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Sumamente triste... y sumamente hermoso!! Un gusto acercarme. Saludos cordiales.I
“¿Dónde vas niña de agua?
¿y por qué vas tan corriendo?
Parece que tú le huyeras
al mismo pasar del tiempo.”
“Voy a coger aceitunas
a los olivos del huerto”
La merienda en una mano
en la otra colgando el cesto.
Y una prisa que rodaba
por un lado del momento.
“Pero espera tú mi niña,
dame uno se tus besos.
Que me tienes olvidado
como a los pendientes viejos.”
“Deja me que tengo prisa
de verdad que es que no puedo.
En los olivos me esperan
y me tengo que ir corriendo.”
“No te vayas ahora niña,
espera sólo un momento,
que te aguarden los olivos,
los cien olivos del huerto.
Y escucha me bien atenta
con todo el conocimiento.
Esta noche que es de luna,
cuando el sol esté ya dentro,
yo te esperaré en la higuera
que cobija nuestros sueños.”
“No puedo prometer nada,
sabes que él es muy severo.
Si me ve hablando contigo
¡qué sería madre del cielo!
Pues a ti te mataría
y a mi presa en un convento,
haría allí por tener me
para el resto de los tiempos.
“María saldré a esperarte
aún así me juegue el cuello.
Él no es quién para decirme
A quién puedo y no puedo
querer. Mas tú bien lo sabes
no le guardo ningún miedo.”
Ya se aleja rauda, rauda,
la niña por el sendero
¡ay! camino a los olivos,
los cien olivos del huerto.
Él se queda pensativo
con un vacío en el pecho.
Por la niña que se aleja
sin haber le dado un beso.
II
¡Ay!, la luna sentadita,
sentadita ya en su asiento
se miraba en las estrellas,
le servían éstas de espejo.
En la dulce noche tibia
no se oían ni los muertos,
pero allí estaba el muchacho
esperando como un viejo.
En su frente despejada
se encendían los recuerdos
cuando de pronto notara
a alguien venir de lejos.
Era la niña bonita
dueña y ama de sus sueños.
“Sabía yo que vendrías,
no temí nunca al respecto.”
“Besa me, besa me tonto
que no tengo mucho tiempo.
He de volver rato antes
De encontrar me lo despierto.”
Y sus bocas encendidas
se fundieron en un beso.
Olor blanco de manzanas
cubría el ambiente entero.
Y la luna de la noche
los miraba desde el cielo,
bien atenta a lo que hacían
con la envidia del deseo.
III
Sin querer ellos se hallaron
sorprendidos por completo
pues el padre de la niña
se temía todo ésto.
La siguió en la noche oscura
escondido para verlos.
“Alejate de mi niña
si no quieres verte muerto.
Yo no sé cómo te atreves
a hablarle de sentimientos.
Tú bastardo de Buendía
y ella hija de Romero.
Debería darte muerte
en este mismo momento".
“Cállese padre por favor,
sepa usted que yo le quiero
desde lo hondo del alma
hasta el último cabello.”
“No hables más maldita sea,
no vuelvas a decir eso.
Nunca verás a un Buendía
casada con un Romero.”
“Usted no puede ponerle
barreras al sentimiento,
jamás voy a permitirle
que de ella me lleve lejos.”
IV
Ya brillaban las navajas
bajo aquel ardiente cielo.
La niña los observaba,
abnegada de lamentos.
El muchacho al que quería
se estaba zafando en duelo
con el padre de la niña
por antiguos desacuerdos.
Ora el padre lanzaba
puñaladas hacia el pecho,
ora las esquivaba el chico
no sin hacer gran esfuerzo,
cuando de pronto éste cayó
como un toro cae al ruedo
y la sangre restallaba
manchando de rojo el cielo.
Ya se le iba ya la vida,
rauda por un agujero
y la niña de rodillas
abrazando lo en el suelo.
Muchas gracias por tu comentario. Un saludo.Sumamente triste... y sumamente hermoso!! Un gusto acercarme. Saludos cordiales.
Gracias por pasar a leer.Romance de historia triste de amores no autorizados por discordias familiares.
