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Romance de lo que se ha ido

Doblezero

Poeta adicto al portal

ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
“¡ay madre mía, qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo, a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
retornaba a mi poblacho
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Cómo corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber por qué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con gusto
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
orillando por grumosos
ribazos de horca y almezas,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena,
entre bancales conclusos
de almibaradas ciruelas.
¡Qué pillos espoleando!,
y bien que dábamos cuenta,
dándoles timo con una
fría, calculada y diestra
porta gayola a los bichos
regordetes de cabeza.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son punzones
de nostalgia, de impotencia.

Quiero volver con mi yaya,
y en el arco de la puerta
quiero tener su sonrisa
de algodones y de perlas
esperándome a las cinco
de la tarde con merienda.
Sueño con coger su mano,
quiero tenerla a mi vera
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Llevo lágrimas conmigo
y al través veo esa muesca,
dolorosa última marca
de oxidada albaceteña
que tallara temblorosa
ya cumplidos sus noventa.
También llevo allá en lo interno
su ternura, su nobleza,
me llevo su amor, me marcho
triste por la carretera.
Me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema.
La creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.


Nota: albaceteña (verso 14) - navaja típica de Albacete.




 
Última edición:
ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades, muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
¡madre mía!, ¡pero qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
yo regresaba a mi pueblo
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Como corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber porqué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con ganas
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda,
y de buena tinta, nos
sabemos entre dos tierras.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena
entre bancales copiosos
de cañas y tomateras.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son espinas
de nostalgia, de impotencia,
y por ser de nuevo el niño
soñador de los ochenta
que abrazaba grandes soles
en el cuerpo de su abuela
yo daría, sin dudarlo,
cualquier cosa por su vuelta
porque la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y le daría una a ella.

Estoy marchando del pueblo,
triste, por la carretera.
Yo no había regresado
desde que murió mi abuela,
me fui cuando niño pero
lo que se fue no regresa,
me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
niño que amaba a su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema,
la creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.





Bellísimo romance que me ha encantado. Está de lujo.

Un cordial saludo.

Mouse
 
ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades, muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
¡madre mía!, ¡pero qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
yo regresaba a mi pueblo
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Como corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber porqué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con ganas
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda,
y de buena tinta, nos
sabemos entre dos tierras.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena
entre bancales copiosos
de cañas y tomateras.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son espinas
de nostalgia, de impotencia,
y por ser de nuevo el niño
soñador de los ochenta
que abrazaba grandes soles
en el cuerpo de su abuela
yo daría, sin dudarlo,
cualquier cosa por su vuelta
porque la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y le daría una a ella.

Estoy marchando del pueblo,
triste, por la carretera.
Yo no había regresado
desde que murió mi abuela,
me fui cuando niño pero
lo que se fue no regresa,
me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
niño que amaba a su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema,
la creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.




¡Caramba, estimado compañero! Vaya romance precioso que has hilado, querido Doblecero. Ágil, con una bellísima historia, cada verso se me antoja una sorpresa, agradable sorpresa.
Con mucho afecto, un abrazo Poeta.
Salvador.
 
¡Caramba, estimado compañero! Vaya romance precioso que has hilado, querido Doblecero. Ágil, con una bellísima historia, cada verso se me antoja una sorpresa, agradable sorpresa.
Con mucho afecto, un abrazo Poeta.
Salvador.

Precioso es el comentario que me brindas, estimado Salvador. Me alegra mucho que te parezca bella la historia que cuenta el poema, ese es el objetivo. Por desgracia a mi me daña cuando lo leo. Me duele muchísimo...

Abrazos de corazón compañero y poeta.
 
ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades, muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
¡madre mía!, ¡pero qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
yo regresaba a mi pueblo
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Como corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber porqué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con ganas
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda,
y a la par somos conscientes
que nos separan dos tierras.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena
entre bancales copiosos
de cañas y tomateras.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son espinas
de nostalgia, de impotencia,
y por ser de nuevo el niño
soñador de los ochenta
que abrazaba grandes soles
en el cuerpo de su abuela
yo daría, sin dudarlo,
cualquier cosa por su vuelta
porque la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y le daría una a ella.

