julietagris
Poeta recién llegado
Después de conocer a unos cuantos maniquíes que traían consigo viejas tradiciones de bacanales griegos, puso los ojos en la isla roja. Se sintió, movido por la angustia de los años, se dio cuenta, que su espera desesperaba que ya no era el hombre ocasional de alguna aparición intermitente. Tomo el primer avión a la habana y resolvió no regresar a Italia sin su muñeca tropical o su gurú. cualquiera para remediar el desencanto que acompañaba a sus largos días en aquella mesa de dibujo.
Sabia perfectamente que encontraría lo que buscaba, esa mujer bañada por el sol, de antropomorfa estructura que incitaba al uso y goce de su divinidad fértil, sabia que encontraría la necesidad vestida de dama, encontraría a aquella mujer en su edén deseosa de probar el fruto prohibido que ofrecía el imperante e invasivo poder de un sistema que le era innombrable en medio de lo común y las antiquísimas muestras de desarrollo de su pequeño paraíso. Aunque advertida por su mesías, presidente, héroe o dictador, estaba aquella mujer ahí, entre miles, esperando su balsa de carne y hueso, esperando no tener que ahogarse en medio de los arrecifes para probar que era cierto, que eso que combatía antes de nacer, de lo cual era enemiga antes de su vida ser, realmente existía.
Como era de esperar el encuentro de él y de ella habitantes del universo, se produjo, llegaron justo en el momento en que se les había destinado encontrarse, sin tribulaciones y con intenciones de doble cara que ninguno de los dos dejo ver. Pero algo era claro sacarían provecho de lo poco que les quedaba por apostarle a sus fallidos intentos de alegría. Efectivamente ella se convirtió en su gurú del sexo, su hechicera de las olas, podía describirle cada uno de los peces y los hombres que morían a la orilla arrastrados por el hambre. Podía decirle los nombres de los presos y de los muertos ¿Que no podía saberse en aquel lugar?.
El dibujaba su cenizo cabello con los carboncillos que después de tanto se resistían a morir en sus dedos, liberar a la diosa de ébano de su cercado paraíso, era condenarle a dejar toda su sangre, su lucha su resistencia, como el capitulo de una vieja bitácora, como un camino perdido que no valdría la pena mas nunca volver a repasar , tendría que convencerla que su isla, sus amores y sus sueños por gracia de algún geógrafo desquiciado fueron borrados de la imagen tangible de la humanidad, convencerla, que su corta edad era un sueño de princesa sin reino . Ella sin demostrar muchas emociones, más por el miedo de asustar al que por agradecimiento tendría entregar su cuerpo y su auto convencimiento del amor, tímida y sombría en medio de la dicha- desdicha por tan alto precio inmaterial dejo en manos del ciudadano una oportunidad para lo que ninguno de los dos esperaba ni decir ni escuchar.
La batalla no fue fácil, pero si él no daba su último aliento en el intento, no veía más posibilidades de retener una imagen más allá de la de sus dibujos. Finalmente como todo lo que funcionaba fuera del reino de los higos y el pan, Rosana salía de su trance, su lejana historia que se traducía en kilómetros de distancia, con unos cuantos sobornos a flexibles convicciones políticas.
Cuando las razones de Adrian por retomar unos cuantos proyectos, se levantaban con toda la fuerza con la que entran y salen las estaciones, en una mañana abrigada por el invierno Rosana ya no respiraba el tibio aire de esa ruidosa calefacción, él, como siempre visitaba sus bocetos y su mesa para darle la bienvenida a lo bueno y nuevo que viniera después de tanto. En una delicada nota que escribió con carboncillo, Rosana dejo su aroma y sus razones: Ni un centavo te cuesta este beso, pues mi alma lo paga"(Silvio Rodríguez.)
Última edición: