Tenía el silencio abiertas
sus inacabables alas,
cuando en el aire se oía
el llanto de una guitarra.
La brisa del sur caliente,
se viste de verde y blanca
entre cuerdas españolas
y sentires que acompañan.
Farolillos de colores,
rosas rojas y biznagas,
en la tierra del chavico
huele a fragancia gitana.
Con la luna en los tejados
sembrando besos de plata,
una amargura profunda
se escapa de la garganta.
Un cantaor andaluz,
se quiebra la madrugada,
y su aliento al cielo deja
a la noche sin mañana.
Campiñas de tierras líricas,
por donde el dolor escapa
entre los gestos solemnes
con los que nace la raza.
No habrá canto tan veraz
y ancho que brote del alma
abierta a los cuatro vientos,
que haga llorar la guitarra
en medio de la quietud,
sin prados y sin montañas
que vuele por el eterno
en noches anchas y claras.
Son los poetas errantes
de una envidiable sustancia
que como el saetero, lanza
flechas y al alma se clavan.
El dolor y la penuria,
la expresión pura y exacta,
un cauce lírico y rico,
el alma de nuestra alma.
Es un canto sin paisajes,
un sentir y una guitarra,
y se hace carne la pena
en las dormidas fragancias.
*
Se apagan los farolillos,
el cielo abre sus ventanas,
¡Oh dulce tierra del llanto
y de noches aromadas!
Luis