Estoy marchando del pueblo,
triste, por la carretera.
Yo no había regresado
desde que murió mi abuela.
Me fui cuando niño pero
lo que se fue no regresa.
Me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema,
la creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.




Un sentido, profundo y entrañable romance nos dejas Doblezero dedicado a tu abuela, el sentimiento
de destila en cada verso para disfrutar de una fluida lectura de principio a fin. Ha sido un placer pasar
a leerte. Un abrazo. Tere
 
Un sentido, profundo y entrañable romance nos dejas Doblezero dedicado a tu abuela, el sentimiento
de destila en cada verso para disfrutar de una fluida lectura de principio a fin. Ha sido un placer pasar
a leerte. Un abrazo. Tere

Muchísimas gracias estimada compañera. Es un orgullo recibir comentario como el que le dedicas a este romance. Mi abuela era mi mundo, la verdad es que me dejó un hueco enorme. Cuando llegan esos días que sin saber porqué pero su recuerdo lo invade todo me ayuda o me alivia por decirlo de alguna forma escribir algo por ella. Solo por eso ya vale muchísimo la poesía.

Gracias de nuevo Nube Blanca.

Abrazos fuertes.
 
ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades, muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
¡madre mía!, ¡pero qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
yo regresaba a mi pueblo
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Como corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber porqué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con ganas
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda,
y a la par somos conscientes
que nos separan dos tierras.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
orillando por grumosos
ribazos de horca y almezas,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena,
entre bancales conclusos
de almibaradas ciruelas.
¡Qué pillos espoleando!,
y bien que dábamos cuenta,
dándoles timo con una
fría, calculada y diestra
porta gayola a los bichos
regordetes de cabeza.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son espinas
de nostalgia, de impotencia,
y por ser de nuevo el niño
soñador de los ochenta
que abrazaba grandes soles
en el cuerpo de su abuela
yo daría, sin dudarlo,
cualquier cosa por su vuelta
porque la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y le daría una a ella.

Estoy marchando del pueblo,
triste, por la carretera.
Yo no había regresado
desde que murió mi abuela.
Me fui cuando niño pero
lo que se fue no regresa.
Me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema,
la creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.




un encantador y hermoso romance tienes ya un sello único, saludos cordiales
 
un encantador y hermoso romance tienes ya un sello único, saludos cordiales

Muchas gracias mi estimada Marianne, me ha encantado eso de "sello único". No obstante pienso que todas y todos los que escribimos vamos adquiriendo unas características que nos identifican. En mi caso es cierto que con el romance me voy encontrando cada vez más identificado.

Eres una crack compañera!!
 
Majestuoso romance impregnado de dulces recuerdos que nunca se olvidan. Grato leerte. Saludos cordiales.


ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades, muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
¡madre mía!, ¡pero qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
yo regresaba a mi pueblo
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Como corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber porqué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con ganas
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda,
y a la par somos conscientes
que nos separan dos tierras.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
orillando por grumosos
ribazos de horca y almezas,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena,
entre bancales conclusos
de almibaradas ciruelas.
¡Qué pillos espoleando!,
y bien que dábamos cuenta,
dándoles timo con una
fría, calculada y diestra
porta gayola a los bichos
regordetes de cabeza.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son espinas
de nostalgia, de impotencia,
y por ser de nuevo el niño
soñador de los ochenta
que abrazaba grandes soles
en el cuerpo de su abuela
yo daría, sin dudarlo,
cualquier cosa por su vuelta
porque la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y le daría una a ella.

Estoy marchando del pueblo,
triste, por la carretera.
Yo no había regresado
desde que murió mi abuela.
Me fui cuando niño pero
lo que se fue no regresa.
Me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema,
la creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.