Sin embargo deberías revisar con cuidado la métrica ya que se observan varios versos eneasílabos y es algo que no se pasa en clásica competitiva.
![]()
Hola Francisco, en primer lugar, has realizado un bonito romance, mi enhorabuena por ello.I
“¿Dónde vas niña de agua?
¿y por qué vas tan corriendo?
Parece que tú le huyeras
al mismo pasar del tiempo.”
“Voy a coger aceitunas
a los olivos del huerto”
La merienda en una mano
en la otra colgando el cesto.
Y una prisa que rodaba
por un lado del momento.
“Pero espera tú mi niña,
dame uno se tus besos. (De)
Que me tienes olvidado
como a los pendientes viejos.”
“Deja me que tengo prisa (Déjame)
de verdad que es que no puedo.
En los olivos me esperan
y me tengo que ir corriendo.”
“No te vayas ahora niña,
espera sólo un momento,
que te aguarden los olivos,
los cien olivos del huerto.
Y escucha me bien atenta (escúchame)
con todo el conocimiento.
Esta noche que es de luna,
cuando el sol esté ya dentro,
yo te esperaré en la higuera
que cobija nuestros sueños.”
“No puedo prometer nada,
sabes que él es muy severo.
Si me ve hablando contigo
¡qué sería madre del cielo!
Pues a ti te mataría
y a mi presa en un convento, (mí)
haría allí por tener me (tenerme)
para el resto de los tiempos.
“María saldré a esperarte
aún así me juegue el cuello.
Él no es quién para decirme
A quién puedo y no puedo
querer. Mas tú bien lo sabes
no le guardo ningún miedo.”
Ya se aleja rauda, rauda,
la niña por el sendero
¡ay! camino a los olivos, ¡Ay!
los cien olivos del huerto.
Él se queda pensativo
con un vacío en el pecho.
Por la niña que se aleja
sin haber le dado un beso. (haberle)
II
¡Ay!, la luna sentadita,
sentadita ya en su asiento
se miraba en las estrellas,
le servían éstas de espejo.
En la dulce noche tibia
no se oían ni los muertos,
pero allí estaba el muchacho
esperando como un viejo.
En su frente despejada
se encendían los recuerdos
cuando de pronto notara
a alguien venir de lejos.
Era la niña bonita
dueña y ama de sus sueños.
“Sabía yo que vendrías,
no temí nunca al respecto.”
“Besa me, besa me tonto (Bésame)
que no tengo mucho tiempo.
He de volver rato antes
De encontrar me lo despierto.” (encontrármelo)
Y sus bocas encendidas
se fundieron en un beso.
Olor blanco de manzanas
cubría el ambiente entero.
Y la luna de la noche
los miraba desde el cielo,
bien atenta a lo que hacían
con la envidia del deseo.
III
Sin querer ellos se hallaron
sorprendidos por completo
pues el padre de la niña
se temía todo ésto. (esto)
La siguió en la noche oscura
escondido para verlos.
“Alejate de mi niña (Aléjate)
si no quieres verte muerto.
Yo no sé cómo te atreves
a hablarle de sentimientos.
Tú bastardo de Buendía
y ella hija de Romero.
Debería darte muerte
en este mismo momento".
“Cállese padre por favor,
sepa usted que yo le quiero
desde lo hondo del alma
hasta el último cabello.”
“No hables más maldita sea,
no vuelvas a decir eso.
Nunca verás a un Buendía
casada con un Romero.”
“Usted no puede ponerle
barreras al sentimiento,
jamás voy a permitirle
que de ella me lleve lejos.”
IV
Ya brillaban las navajas
bajo aquel ardiente cielo.
La niña los observaba,
abnegada de lamentos.
El muchacho al que quería
se estaba zafando en duelo
con el padre de la niña
por antiguos desacuerdos.
Ora el padre lanzaba
puñaladas hacia el pecho,
ora las esquivaba el chico
no sin hacer gran esfuerzo,
cuando de pronto éste cayó
como un toro cae al ruedo
y la sangre restallaba
manchando de rojo el cielo.
