sol en los pétalos.
Y caminé en la brisa de tu dolor caído
con la tristeza ingenua de saberme en lo cierto:
tu vida era un profundo batir de inquietas fuentes
en inmenso río blando corriendo hacia el desierto.
Un día, por las playas amarillas de histeria,
muchas caras ocultas de ambición te siguieron;
por tu oleaje de lágrimas arrancadas al cosmos
se colaron las voces sin cruzar tu misterio…
Yo fui la más callada.
La voz casi sin eco.
La conciencia tendida en sílaba de angustia,
desparramada y tierna, por todos los silencios.
Yo fui la más callada.
La que saltó la tierra sin más arma que un verso.
¡Y aquí me veis, estrellas,
desparramada y tierna, con su amor en mi pecho!
JULIA BURGOS
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