Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Percibo, en el aire, el eco de una patria adormecida.
Son resquicios de otra vida; piezas que no son recuerdos,
sino susurros que se arrastran a través de los tiempos.
Me llama la tierra que, sin saberlo, me es conocida:
Allí, el viento está teñido con la lengua de las leyendas
y con el misterio que emana del espectro del Este.
La presencia de los Cárpatos se expande hasta mi mente
y, con sus uñas hechas de bosque y sus garras primigenias,
infecta mis sueños para que su gloria no se pierda.
Veo nubes de tormenta sobre los montes transilvanos,
derramadas como una bendición de dioses paganos.
Veo la lluvia, el verde inmortal, el abrazo de la niebla.
Un paraíso que arranca lágrimas con su belleza virgen.
Y, sin embargo, es como un diamante olvidado en el lodo;
brilla débilmente, enterrado en un repulsivo cosmos,
bajo el polvo del agotamiento y un esplendor tan triste.
Son resquicios de otra vida; piezas que no son recuerdos,
sino susurros que se arrastran a través de los tiempos.
Me llama la tierra que, sin saberlo, me es conocida:
Allí, el viento está teñido con la lengua de las leyendas
y con el misterio que emana del espectro del Este.
La presencia de los Cárpatos se expande hasta mi mente
y, con sus uñas hechas de bosque y sus garras primigenias,
infecta mis sueños para que su gloria no se pierda.
Veo nubes de tormenta sobre los montes transilvanos,
derramadas como una bendición de dioses paganos.
Veo la lluvia, el verde inmortal, el abrazo de la niebla.
Un paraíso que arranca lágrimas con su belleza virgen.
Y, sin embargo, es como un diamante olvidado en el lodo;
brilla débilmente, enterrado en un repulsivo cosmos,
bajo el polvo del agotamiento y un esplendor tan triste.
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