 
Me ha gustado mucho tu romance, estimado. Creo que has combinado con arte los aspectos más íntimos, afectivos, con los más pintorescos y universales (las muescas en la puerta, la caza de renacuajos, por ejemplo).

Te comento algunos detalles en la cita.

abrazo
Jorge
ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades, muescas, (creo que la coma intermedia sobra)
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
¡madre mía!, ¡pero qué alto!”, (me parece difícil evitar el hiato en «qué alto»)
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo a duras penas, (pondría coma después de «ángulo»)
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
yo regresaba a mi pueblo
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Como corría y subía! («Cómo»)
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber porqué, indeciso, («por qué»)
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con ganas
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda,
y a la par somos conscientes
que nos separan dos tierras.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
orillando por grumosos
ribazos de horca y almezas,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena,
entre bancales conclusos
de almibaradas ciruelas.
¡Qué pillos espoleando!,
y bien que dábamos cuenta,
dándoles timo con una
fría, calculada y diestra
porta gayola a los bichos
regordetes de cabeza.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son espinas
de nostalgia, de impotencia,
y por ser de nuevo el nene (*)
soñador de los ochenta
que abrazaba grandes soles
en el cuerpo de su abuela
yo daría, sin dudarlo,
cualquier cosa por su vuelta (hay acá un problema de consistencia en la redacción: ya has puesto el «por» en el verso que te he señalado con *)
porque la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en mitades
y le daría una a ella.

Estoy marchando del pueblo,
triste, por la carretera,
yo no había regresado
desde que murió mi abuela.
Me fui cuando niño pero (no veo de buen gusto terminar un verso en palabra átona, encabalgamiento exagerado)
lo que se fue no regresa,
me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema.
La creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.


Nota: albaceteña (verso 14) - navaja típica de Albacete.




 
Última edición:
Me ha gustado mucho tu romance, estimado. Creo que has combinado con arte los aspectos más íntimos, afectivos, con los más pintorescos y universales (las muescas en la puerta, la caza de renacuajos, por ejemplo).

Te comento algunos detalles en la cita.

abrazo
Jorge


Estimado Jorge, celebro que le haya gustado. Gracias por su comentario, especialmente por la parte referente a los detalles a pulir.
He corregido las tildes y las comas (salvo una que me sugiere poner pero le escribiré por privado al respecto), el verso con el hiato también lo he solucionado y el verso con palabra átona al final ya tenía yo mis reservas cuando lo escribí pero usted me ha dado el "empujón" para ponerme a corregir ese encabalgamiento tan forzado.

Acerca del "por" en la undécima estrofa le escribiré por privado.

Muchas gracias por su ayuda y por su tiempo.

Abrazos Jorge.
 
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Administración.

ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
“¡ay madre mía, qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
yo regresaba a mi pueblo
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Cómo corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber por qué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con ganas
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
orillando por grumosos
ribazos de horca y almezas,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena,
entre bancales conclusos
de almibaradas ciruelas.
¡Qué pillos espoleando!,
y bien que dábamos cuenta,
dándoles timo con una
fría, calculada y diestra
porta gayola a los bichos
regordetes de cabeza.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son espinas
de nostalgia, de impotencia,
y por ser de nuevo el nene
soñador de los ochenta
que abrazaba grandes soles
en el cuerpo de su abuela
yo daría, sin dudarlo,
cualquier cosa por su vuelta
porque la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en mitades
y le daría una a ella.

Estoy marchando del pueblo,
triste, por la carretera,
yo no había regresado
desde que murió mi abuela
y esos tiempos, cuando niño,
aunque he vuelto no regresan.
Me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema.
La creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.


Nota: albaceteña (verso 14) - navaja típica de Albacete.




 
ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
“¡ay madre mía, qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo, a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
retornaba a mi poblacho
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Cómo corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber por qué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con gusto
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
orillando por grumosos
ribazos de horca y almezas,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena,
entre bancales conclusos
de almibaradas ciruelas.
¡Qué pillos espoleando!,
y bien que dábamos cuenta,
dándoles timo con una
fría, calculada y diestra
porta gayola a los bichos
regordetes de cabeza.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son punzones
de nostalgia, de impotencia.

