kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
RUIDO
Existo por el estado orgásmico del polvo
que fue entrelazado por aquellas dos almas irrepetibles.
Antes de aquello yo existía, pero sin ser,
existía en un «quizás» postulado
por esa función de onda —siempre inacabada—
llamada dios.
Y una vez aquellos gametos fueron entrelazados
comenzó —en ese mismo instante— el ruido.
Y cuando digo ruido digo tiempo.
Hablo de la belleza brutal de la interferencia luminosa,
la responsabilidad protagónica —¡insalvable!—
de ser una huella ondulante y ondulada
en este océano universal.
Y de la pureza coherente de aquel inicio
he llegado, no sé cómo, asombrosamente,
a esta tarde tan confusa de domingo.
Y me adentro poco a poco en mi piélago
para así dejarme mecer por las ondas encrespadas
del ruido que soy…
Tengo tres años y siento la incertidumbre del vértigo
al cruzar el mar de aquel estanque color aguacate
recostado en el balde amarillo de mi abuela.
Y cómo mi yo capitán regresaba tras la aventura
pedaleando como un loco en aquel maravilloso
triciclo de faritos azules.
Mi cara pegada contra una pared
mientras escrutaban mis lágrimas
la triste topología del gotelé.
Y cómo, en aquel cénit de violencia novísima
entró, como un mesías, por la puerta,
mi humana preferida.
Y tras secarme la sal del miedo con su pañuelo de besos
soltó el latigazo de un insulto a aquella monja;
hija de puta la llamó.
Alejandra, que se me acerca
con la abrumadora fisicidad de un puma,
arrojándome su cuaderno abierto contra el pupitre.
En él brillaba un pelo mío pegado con celo,
encabezado por un: «siempre te quise, puto sueco».
Y alcé mi rostro hacia la amenaza cetrina de su mirada
y las comisuras de sus labios temblaban
con el placer inconfesable
de los verdugos.
Mi hermana y yo escapando, como dos gacelas,
de un cocodrilo que nos perseguía, torpemente,
con los pantalones bajados,
por la calleja trasera de cervezas El León,
mientras agitaba una revista reclamando nuestra presencia.
Y al llegar a casa le contamos impresionados a nuestro padre
que el hombre del saco se ocultaba
tras los zarzales de la cervecera.
Un puñetazo al aire que esquivó mi querido Manu
y que aterrizó en la frente de doña Socorro.
Y cómo acurrucado, agarrado a mis rodillas,
en los cuartos de baño del colegio,
escuché que la buena de Socorro le contaba al director
que se acababa de golpear contra el quicio de la puerta.
Las puertas… Son puertas sin pomo
que se abren y se cierran al paso de nuestro paso.
La pregunta no es si puedo volver atrás;
La pregunta es si podría llegar a reconocerme.
Pero no es fácil reconocerse
en esta naturaleza de fondo que no cesa.
No es fácil gobernar el cascarón de nuestra nave
en la resonancia mestiza
de este ruido caótico y bestial.
Estanque, balde amarillo, triciclo,
gotelé, monja, Alejandra, ¡Socorro!, puertas,
puertas, ruido, delicioso ruido…
Es una lástima que el colapso de la experiencia nos convierta
en la argamasa que aprisiona los minerales de nuestra roca.
Somos, sin duda, todo lo que fuimos,
pero lo fuimos todo también, y esto último
parece que lo hayamos olvidado… para siempre.
¿De dónde proviene el ritmo de este poema
si no es de la música que velan los rizomas de mi ruido?
¡Maldita sea!, ¡la tristeza!, ¡el dolor!, ¡la felicidad¡, ¡la angustia!,
¡qué tendrá que ver lo que yo siento
con la jodida materia!
La materia no es más que puro desamor.
Es el resultado de nuestro fracaso como especie.
Y me da pena, mucha pena,
porque estoy convencido de que dios
confió en la fertilidad del ruido y su acción;
confió en que —gracias a ella— se encendería,
en el vientre materno de la humanidad,
la llama sublime de la compasión.
¡Quiso entrelazarnos!, quiso
que fuéramos todos uno,
¡las flores de una umbela universal!,
pero sucedió todo lo contrario…
De tanto medirnos cundió el miedo,
y del miedo nos nació el asco del odio,
y del odio llegamos a la epidemia de lo grotesco;
y así la incapacidad de ver(nos)
condenó nuestra existencia
al sinsentido manifiesto de un yo
sin los demás.
Es terrible esta realidad matérica de misiles y alambradas.
Es terrible sentir que la multitud se descose para siempre.
A veces me preguntó qué demonios hago aquí
escribiendo estas mierdas. ¿Para qué? ¿Para quién?
Pero hay algo, hay alguien, que me requiere,
que me implora que intente ser feliz
en este juego de la comba
que dura lo que dura el recreo de una vida.
Y ya después sonará la sirena
y las ondas seguirán su no-trayecto
perdiéndose en el sumidero de la eternidad.
Yo solo sé que en la pleura de mi tambor
resuena el infinito de mi onda láctea.
Así que amaré y trataré de reconocerme
en el ruido de este milagroso desconcierto…,
cueste lo que cueste.
No deberíamos olvidar, compañeros,
¡no deberíamos haber olvidado!,
que somos todos hijos
de la putada más bella
Madrid, 24 de junio de 2024
Existo por el estado orgásmico del polvo
que fue entrelazado por aquellas dos almas irrepetibles.