Ya se le iba ya la vida,
rauda por un agujero
y la niña de rodillas
abrazando lo en el suelo. (Abrazándolo)
I
“¿Dónde vas niña de agua?
¿y por qué vas tan corriendo?
Parece que tú le huyeras
al mismo pasar del tiempo.”
“Voy a coger aceitunas
a los olivos del huerto”
La merienda en una mano
en la otra colgando el cesto.
Y una prisa que rodaba
por un lado del momento.
“Pero espera tú mi niña,
dame uno de tus besos.
Que me tienes olvidado
como a los pendientes viejos.”
“Deja me que tengo prisa
de verdad que es que no puedo.
En los olivos me esperan
y me tengo que ir corriendo.”
“No-te-va-yas-a-ho-ra-ni-ña, 9 sílabas
espera sólo un momento,
que te aguarden los olivos,
los cien olivos del huerto.
Y escucha me bien atenta
con todo el conocimiento.
Esta noche que es de luna,
cuando el sol esté ya dentro,
yo te esperaré en la higuera
que cobija nuestros sueños.”
“No puedo prometer nada,
sabes que él es muy severo.
Si me ve hablando contigo
¡qué-se-rí-a-ma-dre-del-cie-lo! 9 sílabas
Pues a ti te mataría
y a mi presa en un convento,
haría allí por tenerme
para el resto de los tiempos.
“Ma-rí-a-sal-dré a-es-pe-rar-te 9 sílabas
a-ún-a-sí-me-jue-gue el-cue-llo. 9 sílabas
Él no es quién para decirme
A-quién-pue-do y-no-pue-do 7 sílabas
querer. Mas tú bien lo sabes
no le guardo ningún miedo.”
Ya se aleja rauda, rauda,
la niña por el sendero,
¡ay!, camino a los olivos,
los cien olivos del huerto.
Él se queda pensativo
con un vacío en el pecho.
Por la niña que se aleja
sin haber le dado un beso.
II
¡Ay!, la luna sentadita,
sentadita ya en su asiento
se miraba en las estrellas,
le-ser-ví-an-és-tas-de es-pe-jo. 9 sílabas
En la dulce noche tibia
no se oían ni los muertos,
pero allí estaba el muchacho
esperando como un viejo.
En su frente despejada
se encendían los recuerdos
cuando de pronto notara
a al-guien-ve-nir-de-le-jos. 7 sílabas
Era la niña bonita
dueña y ama de sus sueños.
“Sabía yo que vendrías,
no temí nunca al respecto.”
“Besa me, besa me tonto
que no tengo mucho tiempo.
He de volver rato antes
De encontrar me lo despierto.”
Y sus bocas encendidas
se fundieron en un beso.
Olor blanco de manzanas
cubría el ambiente entero.
Y la luna de la noche
los miraba desde el cielo,
bien atenta a lo que hacían
con la envidia del deseo.
III
Sin querer ellos se hallaron
sorprendidos por completo
pues el padre de la niña
se temía todo ésto.
La-si-gui-ó en-la-no-che os-cu-ra 9 sílabas
escondido para verlos.
“Alejate de mi niña
si no quieres verte muerto.
Yo no sé cómo te atreves
a hablarle de sentimientos.
Tú bastardo de Buendía
y ella hija de Romero.
Debería darte muerte
en este mismo momento".
“Cá-lle-se-pa-dre-por-fa-vor, 8+1=9 sílabas
sepa usted que yo le quiero
des-de-lo hon-do-del-al-ma 7 sílabas
hasta el último cabello.”
“No hables más maldita sea,
no vuelvas a decir eso.
Nunca verás a un Buendía
casada con un Romero.”
“Usted no puede ponerle
barreras al sentimiento,
jamás voy a permitirle
que de ella me lleve lejos.”
IV
Ya brillaban las navajas
bajo aquel ardiente cielo.
La niña los observaba,
abnegada de lamentos.
El muchacho al que quería
se estaba zafando en duelo
con el padre de la niña
por antiguos desacuerdos.