Quiero volver con mi yaya,
y en el arco de la puerta
quiero tener su sonrisa
de algodones y de perlas
esperándome a las cinco
de la tarde con merienda.
Sueño con coger su mano,
quiero tenerla a mi vera
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Voy dejando atrás su pueblo
de molinos y carretas,
yo no había regresado
desde el día en que muriera.
Llevo lágrimas conmigo
y al través veo esa muesca,
dolorosa última marca
de oxidada albaceteña
que tallara temblorosa
ya cumplidos sus noventa.
También llevo allá en lo interno
su ternura, su nobleza,
me llevo su amor, me marcho
triste por la carretera.
Me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema.
La creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.


Nota: albaceteña (verso 14) - navaja típica de Albacete.





Excelente romance dedicas con mucho arte a tu pueblo y al recuerdo de la abuela que tan bien te cuidaba y mimaba. Mi felicitación. amigo Doblezero.

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Excelente romance dedicas con mucho arte a tu pueblo y al recuerdo de la abuela que tan bien te cuidaba y mimaba. Mi felicitación. amigo Doblezero.

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La verdad es que este romance lo escribí con el corazón porque mi abuela era lo mejor que puede uno imaginar en una persona, y era más que abuela, era amiga, complice,... en fin. Me pongo muy triste, lo siento.

Muchas gracias amigo por ese comentario tan bonito.

Abrazos.
 
Un gran romance, Doblecero, hecho, como se suele decir, con el corazón en la mano e impregnado de amorosa nostalgia. Esa apostilla final que dejas tras terminar el poema : "Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín" , deja bien a las claras cuán importante fue esa mujer para ti.

Cada nuevo poema que te leo tengo más claro que eres un poeta como la copa de un pino.

De nuevo te felicito por tu arte, amigo.

Un abrazo.

ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
“¡ay madre mía, qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo, a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
retornaba a mi poblacho
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Cómo corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber por qué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con gusto
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
orillando por grumosos
ribazos de horca y almezas,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena,
entre bancales conclusos
de almibaradas ciruelas.
¡Qué pillos espoleando!,
y bien que dábamos cuenta,
dándoles timo con una
fría, calculada y diestra
porta gayola a los bichos
regordetes de cabeza.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son punzones
de nostalgia, de impotencia.

Quiero volver con mi yaya,
y en el arco de la puerta
quiero tener su sonrisa
de algodones y de perlas
esperándome a las cinco
de la tarde con merienda.
Sueño con coger su mano,
quiero tenerla a mi vera
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Voy dejando atrás su pueblo
de molinos y carretas,
yo no había regresado
desde el día en que muriera.
Llevo lágrimas conmigo
y al través veo esa muesca,
dolorosa última marca
de oxidada albaceteña
que tallara temblorosa
ya cumplidos sus noventa.
También llevo allá en lo interno
su ternura, su nobleza,
me llevo su amor, me marcho
triste por la carretera.
Me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema.
La creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.


Nota: albaceteña (verso 14) - navaja típica de Albacete.




 
Un gran romance, Doblecero, hecho, como se suele decir, con el corazón en la mano e impregnado de amorosa nostalgia. Esa apostilla final que dejas tras terminar el poema : "Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín" , deja bien a las claras cuán importante fue esa mujer para ti.

Cada nuevo poema que te leo tengo más claro que eres un poeta como la copa de un pino.

De nuevo te felicito por tu arte, amigo.

Un abrazo.


Disculpa amigo que he tardado un poco en responderte, es que con lo de la apostilla me han venido muchos recuerdos y he tenido que tomar aire.

Desde luego, este poema esta escrito sin corazas, esta escrito desde lo interno, no sé si mejor o peor pero con muchísimo cariño. Me alegre que te haya gustado.

