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Rogelio

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por tyngui, 15 de Mayo de 2020. Respuestas: 0 | Visitas: 444

  1. tyngui

    tyngui Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Rogelio es un taxista de 63 años separado desde hace unos 10 años de Alcira el amor de su vida. Ella siempre lo tildo de bohemio, justamente fue lo que la enamoró de él y también fue lo que la hizo separar. Tuvieron un hijo Francisquito que es cantante de tangos que por cierto no es tan bueno como cree, Francisquito vive en Francia está siguiendo su sueño, lo que Rogelio siempre se encargó de inculcarle y que no hiciera como él que relegó toda su fantasía de ser escritor de ciencia ficción, debido a los valores que le impusieron sus padres. Rogelio vive en el barrio porteño de Lugano, en la vieja casona de sus padres en el pasaje Montreal. Su rutina es levantarse tipo 10 de la mañana tomarse unos verdes, darse una ducha y salir con el tacho, generalmente sube 2 o 3 pasajeros y se vuelve al barrio eso de sentarse largas horas en el auto no es para él. Cuando el pasajero le insinúa ir a un lugar que lo aleja de su radio, genera una sonrisa preocupada, y dice que está entregando el auto. Solo necesita unos morlacos para jugar al truco con sus amigos del club Torino y tomarse un vermusito y unas fritas en el bufet de don Guillermo. Casi siempre pasa por la casa de Tito su viejo compañero de fechorías y se van a jugar unas fijas que nunca salen, pero que realmente no importa solo sirve para mantener viva la magia de la incertidumbre. Por la tarde después de dejar a Tito pasa por el chino se compra cien de salame 42 y cien de queso Barraza y dos flautitas, eso sino tiene ganas de cocinar por su puesto. A veces el arroz con pollo le dura hasta 3 días, se lo termina dando al Pocho su perro peronista marca perro que lo acompaña desde hace varios años.

    Hace unos días cuando Alberto Fernández declaró la cuarentena pensó como todos que esto sería algo pasajero. El hijo de Tito se llevó a su padre a general Pacheco para no dejarlo solo. El club Torino está cerrado, el chino cierra más temprano. La quiniela con la persiana baja. Toda su vida de confort se iba diluyendo. Como es hipertenso y diabético tipo 2, es paciente de riesgo así que sale poco con el tacho y encima no hay mucho laburo. Pudo comprar buena cantidad de provisiones para él y para el Pocho. Están hacinados en la vieja casona del pasaje Montreal. Desde la ventana se ve todo gris, vacío, estático, sin autos, ni personas. Es raro decirlo pero se extrañan las viejas chusmas del barrio, que siempre le están sacando el cuero y, que siempre le preguntan ponzoñosamente por Alcira. Rogelio es un personaje con muchos recursos así que esto no lo puede someter, comienza a retomar sus viejos libros de Nietzsche y algunos textos de Discepolin que tenía un poco olvidados. Pero con el correr de las horas, todo empieza a monotonizarse. Se encuentra desestabilizado emocionalmente. Se siente desprotegido de sí mismo. Con una sensación de vacío que lo ha invadido de repente. A pesar de ser extremadamente competente, no es capaz de disuadir esta involuntariedad que emerge tácita desde su propia naturaleza.

    Se confesó hace dos días frente al espejo del baño, estar desconcertado y cautivo en su propio cuerpo. Recordó algo angustiado que su madre, le había regalado una hamaca paraguaya, lo mira fijamente al Pocho y le pregunta si no la había visto. El Pocho lo mira y mueve su cola al parecer alegremente. La fueron a buscar al desván y Pocho comienza a ladrar señalando amistosamente un viejo baúl donde estaba la hamaca paraguaya. Rogelio sonríe y lo mira diciéndole. ¡Yo estaba seguro que vos la habías guardado Pochin!!!

    Mi vieja decía que esta hamaca paraguaya no era común, que tenía poderes y eso la llevó directo al manicomio. Sorpresivamente razona de manera coloquial y es motivado por una loca idea y sonríe en silencio. La armó improvisada pero firme sobre dos caballetes y se acostó sobre ella intentando descansar la mente y protegerla de su prominente ansiedad. Se pega 3 o 4 veces en la falda y le dice al Pocho que lo acompañe en su viaje. Pocho sube a un costado y comienza a lamerle la cara como si supiera que está desvariando.

    Realmente cree en lo que está vivificando, ya que ha tenido una secuencia de eventos similares los últimos tiempos.

    Rogelio se retuerce de la emoción sideralmente en la animalidad de su entelequia. Dispuesto a todo y preparado a dar su mejor golpe, mira hacia un punto de fuga en la nada, donde busca un sendero que lo eyecte a su imaginación, allí se sabrá con fuerzas que le ofrecerán una nueva performance de vida. Mientras intenta imaginarlo todo, se han quedado dormidos tanto él como su perro soñando tal vez en el fin de la cuarentena y en caminar por las calles del barrio como la hacían todas las tardes, cuando iban a la placita del ocho.
     
    #1

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