Antes de aquello yo existía, pero sin ser,
existía en un «quizás» postulado
por esa función de onda —siempre inacabada—
llamada dios.
Y una vez aquellos gametos fueron entrelazados
comenzó —en ese mismo instante— el ruido.
Y cuando digo ruido digo tiempo.
Hablo de la belleza brutal de la interferencia luminosa,
la responsabilidad protagónica —¡insalvable!—
de ser una huella ondulante y ondulada
en este océano universal.
Y de la pureza coherente de aquel inicio
he llegado, no sé cómo, asombrosamente,
a esta tarde tan confusa de domingo.
Y me adentro poco a poco en mi piélago
para así dejarme mecer por las ondas encrespadas
del ruido que soy…
Tengo tres años y siento la incertidumbre del vértigo
al cruzar el mar de aquel estanque color aguacate
recostado en el balde amarillo de mi abuela.
Y cómo mi yo capitán regresaba tras la aventura
pedaleando como un loco en aquel maravilloso
triciclo de faritos azules.
Mi cara pegada contra una pared
mientras escrutaban mis lágrimas
la triste topología del gotelé.
Y cómo, en aquel cénit de violencia novísima
entró, como un mesías, por la puerta,
mi humana preferida.
Y tras secarme la sal del miedo con su pañuelo de besos
soltó el latigazo de un insulto a aquella monja;
hija de puta la llamó.
Alejandra, que se me acerca
con la abrumadora fisicidad de un puma,
arrojándome su cuaderno abierto contra el pupitre.
En él brillaba un pelo mío pegado con celo,
encabezado por un: «siempre te quise, puto sueco».
Y alcé mi rostro hacia la amenaza cetrina de su mirada
y las comisuras de sus labios temblaban
con el placer inconfesable
de los verdugos.
Mi hermana y yo escapando, como dos gacelas,
de un cocodrilo que nos perseguía, torpemente,
con los pantalones bajados,
por la calleja trasera de cervezas El León,
mientras agitaba una revista reclamando nuestra presencia.
Y al llegar a casa le contamos impresionados a nuestro padre
que el hombre del saco se ocultaba
tras los zarzales de la cervecera.
Un puñetazo al aire que esquivó mi querido Manu
y que aterrizó en la frente de doña Socorro.
Y cómo acurrucado, agarrado a mis rodillas,
en los cuartos de baño del colegio,
escuché que la buena de Socorro le contaba al director
que se acababa de golpear contra el quicio de la puerta.
Las puertas… Son puertas sin pomo
que se abren y se cierran al paso de nuestro paso.
La pregunta no es si puedo volver atrás;
La pregunta es si podría llegar a reconocerme.
Pero no es fácil reconocerse
en esta naturaleza de fondo que no cesa.
No es fácil gobernar el cascarón de nuestra nave
en la resonancia mestiza
de este ruido caótico y bestial.
Estanque, balde amarillo, triciclo,
gotelé, monja, Alejandra, ¡Socorro!, puertas,
puertas, ruido, delicioso ruido…
Es una lástima que el colapso de la experiencia nos convierta
en la argamasa que aprisiona los minerales de nuestra roca.
Somos, sin duda, todo lo que fuimos,
pero lo fuimos todo también, y esto último
parece que lo hayamos olvidado… para siempre.
¿De dónde proviene el ritmo de este poema
si no es de la música que velan los rizomas de mi ruido?
¡Maldita sea!, ¡la tristeza!, ¡el dolor!, ¡la felicidad¡, ¡la angustia!,
¡qué tendrá que ver lo que yo siento
con la jodida materia!
La materia no es más que puro desamor.
Es el resultado de nuestro fracaso como especie.
Y me da pena, mucha pena,
porque estoy convencido de que dios
confió en la fertilidad del ruido y su acción;
confió en que —gracias a ella— se encendería,
en el vientre materno de la humanidad,
la llama sublime de la compasión.
¡Quiso entrelazarnos!, quiso
que fuéramos todos uno,
¡las flores de una umbela universal!,
pero sucedió todo lo contrario…
De tanto medirnos cundió el miedo,
y del miedo nos nació el asco del odio,
y del odio llegamos a la epidemia de lo grotesco;
y así la incapacidad de ver(nos)
condenó nuestra existencia
al sinsentido manifiesto de un yo
sin los demás.
Es terrible esta realidad matérica de misiles y alambradas.
Es terrible sentir que la multitud se descose para siempre.
A veces me preguntó qué demonios hago aquí
escribiendo estas mierdas. ¿Para qué? ¿Para quién?
Pero hay algo, hay alguien, que me requiere,
que me implora que intente ser feliz
en este juego de la comba
que dura lo que dura el recreo de una vida.
Y ya después sonará la sirena
y las ondas seguirán su no-trayecto
perdiéndose en el sumidero de la eternidad.
Yo solo sé que en la pleura de mi tambor
resuena el infinito de mi onda láctea.
Así que amaré y trataré de reconocerme
en el ruido de este milagroso desconcierto…,
cueste lo que cueste.
No deberíamos olvidar, compañeros,
¡no deberíamos haber olvidado!,
que somos todos hijos
de la putada más bella
jamás concebida.
Kalkbadan
Madrid, 24 de junio de 2024
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