Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
El roble añoso se vistió de gala
para recibir al otoño.
Pintó sus hojas de oro
y las meció al suave viento
que puso fin al tiempo de verano.
Las primeras bellotas cayeron al suelo
y se escondieron entre las amanitas
que trajeron las primeras lluvias
en los días todavía templados.
Entre su ramaje
se cobijaron las torcaces remolonas
que, perezosas, emprendieron su viaje.
Todavía sus anchas hojas
protegerían a la pareja del frío de la noche.
Las estrellas en la claridad que pintaba
en el cielo la luna llena,
contemplaban entretenidas su aventura.
Una ardilla trasnochadora,
trepó por su tronco, hasta el agujero
que, hacía varios años,
abrió un pájaro carpintero.
En él guardaría sus tesoros
de avellanas, nueces y bellotas.
El roble se sintió entero.
Otro año había cumplido su cometido.
Su savia se enlentecería y pronto le llegaría
el sueño del que despertase en primavera.
Se estremeció al aire frío y la luna
cantaba nanas como si estuviese en su cabecera.
para recibir al otoño.
Pintó sus hojas de oro
y las meció al suave viento
que puso fin al tiempo de verano.
Las primeras bellotas cayeron al suelo
y se escondieron entre las amanitas
que trajeron las primeras lluvias
en los días todavía templados.
Entre su ramaje
se cobijaron las torcaces remolonas
que, perezosas, emprendieron su viaje.
Todavía sus anchas hojas
protegerían a la pareja del frío de la noche.
Las estrellas en la claridad que pintaba
en el cielo la luna llena,
contemplaban entretenidas su aventura.
Una ardilla trasnochadora,
trepó por su tronco, hasta el agujero
que, hacía varios años,
abrió un pájaro carpintero.
En él guardaría sus tesoros
de avellanas, nueces y bellotas.
El roble se sintió entero.
Otro año había cumplido su cometido.
Su savia se enlentecería y pronto le llegaría
el sueño del que despertase en primavera.
Se estremeció al aire frío y la luna
cantaba nanas como si estuviese en su cabecera.
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