Sobre lo de poeta como la copa de un pino, no me malinterpretes que me alegra que pienses eso pero no vayamos a excitarnos que cualquier día publico un pedrusto y nos caemos del pedestal jajajaja. Que va, que va, quizás al ser nuevo traigo otros aires que la novedad suele gustar pero aquí estoy para compartir y especialmente para aprender de todos vosotros.

Muchas gracias por tu compañia amigo. De verdad.
 
Es un fenomenal romance, este tipo de temas entre el recuerdo, el amot y la nostalgia se llevan de cine con la estructura.

Y lo bordas, tu estilo le va muy bien.

Un abrazo.
Oncina.
 
¡Qué suerte par ti tu abuela! ¡qué suerte para tu abuela tanto amor! ...quedarse en tus versos, en tu recuerdo alargar su sombra en el tiempo. El amor es una fortuna, y a ti te tocó en suerte una maravillosa abuela y una rica infancia.
Felicidades por tan hermoso y tierno romance y gracia por compartir tus recuerdos.
Saludos cordiales.
Isabel
 
¡Qué hermosura Doblezero! Tuve la dicha inmensa de tener abuelas que me dieron toda la dimensión del amor verdadero, incondicional. Gracias por compartir este romance que es un lujo. Recordé un tema musical muy caro a mis sentimientos, te lo comparto porque sé que lo disfrutará tu gran sensibilidad. Abrabesos en tu alma compañero.
 
Es un fenomenal romance, este tipo de temas entre el recuerdo, el amot y la nostalgia se llevan de cine con la estructura.

Y lo bordas, tu estilo le va muy bien.

Un abrazo.
Oncina.

Gracias Oncina, me alegra que te haya gustado el romance. Tienes razón, para este tipo de contenido el romance es una forma métrica ideal. A mi personalmente los romances me encantan, tanto leerlos como escribirlos.

Abrazotes.
 
¡Qué suerte par ti tu abuela! ¡qué suerte para tu abuela tanto amor! ...quedarse en tus versos, en tu recuerdo alargar su sombra en el tiempo. El amor es una fortuna, y a ti te tocó en suerte una maravillosa abuela y una rica infancia.
Felicidades por tan hermoso y tierno romance y gracia por compartir tus recuerdos.
Saludos cordiales.
Isabel

Hola libelula, es cierto, el amor que me daba mi abuela es una suerte, un privilegio, haberlo disfrutado como lo hice mientras estuvo con nosotros y ese es el motivo por el cual duele tanto el hueco que ha dejado en mi vida. Tengo tantos recuerdos de ella y entre todos ellos no encuentro ninguno, ni tan solo uno que sea malo, nada, ninguno. Todo en ella era hermoso, todo bondad, alegría, cariño.... era perfecta y la quiero con locura. La quiero más que a nadie. Quiero muchísimo a mis hijos, a mi mujer, a mis padres..... pero todos ellos saben que como a mi abuela jamás podré querer a nadie.
Quizás este no es sitio para decir estas cosas pero no me importa, es lo que siento.

Muchas gracias por brindarme tan bonito comentario estimada compañera.

Abrazos !!
 
Última edición:
Hola libelula, es cierto, el amor que me daba mi abuela es una suerte, un privilegio, haberlo disfrutado como lo hice mientras estuvo con nosotros y ese es el motivo por el cual duele tanto el hueco que ha dejado en mi vida. Tengo tantos recuerdos de ella y entre todos ellos no encuentro ninguno, ni tan solo uno que sea malo, nada, ninguno. Todo en ella era hermoso, todo bondad, alegría, cariño.... era perfecta y la quiero con locura. La quiero más que a nadie. Quiero muchísimo a mis hijos, a mi mujer, a mis , padres..... pero todos ellos saben que como a mi abuela jamás podré querer a nadie.
Quizás este no es sitio para decir estas cosas pero no me importa, es lo que siento.

Muchas gracias por brindarme tan bonito comentario estimada compañera.

