ella miró hacia arriba después de fingir el segundo orgasmo del mes
y agradeció el ruido blanco que sudaba el ventilador de techo
luego sintió el hambre de su hija gritando dos puertas hacia el suroeste
y así que calzó la inercia
y fue a dar a esa línea del guión
que incluye el paso por el refrigerador / biberón / microwave
y en esos 25 segundos
piensa en esa pequeña orgía donde se le escaparon los labios de ella
y fue a dar a la duda
y a una eyaculación de mala puntería que terminó en su oído derecho,
vuelve a sentir ese espíritu que la hizo protestar por la matanza da ballenas
frente a ese restauran Filipino (que ella creía japones),
se recuerda tendiendo sus complejos en el diván
de espiritistas, zoólogos, freudianos y curas
donde siempre solía elevar con matices lacrimógenos su frase preferida:
Soy una incomprendida
y volvía a su octubre
y encontraba todos los responsables que necesitaba
para pasar por la esquina y comprar esa paz que manufacturan en Colombia
y recostarse a sus miserias y menstruaciones a esperar tiempos mejores
pero los tiempos se dieron carentes de adjetivos
y un día se encontró con las piernas hinchadas
pesando 36 libras y 3 intentos de suicidios más
desayunándose un gallón de helado
sentada en la certeza de sus hemorroides
mirando en Dyscovery Channel a unos cabrones japonés matadores de ballenas.
Sube la escalera biberón en mano
mientras va planificando la jaqueca
que mañana le ahorrara el hacer uso de sus dotes histriónicas
cuando su marido decida eyacular precozmente
entre la cicatriz de la cesárea y la de la episiotomía
y lo sé porque su hija
lleva la mitad de mis cromosomas
porque mantengo a un logoterapeuta
un personal trainer
y un chaman con doctorado en vudú haitíano
que la hacen volver a casa con el humor y el estrógeno necesario
para aun sentirse la victima predilecta del destino y otras entidades omnipotentes
y cocinarme algo que ponga en riesgo me sistema digestivo
y tirarme en cara mi falta de imaginación y sensibilidad.
Ahora miro sus tetas rebosantes en tejido adiposo y complejos
recorro sus estrías como ínfulas de cartógrafo
y los queloides de sus cicatrices me recuerdan
la cara de estúpido que manejaba aquel obstetra judío
y eyaculo con precocidad y cinismo
y me tiro en el colchón
en el que compartimos la miseria
y dormimos gracias al ruido blanco
que transpira el ventilador de techo.
y agradeció el ruido blanco que sudaba el ventilador de techo
luego sintió el hambre de su hija gritando dos puertas hacia el suroeste
y así que calzó la inercia
y fue a dar a esa línea del guión
que incluye el paso por el refrigerador / biberón / microwave
y en esos 25 segundos
piensa en esa pequeña orgía donde se le escaparon los labios de ella
y fue a dar a la duda
y a una eyaculación de mala puntería que terminó en su oído derecho,
vuelve a sentir ese espíritu que la hizo protestar por la matanza da ballenas
frente a ese restauran Filipino (que ella creía japones),
se recuerda tendiendo sus complejos en el diván
de espiritistas, zoólogos, freudianos y curas
donde siempre solía elevar con matices lacrimógenos su frase preferida:
Soy una incomprendida
y volvía a su octubre
y encontraba todos los responsables que necesitaba
para pasar por la esquina y comprar esa paz que manufacturan en Colombia
y recostarse a sus miserias y menstruaciones a esperar tiempos mejores
pero los tiempos se dieron carentes de adjetivos
y un día se encontró con las piernas hinchadas
pesando 36 libras y 3 intentos de suicidios más
desayunándose un gallón de helado
sentada en la certeza de sus hemorroides
mirando en Dyscovery Channel a unos cabrones japonés matadores de ballenas.
Sube la escalera biberón en mano
mientras va planificando la jaqueca
que mañana le ahorrara el hacer uso de sus dotes histriónicas
cuando su marido decida eyacular precozmente
entre la cicatriz de la cesárea y la de la episiotomía
y lo sé porque su hija
lleva la mitad de mis cromosomas
porque mantengo a un logoterapeuta
un personal trainer
y un chaman con doctorado en vudú haitíano
que la hacen volver a casa con el humor y el estrógeno necesario
para aun sentirse la victima predilecta del destino y otras entidades omnipotentes
y cocinarme algo que ponga en riesgo me sistema digestivo
y tirarme en cara mi falta de imaginación y sensibilidad.
Ahora miro sus tetas rebosantes en tejido adiposo y complejos
recorro sus estrías como ínfulas de cartógrafo
y los queloides de sus cicatrices me recuerdan
la cara de estúpido que manejaba aquel obstetra judío
y eyaculo con precocidad y cinismo
y me tiro en el colchón
en el que compartimos la miseria
y dormimos gracias al ruido blanco
que transpira el ventilador de techo.