O-ra el-pa-dre-lan-za-ba 7 sílabas
puñaladas hacia el pecho,
ora las esquivaba el chico
no sin hacer gran esfuerzo,
cuan-do-de-pron-to és-te-ca-yó 8+1=9 sílabas
como un toro cae al ruedo
y la sangre restallaba
manchando de rojo el cielo.
Ya se le iba ya la vida,
rauda por un agujero
y la niña de rodillas
abrazando lo en el suelo.
vaya romance hace mucho no leía uno, ya olvidé como escribirlos, pero sin duda alguna, veo una mezcla de naturaleza y algunos pensamientos, me gustó la temática, solo ví unos errores que te marqué en la cita, grato leerte ratoncilloI
“¿Dónde vas niña de agua?
¿y por qué vas tan corriendo?
Parece que tú le huyeras
al mismo pasar del tiempo.”
“Voy a coger aceitunas
a los olivos del huerto”
La merienda en una mano
en la otra colgando el cesto.
Y una prisa que rodaba
por un lado del momento.
“Pero espera tú mi niña,
dame uno se tus besos.
Que me tienes olvidado
como a los pendientes viejos.”
“Deja me que tengo prisa
de verdad que es que no puedo.
En los olivos me esperan
y me tengo que ir corriendo.”
“No te vayas ahora niña,
espera sólo un momento,
que te aguarden los olivos,
los cien olivos del huerto.
Y escucha me bien atenta
con todo el conocimiento.
Esta noche que es de luna,
cuando el sol esté ya dentro,
yo te esperaré en la higuera
que cobija nuestros sueños.”
“No puedo prometer nada,
sabes que él es muy severo.
Si me ve hablando contigo
¡qué sería madre del cielo!
Pues a ti te mataría
y a mi presa en un convento,
haría allí por tener me
para el resto de los tiempos.
“María saldré a esperarte
aún así me juegue el cuello.
Él no es quién para decirme
A quién puedo y no puedo
querer. Mas tú bien lo sabes
no le guardo ningún miedo.”
Ya se aleja rauda, rauda,
la niña por el sendero
¡ay! camino a los olivos,
los cien olivos del huerto.
Él se queda pensativo
con un vacío en el pecho.
Por la niña que se aleja
sin haber le dado un beso.
II
¡Ay!, la luna sentadita,
sentadita ya en su asiento
se miraba en las estrellas,
le servían éstas de espejo.
En la dulce noche tibia
no se oían ni los muertos,
pero allí estaba el muchacho
esperando como un viejo.
En su frente despejada
se encendían los recuerdos
cuando de pronto notara
a alguien venir de lejos.
Era la niña bonita
dueña y ama de sus sueños.
“Sabía yo que vendrías,
no temí nunca al respecto.”
“Besa me, besa me tonto
que no tengo mucho tiempo.
He de volver rato antes
De encontrar me lo despierto.”
Y sus bocas encendidas
se fundieron en un beso.
Olor blanco de manzanas
cubría el ambiente entero.
Y la luna de la noche
los miraba desde el cielo,
bien atenta a lo que hacían
con la envidia del deseo.
III
Sin querer ellos se hallaron
sorprendidos por completo
pues el padre de la niña
se temía todo ésto.
La siguió en la noche oscura
escondido para verlos.
“Alejate de mi niña
si no quieres verte muerto.
Yo no sé cómo te atreves
a hablarle de sentimientos.
Tú bastardo de Buendía
y ella hija de Romero.
Debería darte muerte
en este mismo momento".
“Cállese padre por favor,
sepa usted que yo le quiero
desde lo hondo del alma
hasta el último cabello.”
“No hables más maldita sea,
no vuelvas a decir eso.
Nunca verás a un Buendía
casada con un Romero.”
“Usted no puede ponerle
barreras al sentimiento,
jamás voy a permitirle
que de ella me lleve lejos.”
IV
Ya brillaban las navajas
bajo aquel ardiente cielo.
La niña los observaba,
abnegada de lamentos.
El muchacho al que quería
se estaba zafando en duelo
con el padre de la niña
por antiguos desacuerdos.
Ora el padre lanzaba
puñaladas hacia el pecho,
ora las esquivaba el chico
no sin hacer gran esfuerzo,
cuando de pronto éste cayó
como un toro cae al ruedo
y la sangre restallaba
manchando de rojo el cielo.
Ya se le iba ya la vida,
rauda por un agujero
y la niña de rodillas
abrazando lo en el suelo.
I
“¿Dónde vas niña de agua?
¿y por qué vas tan corriendo?
Parece que tú le huyeras
al mismo pasar del tiempo.”
“Voy a coger aceitunas
a los olivos del huerto”
La merienda en una mano
en la otra colgando el cesto.
Y una prisa que rodaba
por un lado del momento.
“Pero espera tú mi niña,
dame uno se tus besos.
Que me tienes olvidado
como a los pendientes viejos.”
“Deja me que tengo prisa
de verdad que es que no puedo.
En los olivos me esperan
y me tengo que ir corriendo.”
“No te vayas ahora niña,
espera sólo un momento,
que te aguarden los olivos,
los cien olivos del huerto.
Y escucha me bien atenta
con todo el conocimiento.
Esta noche que es de luna,
cuando el sol esté ya dentro,
yo te esperaré en la higuera
que cobija nuestros sueños.”
“No puedo prometer nada,
sabes que él es muy severo.
Si me ve hablando contigo
¡qué sería madre del cielo!
Pues a ti te mataría
y a mi presa en un convento,
haría allí por tener me
para el resto de los tiempos.
“María saldré a esperarte
aún así me juegue el cuello.
Él no es quién para decirme
A quién puedo y no puedo
querer. Mas tú bien lo sabes
no le guardo ningún miedo.”
Ya se aleja rauda, rauda,
la niña por el sendero
¡ay! camino a los olivos,
los cien olivos del huerto.
Él se queda pensativo
con un vacío en el pecho.
Por la niña que se aleja
sin haber le dado un beso.
II
¡Ay!, la luna sentadita,
sentadita ya en su asiento
se miraba en las estrellas,
le servían éstas de espejo.
En la dulce noche tibia
no se oían ni los muertos,
pero allí estaba el muchacho
esperando como un viejo.
En su frente despejada
se encendían los recuerdos
cuando de pronto notara
a alguien venir de lejos.
Era la niña bonita
dueña y ama de sus sueños.
“Sabía yo que vendrías,
no temí nunca al respecto.”
“Besa me, besa me tonto
que no tengo mucho tiempo.
He de volver rato antes
De encontrar me lo despierto.”
Y sus bocas encendidas
se fundieron en un beso.
Olor blanco de manzanas
cubría el ambiente entero.
Y la luna de la noche
los miraba desde el cielo,
bien atenta a lo que hacían
con la envidia del deseo.
III
Sin querer ellos se hallaron
sorprendidos por completo
pues el padre de la niña
se temía todo ésto.
La siguió en la noche oscura
escondido para verlos.
“Alejate de mi niña
si no quieres verte muerto.
Yo no sé cómo te atreves
a hablarle de sentimientos.
Tú bastardo de Buendía
y ella hija de Romero.
Debería darte muerte
en este mismo momento".
“Cállese padre por favor,
sepa usted que yo le quiero
desde lo hondo del alma
hasta el último cabello.”
“No hables más maldita sea,
no vuelvas a decir eso.
Nunca verás a un Buendía
casada con un Romero.”
“Usted no puede ponerle
barreras al sentimiento,
jamás voy a permitirle
que de ella me lleve lejos.”
IV
Ya brillaban las navajas
bajo aquel ardiente cielo.
La niña los observaba,
abnegada de lamentos.
El muchacho al que quería
se estaba zafando en duelo
con el padre de la niña
por antiguos desacuerdos.
Ora el padre lanzaba
puñaladas hacia el pecho,
ora las esquivaba el chico
no sin hacer gran esfuerzo,
cuando de pronto éste cayó
como un toro cae al ruedo
y la sangre restallaba
manchando de rojo el cielo.
Ya se le iba ya la vida,
rauda por un agujero
y la niña de rodillas
abrazando lo en el suelo.
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