Abrazos !!
¿Quién dijo que no es lugar? ¡si que lo es! Gracias por mostrarnos de dónde tanta belleza,tanta ternura, quien vive en tu esencia de poeta. Si, claro que este es el sitio. Gracias a ti.
 
¡Qué hermosura Doblezero! Tuve la dicha inmensa de tener abuelas que me dieron toda la dimensión del amor verdadero, incondicional. Gracias por compartir este romance que es un lujo. Recordé un tema musical muy caro a mis sentimientos, te lo comparto porque sé que lo disfrutará tu gran sensibilidad. Abrabesos en tu alma compañero.

Voy a escuchar la canción, luego te cuento.
 
¡Qué hermosura Doblezero! Tuve la dicha inmensa de tener abuelas que me dieron toda la dimensión del amor verdadero, incondicional. Gracias por compartir este romance que es un lujo. Recordé un tema musical muy caro a mis sentimientos, te lo comparto porque sé que lo disfrutará tu gran sensibilidad. Abrabesos en tu alma compañero.

uufff.. esa canción.

Estoy tiritando, las mejillas mojadas... me cuesta escribir.

Es maravillosa la voz, la letra... no creo haber escuchado una canción con tanta nostalgia y amor para una abuela. Se me ha encogido el corazón.

He cerrado los ojos y la canción era mi abuela, era ella. Estimada amiga gracias por tus palabras y gracias por esa hermosa canción que no conocía y que me guardo en favoritos porque a veces me gusta llorar, llorar por amor y desahogarme.

Un tierno abrazo compañera!
 
uufff.. esa canción.

Estoy tiritando, las mejillas mojadas... me cuesta escribir.

Es maravillosa la voz, la letra... no creo haber escuchado una canción con tanta nostalgia y amor para una abuela. Se me ha encogido el corazón.

He cerrado los ojos y la canción era mi abuela, era ella. Estimada amiga gracias por tus palabras y gracias por esa hermosa canción que no conocía y que me guardo en favoritos porque a veces me gusta llorar, llorar por amor y desahogarme.

Un tierno abrazo compañera!
Yo me guardo tu romance entre los favoritos y quedamos a mano. Teresa Parodi es una compatriota cantautora que admiro mucho, sus temas son preciosos. Me alegra que te gustara tanto este como lo suponía. Abrabesos en tu corazón.
 
Yo me guardo tu romance entre los favoritos y quedamos a mano. Teresa Parodi es una compatriota cantautora que admiro mucho, sus temas son preciosos. Me alegra que te gustara tanto este como lo suponía. Abrabesos en tu corazón.

Disculpa mi tardanza en responder compañera. Pues quedamos a mano jejeje. La verdad es que conmueve la canción, que me encantó por cierto.

Un fuerte abrazo.
 
¿Quién dijo que no es lugar? ¡si que lo es! Gracias por mostrarnos de dónde tanta belleza,tanta ternura, quien vive en tu esencia de poeta. Si, claro que este es el sitio. Gracias a ti.

Pues tienes razón, además uno es como es y a estas alturas cambiar es como cuadricular un circulo, cosa además de peliaguda también esteril.

Un abrazo y gracias por tus palabras poeta.
 
ROMANCE DE LO QUE SE HA IDO
(dedicado a mi abuela)

He regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela
y en el lomo pedregoso
desbravado de la cuesta,
jadeos se me descalzan
frente a la vetusta puerta.
Marcas de altura la hienden
con melancolía nueva.
Allí siguen, a cuchillo,
de aquellas edades muescas,
cuando, verano a verano
y por sobre mi cabeza,
mi abuela, que en paz descanse,
le hundía la albaceteña.

Yo me ponía de puntas
para ganar más madera,
ella decía entusiasta
con su sonrisa de fiestas:
“¡ay madre mía, qué alto!”,
como no viendo mi treta.

Hundo la llave en el ojo
rústico de la falleba,
abro una pena sin nombre
mientras crujen las charnelas,
dentro telarañas cubren
su mecedora de siestas
y me duele tan adentro
ver que no se balancea
que la vista se me empoza
de diamantes y de velas,
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Rompo los solos y centros
que por la casa despiertan
y entre sus paredes anchas
mi nostalgia se despeña.
Temores de camposanto
bajo las sayas acechan,
levanto en sus alerones
recuerdos de rojas cepas
y allí, colmadas de sombra,
plomizas de talco y leña
aguardan, sin cante jondo,
por la cobriza brasera
despachadas y tupidas
cenizas de sobremesa.

Parece el pueblo más tardo
y sus noches más pequeñas.
Breves momentos de luna
sin ángulo, a duras penas,
de bramante y de metales,
alumbran las callejuelas.

Sonrisa de media espada
como de sal y de néctar
fragua en mis labios, de cierto,
aunque yo no me los vea,
recordando cuando niño
y el mes de julio a la vuelta
retornaba a mi poblacho
al terminarse la escuela.

Yo era tan joven entonces
por esta costana estrecha
cuando mis trotes cobraban
pardos guijarros de acera.
¡Cómo corría y subía!
ebrio de azules piruetas,
loco de risas sin cerco,
limpio de trueques y befas,
bravo de buenas diabluras
y de enlunada inocencia.

A media tarde en la plaza,
junto a la fuente de piedra,
veo a un amigo de entonces
y harto de raras vergüenzas
sin saber por qué, indeciso,
pero me arrimo a dar cuentas.
Nos abrazamos con gusto
y nos miramos sin fuerza.
Yo he regresado cambiado,
me lo ve por dentro y fuera.
Él ha seguido otra marcha
y de lo que fue no queda.

Recuerdo cuando, de niños,
pateábamos acequias
de aceitunado mortero
y agua doblada y somera,
orillando por grumosos
ribazos de horca y almezas,
dando caza a renacuajos
blandos de cola morena,
entre bancales conclusos
de almibaradas ciruelas.
¡Qué pillos espoleando!,
y bien que dábamos cuenta,
dándoles timo con una
fría, calculada y diestra
porta gayola a los bichos
regordetes de cabeza.

Cubo en mano, sin relojes
y entre ralas oliveras
el calor ya era bastante
cuando el dorado de flechas
y la acequia, que verdosa,
allí limpia y bien trasiega,
descamaba lazulitas
de pan de oro y de monedas.

Quisiera vivo ponerme
y el romance por montera
que he regresado a mi pueblo
de veraneos y abuela,
pero hay tanto que se ha ido
y, de cierto, no regresa,
que los versos son punzones
de nostalgia, de impotencia.

Quiero volver con mi yaya,
y en el arco de la puerta
quiero tener su sonrisa
de algodones y de perlas
esperándome a las cinco
de la tarde con merienda.
Sueño con coger su mano,
quiero tenerla a mi vera
y es que la echo tan en falta,
tanto y tanto, que quisiera
partir mi vida en dos partes
y darle una parte a ella.

Voy dejando atrás su pueblo
de molinos y carretas,
yo no había regresado
desde el día en que muriera.
Llevo lágrimas conmigo
y al través veo esa muesca,
dolorosa última marca
de oxidada albaceteña
que tallara temblorosa
ya cumplidos sus noventa.
También llevo allá en lo interno
su ternura, su nobleza,
me llevo su amor, me marcho
triste por la carretera.
Me voy sabiendo que parte
de mi corazón se queda
latiendo dentro de aquel
crío loco por su abuela.

Era mi duende, mi amiga,
la noche de mis estrellas,
el amor más verdadero
que jamás tendrá un poema.
La creía, para siempre,
mi invencible compañera,
yo daba por inmortal
ese amor que dentro lleva
el dulcísimo latido
colorado de las venas.

Por eso me duele tanto,
tanto y tanto, que quisiera
hundir mi mano en el cielo
para traerla de vuelta.

Autor: Doblezero

Jamás olvidaré cuanto me diste, maravillosa Isabelín.


Nota: albaceteña (verso 14) - navaja típica de Albacete.




Hermoso homenaje !
Un abrazo mi amigo
 

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